El 24 de marzo de 1976, el gobierno de Isabel Perón terminó de caer, la junta militar se hizocargo del poder, y la sensación en el país fue de generalizado alivio. La ex presidenta fuearrestada y recluida en El Messidor, una dependencia del Ejército en el sur del país. El golpemilitar era inevitable, porque el gobierno no lograba estabilizarse y el descontento obreroamenazaba con hacer volar por los aires a la dirigencia sindical peronista y reemplazarla por unaconducción de izquierda. Si se esperaba hasta las elecciones, o incluso si se las adelantaba–como hizo a fines de 1975 el gobierno de Isabel, en una maniobra para desalentar elgolpe–, quedaban pocas dudas de que el peronismo volvería a ganar, el líder radical moderadoRicardo Balbín quedaría nuevamente en un segundo puesto y había posibilidades de que la izquierdaavanzara.
El golpe contó con el generalizado apoyo de la sociedad civil. La Unión Cívica Radical habíadeclarado poco antes que “no tenía soluciones” para la crisis institucional. El PartidoComunista había propuesto un “gabinete cívico-militar”. La derecha había reclamado elgolpe en forma consistente, y hasta el diario de izquierda moderada La Opinión se había convertidoen un vehículo del golpismo en su vertiente más esclarecida. Incluso los Montoneros habían apostadoa que el “golpe profundizara las contradicciones” en la Argentina, y el último actomilitar importante del ERP había sido un violento, masivo, frustrado y provocativo ataque endiciembre contra el Batallón de Arsenales 601 de Monte Chingolo, producido exactamente un díadespués del intento de insurrección de Capellini. El ataque del ERP cohesionó todavía más la unidaddel frente militar, al perfilar con nitidez nuevamente la figura del enemigo. Los únicosdisconformes por el golpe de marzo de 1976 fueron los peronistas, pero incluso en este sector seregistraron alivios: el diputado Sobrino Aranda había renunciado poco antes a su banca por entenderque el proceso institucional estaba “agotado”, una impresión coincidente con la quedominaba en ese momento en el sector “antiverticalista” del movimiento. Hasta losperonistas “ortodoxos” y “verticalistas” no pudieron dejar de sentir ciertoalivio ante la pesadilla de ingobernabilidad que los militares les quitaban de encima.
Los primeros movimientos del golpe pusieron todo el énfasis en suprimir los brotesizquierdistas que habían aparecido en el movimiento obrero. El más preocupante se había producidomeses atrás en Villa Constitución, con el ascenso de una conducción clasista encabezada por eldelegado gremial Alberto Piccinini en la planta de la empresa siderúrgica Acindar. El movimientohabía sido calificado como “guerrilla fabril” por Ricardo Balbín y había sido objeto deuna intervención militar-policial ordenada por Isabel Perón. También se registraban movimientosparecidos en Córdoba, que era una tradicional “plaza fuerte” de la izquierda sindical,y en el cinturón industrial del Gran Buenos Aires, donde el Rodrigazo había producido la emergenciade las Coordinadoras Interfabriles de Base, que enfrentaban a Isabel Perón y simultáneamentedesafiaban a la conducción sindical tradicional. El movimiento era básicamente espontáneo, perocontaba con activistas del ERP, Montoneros y los partidos de la izquierda legal. Coherentemente contodo esto, la represión apuntó primero contra los dirigentes gremiales de izquierda. El mismo díadel golpe se efectuaron gran cantidad de detenciones y ejecuciones. El 30 por ciento de lasvíctimas de los siete años de dictadura militar fueron obreros, constituyendo el subtotal más alto,seguido por estudiantes (21 por ciento) y empleados (18 por ciento).
A pocos días de consumado el golpe, Licio Gelli llegó a Buenos Aires con un regalo de 100 mildólares en efectivo para Massera. Se trataba de una donación del empresario anticomunista para elequipamiento militar del Grupo de Tareas 3.3.2, ya que la mayoría de las armas a disposición deéste eran equipos pesados de guerra clásica que resultaban inadecuados para la guerra clandestinacontra el terrorismo urbano. También en esos días, Massera se dirigió a la ESMA para“inaugurar” el grupo y exhortar a sus integrantes, dirigidos en ese momento por elcapitán Salvio A. Menéndez, subdirector de la ESMA, a “responder al enemigo con la máximaviolencia, sin trepidar en los medios”. Sin embargo, él no era hombre de dar órdenes sintambién intentar imbuir una mística de subordinación, de liderazgo y de coraje entre sussubordinados. A los pocos días del inicio de las operaciones del GT, Massera pidió a Menéndez saliren uno de los Ford Falcon del grupo, sin chapa identificatoria, a “marcar” gente. El“marcaje” consistía en llevar a detenidos de recorrida por las calles de la ciudad paraque señalaran y reconocieran a eventuales subversivos. Algo después, pidió participar de lasoperaciones, que generalmente consistían en la irrupción de los marinos en viviendas y basesenemigas clandestinas y el arresto o ejecución de quienes estuvieran adentro. En esas operacionesinsistía en estar a la vanguardia del grupo y en ser el primero que entrara ametralladora en manoen el lugar después de tirar la puerta abajo. También insistió en aplicar personalmente la picanaeléctrica a los primeros detenidos, en actitud de dar el ejemplo a los integrantes del GT.