En los países serios, dónde funcionan las instituciones de la democracia republicana, losgobiernos no negocian con las corporaciones o, en todo caso, negocian en el marco de una políticadeterminada. Política definida por el Poder Ejecutivo y los consensos legislativos, a partir de lospronunciamientos que, al respecto, se formulan en los ámbitos partidarios, ideológicos o técnicos.
En la Argentina, y no sólo en la argentina kirchnerista, lo que ha fallado en general, y enla cuestión agropecuaria en particular, no es la negociación con la mesa de enlace. Lo que hafracasado es la política agropecuaria. Esa política ha generado, en los últimos años, ladestrucción de los mercados de carne y lácteos, la pérdida de la participación de dichos sectoresen el comercio mundial a expensas de nuestros hermanos paraguayos, uruguayos y brasileños. Unacreciente “sojización” de la agricultura, pese a los intentos de disminuirla. Caída enla producción más allá de los efectos climáticos. Rentabilidades en baja o negativas. Distribucióndel ingreso regresiva en materia regional, por la no coparticipación de las retenciones a laexportación, etcétera, etcétera.
En ese contexto, el voto “no positivo” del vicepresidente Cobos, si bien evitó unproblema mayor, no alteró la política. Es más, si se recuerda que la tristemente célebre Resolución125 tuvo aprobación mayoritaria en la cámara de Diputados y que sólo faltó un voto para quesuperara el escollo del Senado, hubo y hay una política agropecuaria del Ejecutivo, respaldada porlas respectivas bancadas oficialistas en el Congreso. En otras palabras, el problema no es queKirchner es vengativo y que Cristina quiere que no la presionen, o que De Vido es un buchón. Elproblema es que la política agropecuaria del partido gobernante ha resultado tremendamente negativapara el sector y para el país. Política estructurada por el Ejecutivo y respaldada por elCongreso.
Sin lineamientos. Pero mientras las instituciones no funcionen en la Argentina,las políticas sectoriales y la política general, lejos de debatirse y encausarse, como corresponde,han quedado reducidas a una negociación sin lineamientos, entre dirigentes sectoriales y algunosfuncionarios públicos. Es la mesa de enlace de las entidades del campo con algún ministro. Es laCGT con otro. Es la UIA con un tercero. Todo en un marco descoordinado, sin estrategias generales,sin compatibilizar con el interés general y sin que, en la mesa, los “representados”,“la gente”, “el pueblo”, o como quieran llamarlo estén presentesorgánicamente.
Obviamente, esta ausencia de estrategia global, mal reemplazada por tácticas y chicanas, dalugar a negociaciones poco transparentes y discrecionales. Obviamente también, sustituir el diseñoinstitucional de políticas, por este tipo de negociaciones corporativas, no hace más que prolongarla larga historia de estancamiento y retroceso de nuestro país. Pero pretender que el kirchnerismomodifique su forma de hacer política, o que admita la necesidad de un giro de 180 grados en supolítica agropecuaria es pretender demasiado.
El problema más grave, sin embargo, es que una mayoría de la sociedad argentina observa estecomportamiento institucional como normal. Tanto que esta forma de hacer política se ha generalizadoen el país, aunque reconozco que Kirchner, que centraliza este mecanismo, ha exacerbado el sistemay lo ha llevado hasta límites impensados un tiempo atrás.
Si es cierto, como dicen los analistas políticos más importantes, que estamos en presenciadel principio del fin de la hegemonía kirchnerista, sería bueno que los nuevos actores de lapolítica argentina, o los viejos remozados, comenzarán por entender que sin una recomposiciónadecuada de los marcos institucionales, no habrá “nueva política”.
Que una Argentina para el siglo XXI, que se pueda insertar con éxito en la economía globalque surja después de la crisis que se está viviendo, tiene que abandonar definitivamente a laArgentina corporativa que nació a mediados del siglo pasado no implica que las entidadessectoriales no sean importantes. Ni que no deban tener la debida voz en la sociedad y que en todocaso sus representantes tendrán que participar más en esas instituciones. Lo que implica es que, enausencia de un buen funcionamiento de la República, es imposible el armado eficiente de políticasestratégicas, tanto generales como sectoriales. Y que sin esas definiciones, todo se reduce anegociaciones de corto plazo, subordinadas a las conveniencias tácticas de cada momento, de losmuchachos del momento.
Lo que ha fracasado en estos años, claramente, es la política agropecuaria del Gobierno ensentido amplio. Lo que se suma al fracaso de la política de seguridad y a otras de fondo. Lo queestá fracasando, en síntesis, es la idea de que no hacen falta marcos institucionales de discusióny que todo se arregla en una negociación secreta.








