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El avión

No me gusta viajar en avión. Lo considero una hibris, un acto de soberbia contra los dioses, por eso cada vez que estoy por viajar pido perdón a quién sabe qué fuerzas extrañas y sin embargo en la sala de embarque no puedo evitar mirar a los demás pasajeros con su ropa deportiva inflamable y tener pensamientos oscuros.

El avión
22-08-2026 | 20:28

No me gusta viajar en avión. Lo considero una hibris, un acto de soberbia contra los dioses, poreso cada vez que estoy por viajar pido perdón a quién sabe qué fuerzas extrañas y sin embargo en lasala de embarque no puedo evitar mirar a los demás pasajeros con su ropa deportiva inflamable ytener pensamientos oscuros. Ahora el accidente del Airbus A-330 y la fiebre porcina vienen a cargarmás peso sobre la conciencia del viajante. El otro día en un vuelo, viajé junto a una mujer conbarbijo, que se tomó una pastilla que parecía un somnífero, se puso tapones para los oídos yantifaz para evitar la luz. Quedó completamente sellada. Era una imagen del futuro paranoico al queacabamos de llegar. Me dio mucha claustrofobia su estrategia de bloqueo, y me hizo pensar que elinfierno no son los otros como proponía Sartre, sino uno mismo; el infierno es quedar encerrado enla propia conciencia, dentro de un cráneo que viaja a 900 kilómetros por hora. Me quedé inmóvil,con las rodillas clavadas contra el asiento de adelante, mirando la pantallita individual con elmapa de navegación que alguien inventó porque le pareció amable informarnos los datos de las pocasposibilidades que tenemos de sobrevivir: estamos a diez horas del continente más cercano, a milesde metros del suelo y afuera hace setenta grados bajo cero. Muchas gracias. Me tomé el Alprazolamque tenía guardado en caso de extrema desesperación y no me dormí sino que mi actividad cerebralbajó un cambio, la asociaciones se volvieron menos siniestras, y el taquígrafo obsesivo se dejóllevar por una ola de bienestar que me hacía repetir “esto se va a caer pero no meimporta”. Así son las drogas legales. Me fui macerando durante horas en esa suave pesadillavertical, sin poder acostarme, juntando mugre internacional, respirando microbios exóticos y olor aadrenalina liberada por el prójimo turista. De pronto las azafatas provocaron el amanecerlevantando de prepo las persianas. A mi lado la mujer velada seguía durmiendo, pensé en sacarle unafoto porque parecía un Magritte posmoderno, pero no me animé.

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