“El arma aquí se juega entera –solía decir– y yo no les voy a pedir a ustedesnada que yo mismo no esté dispuesto a hacer.” Como consecuencia, secuestraba con laametralladora y torturaba con la picana eléctrica, dispositivo éste que había sido inventado aprincipios de siglo para arrear el ganado y que la imaginación policial de la Argentina agrariaconvirtió en la década del 30 en el instrumento de tortura por excelencia en comisarías ydependencias militares.
Como nombres de guerra, Massera eligió dos que usaba indistintamente: “Negro” y“Cero”. “Negro” era su propio sobrenombre, aunque en el nuevo contextoadquiría un nuevo significado: la oscuridad, la noche y la niebla, la clandestinidad, lo tapado, laausencia de color, la negación, lo siniestro. “Cero” tenía varios significados: lo queestaba antes que el número uno (de la represión, de la ESMA, del GT 3.3.2), pero también lanulidad, el vacío, la supresión y, asociativamente con “Negro”, la clandestinidad, lanegación. “Negro”, la ausencia de un color, dejaba traslucir una identidad que“Cero”, la ausencia de un número, volvía a encubrir. “Cero” era aquello quese encontraba a la izquierda y al margen de los ordenados números de la sucesión de poder naval, yen aquella época se había generalizado la expresión “por izquierda” para definiroperaciones consumadas ilegalmente o de legalidad dudosa. “Cero”, de este modo, era lailegalidad total, la esencia de la ESMA y del GT 3.3.2, el personaje que se modificaba cuando salíade allí y volvía a ser “el Negro”, el almirante, el “señor” de latradicional cortesía naval. La dicotomía entre legalidad e ilegalidad era llevada hasta la cúspide,porque Massera en el exterior tendría la dignidad, el poder y la ley del rango de jefe de Estadoque había adquirido al lograr que el órgano supremo del poder fuera la junta militar, pero en laoscuridad de la ESMA y en los actos de violencia nocturna del GT tendría todo el anonimato, laclandestinidad y la ilegalidad de un secuestrador y torturador. “Cero” constituía unpersonaje que daba un nuevo y radicalmente diferente significado al almirante, una luz negra que sele echaba desde atrás, que ayudaba a cambiar su figura y a apreciarlo de otro modo. El almirante,en cierto modo, tendía con “Cero” a despegarse del Almirantazgo, la Marina y elestablishment, esas maquinarias de fabricación de personajes que podían ser oficiales y poderosospero cuya oficialidad y poder dependían de las instituciones, siendo atributos que éstas le podíanarrancar en cualquier momento. Con “Cero”, Massera se aproximaba al cumplimiento delsueño del independentismo militar respecto de las clases dominantes, las clases dirigentes y laspropias Fuerzas Armadas, ya que el hecho de que “Cero” fuera también un almiranteimplicaba recorrer en sentido inverso la trayectoria de un oficial de la Armada y construir unanueva Armada, que ya no era la pública y notoria Armada Argentina, sino otra Armada secreta, laArmada del GT, la Armada que armaba “Cero” en su recorrido de regreso desde losiluminados salones del Almirantazgo hacia las mazmorras que servían de subsuelo y trastienda de losfundamentos de su mando, y que dejaba imaginaria y simbólicamente constituida como la sede delverdadero poder con cada puerta que tiraba abajo, cada prisionero al que encapuchaba y engrillaba ycada detenido al que le aplicaba la picana eléctrica. El número cero, de esta manera, representabaen cierto modo la imposibilidad de ser Perón, porque Perón había podido independizarsebonapartísticamente de las clases dominantes, las clases dirigentes y las Fuerzas Aunadas, pero através del movimiento de masas, mientras que el único punto de independización que tenía Masseraera la picana eléctrica. Torturaba, saqueaba y destruía, y no se le ocurría pensar que en lafingida furia atronadora de sus operativos estuviera la marca de la queja por el mandato de unimposible destino manifiesto.
La dicotomía entre legalidad e ilegalidad representaría el punto crucial de su trayectoria,su personalidad y su historia, ya que el primer día que salió a “marcar” gente, aderribar puertas y a torturar prisioneros, el verdadero Massera, el Massera definitivo, por asídecirlo, nació.
También en Perfil

Anita García Moritán sorprendió a Pampita al revelar qué quiere ser cuando crezca: “Me encantó, te amo”

Polémica en las redes por el axolote que Lilia Lemoine tiene como mascota

Bajando 4300 m al volante del nuevo Jeep Avenger, con auxilio temporal

Cejas ultrafinas y arqueadas: la tendencia para lograr una mirada impactante
