•EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

El corto plazo continuará dominando la escena

28-07-2026 | 13:19

En el plano internacional, la discusión económica gira por estos días en torno al enfrentamientoentre aquellos que sostienen que hay que continuar con las políticas públicas para estimular lademanda, por un lado, y los que defienden la idea de que ha llegado el momento de la austeridadpara estabilizar la situación fiscal, por otro.

Ambas líneas de pensamiento tienen razones económicas para sustentar sus postulados.Actualmente, la mayoría de los países desarrollados se recupera a paso lento de la fuerte recesiónque provocó la crisis sub prime (y todas sus ramificaciones) de mediados de 2008, producto de unademanda doméstica y externa que se mantiene débil.

Así, la baja utilización de la capacidad instalada, el lento crecimiento de los precios y elelevado desempleo caracterizan el día a día de varias de las economías del primer mundo. Pero, almismo tiempo, muestran elevados niveles de déficit fiscal y endeudamiento, lo que provocó enalgunos casos (en especial en países europeos) incertidumbre en los mercados y, consecuentemente,la necesidad de diseñar amplios paquetes de asistencia.

Más allá de quién tiene la razón (comparto la idea que, dadas las particulares circunstanciasque atraviesan la mayoría de las economías desarrolladas, los estímulos públicos deberían continuary hasta, dependiendo del caso, ampliarse), hay elementos palpables para defender un sesgo depolítica económica hacia una u otra dirección.

La situación en Argentina es bien distinta. Desde mediados del año pasado, el consumo privado seexpande a todo ritmo (en especial en lo que se refiere a bienes durables) y, junto con él, tambiénla actividad económica (según las mediciones privadas, el PBI creció a un ritmo anualizado promediode +10% durante los últimos trece meses, recuperando a esta altura todo lo perdido producto delshock negativo internacional).

Pero la mejora del consumo y la producción vino acompañada de una aceleración en el ritmo deexpansión de los precios domésticos (entre agosto del año pasado y julio de 2010 la inflaciónpromedio mensual anualizada ascendió a 22,1%, mientras que entre noviembre del 2008 y julio del2009 había sido de 13,5%), a medida que la capacidad ociosa promedio de la economía, tanto encapital físico como humano, se reduce.

Por su parte, la situación fiscal doméstica no es holgada. Hace tiempo ya que el Gobiernofederal utiliza los flujos y el stock previsional y el financiamiento (monetario, vía adelantostransitorios y transferencias de utilidades, y en divisas vía reservas internacionales) desde elBanco Central para cubrir las obligaciones de deuda pública. Todo esto en un contexto en el quetodavía el acceso a los mercados voluntarios en montos y tasas accesibles se encuentrarestringido.

Si el consumo doméstico aumenta fuerte, el desempleo se mantiene bajo (al menos considerando laverdadera oferta de mano de obra calificada), las presiones inflacionarias crecen y la posiciónfiscal es endeble, resulta evidente que, desde lo estrictamente económico, el sesgo de laspolíticas públicas debería estar enfocado hacia el “enfriamiento” (que no quiere decirno crecer) y no hacia el “estímulo”.

Continuar con el fuerte impulso al consumo doméstico genera la ventaja de altas tasas decrecimiento en lo inmediato (hasta que la capacidad ociosa termine de desaparecer, momento en elcual la expansión del PBI será reemplazada por la inflación y/o el brusco deterioro de la posicióncomercial externa), pero, al provocar inestabilidad nominal (dada la alta utilización de lacapacidad física y humana disponible) e incertidumbre, también acarrea el silencioso costo derestringir la inversión privada de riesgo.

Bajo las actuales circunstancias, incentivar el consumo es incentivar la inflación, y éstaconlleva consecuencias indeseables hoy, afectando negativamente el poder adquisitivo de lossectores bajos y medios bajos (aunque en el corto plazo, y mientras el alto crecimiento perdure,esos costos pueden ser parcialmente compensados), y consecuencias indeseables mañana, disminuyendo,vía desincentivos a la inversión, el potencial de crecimiento de mediano plazo.

Ahora bien, si todos los signos económicos dan muestra de que la economía está sobrecalentada yla consecuencia de dicho sobrecalentamiento es la inflación que es dañina para el corto y elmediano plazo, ¿por qué las autoridades no han estado (y aún no están) dispuestas a sacar, aunquesea un poco, el pie del acelerador? ¿Por qué la Argentina no puede ser cómo Brasil que, a pesar deser una economía latinoamericana subdesarrollada (con necesidades sociales iguales o peores a lasde la Argentina), ha hecho durante los últimos años un verdadero arte de la compatibilización entrecrecimiento y estabilidad nominal?

Es la política, estimado. En Argentina, y a diferencia de otros países (incluso, recientemente,de varios países latinoamericanos), la política se encuentra bien por delante de la economía.

Y esto no es un fenómeno reciente ni mucho menos. Es una tendencia iniciada hace varias décadas,bajo diferentes gobiernos y bajo distintos modelos políticos/económicos. Y no es sólo eloficialismo el que ubica a las cuestiones políticas por encima de las estrictamente económicas,sino que, tal cual quedó claramente demostrado durante las últimas semanas, también lo hacen y lohan hecho las diferentes fuerzas opositoras.

Hoy en día la decisión políticamente óptima para las autoridades es seguir impulsando el consumoa toda máquina, relegando a un segundo plano la lucha contra la inestabilidad nominal y los costosde corto y mediano plazo que ésta provoca.

La razón es sencilla: el oficialismo necesita imprescindiblemente que la economía crezca muyrápido (incluso por encima de sus capacidades) para elevar sus posibilidades electorales de cara alos comicios de 2011.

Un escenario de menor crecimiento y menos inflación iría en contra de los objetivos políticos decorto plazo de las autoridades, al tiempo que le facilitaría el camino electoral y, eventualmente,también la gestión de gobierno a la oposición.

E incluso cuando el altísimo crecimiento de corto plazo no sea suficiente para triunfar en laspróximas elecciones, la elevada expansión de la actividad económica de corto plazo seguiría siendouna decisión óptima para el oficialismo, dado que representaría una muy buena plataforma políticapara una nueva y eventual candidatura en este caso, como oposición en el futuro.

Por todo esto, el escenario económico de aquí hacia fines de 2011 se mantendrá inalterado. Elcorto plazo seguirá dominando la escena (de nuevo, no sólo desde el lado del oficialismo sinotambién desde la oposición) y el mediano y largo plazo quedará pendiente, una vez más, para serdiscutido más adelante. El problema es que esta estrategia, que no es para nada nueva, hademostrado ser, a lo largo de la historia argentina reciente, estéril para lograr el desarrolloeconómico y, consecuentemente, para mejorar significativamente y en forma duradera las condicionesde vida de los sectores sociales más bajos.

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