El arte de la impostura

Leyendo Kazbek, del ecuatoriano Leonardo Valencia, me encuentro dos veces con el nombre de Peter Greenaway y una señal de alarma se enciende en el fondo de mi cerebro.

El arte de la impostura
23-08-2026 | 01:26

Leyendo Kazbek, del ecuatoriano Leonardo Valencia, me encuentro dos veces con el nombre de PeterGreenaway y una señal de alarma se enciende en el fondo de mi cerebro. Greenaway, cineasta,videasta, artista plástico, escritor y vaya uno a saber qué otras ocupaciones, tuvo su cuarto dehora de fama internacional a fines de los ochenta. Su celebridad llegó a la Argentina, donde susfeas películas, que mezclaban el kitsch intelectual con el morbo, tuvieron un éxito apreciable.Recuerdo en especial una de ellas, Drowning by numbers, en la que en cada plano aparecía un númeroque coincidía con su orden correlativo, una obra forzada para ajustarse a un procedimiento tanarbitrario como banal. Greenaway falsificaba películas pero llegaba más lejos: era un impostor.Para ilustrar la diferencia, tomemos un ejemplo de otra disciplina. Antes (y aun después) de laselecciones del domingo pasado hubo varios encuestadores que inventaron resultados. Pero sólo uno deellos, llamémoslo Arturo Ladri, llevó el simulacro al extremo de proclamar que la falsificación alservicio de sus patrones era inherente a su tarea. Aunque Ladri inventaba cada día un pronósticodistinto, sus admiradores –que son legión– lo aplaudían a rabiar, lo entrevistaban porradio y televisión y requerían sus opiniones aun sabiendo que el individuo mentía por sistema.Mientras que un falsificador se conforma con engañar a los expertos y hacer pasar lo falso porverdadero, Ladri intenta algo mucho más ambicioso: redefinir su trabajo para que distinguir ladiferencia resulte irrelevante. Algo parecido hacía Greenaway, que no trataba, como muchos de suscolegas, de hacer pasar por buenas películas malas, sino redefinir el cine como una forma rígidasaturada de objetos arbitrarios, apenas conectados por ideas grandilocuentes.

Valencia cita una de ellas: “Tenía razón Peter Greenaway: la tinta es la segunda sangredel mundo”, una metáfora muy representativa del estilo Greenaway, mezcla de truculencia ypomposidad. Valencia, sin embargo, es más un falsificador que un impostor, ya que trabaja sobre unafórmula probada: la instalación literaria, un género cada vez más practicado y que, como sucontrapartida audiovisual, consiste a grandes rasgos en la acumulación de fragmentos conectados porun tema o una narración débil. La literatura, con su falta de soporte material (lo de la tinta deGreenaway es chapucero aun en ese sentido), nunca deja de ser una falsificación, una fabricación deobjetos apócrifos. Pero los instaladores literarios, siempre atentos a lo que ocurre en otrasdisciplinas, evitan la angustia frente al vacío ontológico del texto mediante dos tácticasopuestas: la abstracción extrema y la apelación a la imagen. Por un lado, Valencia pone en abismosu libro de dos maneras distintas. La narración habla del encargo de acompañar dieciséis dibujos deescarabajos a cargo de un artista llamado Peer y en Kazbek aparecen efectivamente los escarabajos ysus comentarios, que combinan la descripción de los bichos con metáforas sobre la escritura deltipo: “Tu cuerpo es una lanza florida que desgarra la carne de lo verosímil”. Ay.

Por otra parte, Valencia construye en su pequeño libro una tipología de los libros pequeños enoposición a la gran novela. Los “libros de pequeño formato” deben cumplir con nuevereglas, cursilerías tales como ser “un libro que crea silencio para escuchar cómo fluye lafuente”.

A Valencia le gustan las enumeraciones como a su maestro Greenaway, y así compila una lista desesenta libros chicos que poco tienen que ver entre sí y conforman, más que un canon, un puzzle decoleccionista. Entre esos libros está Bartleby y compañía, de Vila-Matas, y Shiki Nagoya, deBellatin, dos obras que le sirven a Valencia de inspiración, aunque Kazbek elude la angustia y eldelirio que acechan a sus modelos. Su trabajo de cortar, pegar, citar y ordenar prohíbe lasemociones propias.

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