•la increible historia de conviccion

El diario de Massera, el marino cruel que quiso ser presidente

El experimentado periodista Daniel Muchnik cuenta en primera persona la historia de “Convicción”, el diario creado en 1978 por el ex almirante Emilio Massera en su afán por llegar a la Presidencia. Dirigido por un “periodista de mundo”, Hugo Ezequiel Lezama, la redacción estaba integrada por una mayoría de profesionales de izquierda y centroizquierda que criticaba la política económica de la dictadura y le daba espacio al arte de vanguardia. El diario se fue a pique junto con el proyecto de Massera, que terminó condenado a perpetua por desapariciones, asesinatos y torturas.

24-08-2026 | 19:39

Fui secretario de Redacción, a cargo de la Sección Economía, del diario Convicción, gran partede 1981 y algunos pocos meses de 1982, porque dejé ese diario para retornar a Clarín, donde habíatrabajado entre 1976 y 1980. Cuando regresé al matutino de la calle Tacuarí se estaban produciendoallí cambios significativos. Clarín, de gran presencia popular, dejaba de ser un periódicoestrechamente ligado al movimiento desarrollista para pasar a la categoría de empresa de medios ode centro neurálgico de un poderoso grupo dedicado a la comunicación gráfica, radial y televisiva.A nivel nacional y continental.

La relación de Convicción con la Marina y el proyecto político de Emilio Massera era un“secreto” a voces conocido por todos los periodistas de aquel enorme depósito en lacalle Hornos al 200, en el barrio de Barracas, donde se lo redactaba, imprimía y despachaba. Desdesu conducción no se reivindicaba ese vínculo pero tampoco se lo ocultaba. Estaban al mando de suorientación Hugo Ezequiel Lezama, quien se había destacado en el mundo de las revistas semanales;el crítico de cine Héctor Grossi; el politólogo Jorge Castro, y Mariano Montemayor, conocidodivulgador de los idearios nacionalistas y desarrollistas y hermano de un alto oficial de laMarina.

Muchos de los que integramos la redacción habíamos transitado (como en mi caso) la redacción deLa Opinión, la creación de Jacobo Timerman, intervenido desde el día de su detención en losprimeros meses de 1977 tras el escándalo del caso Graiver como banquero de Montoneros.

En Convicción nos congregamos, en diferentes años y entre tantos, Pascual Albanese, JulioArdiles Gray, Hugo Beccacece, Vicente Muleiro, Sibila Camps, Mauro Viale, Fernando Niembro, JorgeDorio, Giselle Casares, Vilma Colina, Fermín Chaves, Osiris Chiérico, Oscar Delgado, LuisDomeniani, Carlos Fernández, Pedro Larralde, Enrique Macaya Márquez, Jorge Manzur, Juan CarlosMontero, Marcelo Moreno, Martín Olivera, J.C. Pérez Loizeau, Luis Lanús, Ernesto Schoo, AnyVentura, Alejandro Horowicz, Nelson Marinelli, Alberto Guilis, Edgardo Arrivillaga, León Epstein,Tito Livio La Rocca, H.H. Rodríguez Souza, Angel Faretta, el que esta nota suscribe, etcétera,etcétera.

Firmaron colaboraciones: Mario Rapoport, Luis Alberto Romero, María Moreno y Germán García,entre muchos otros.

En sus declaraciones posteriores a la aparición de su libro Almirante Cero, Claudio Uriarte,redactor también en Convicción, indicó que la selección de personal se basaba,“desordenadamente, en la obsesión esteticista de Lezama y en su convencimiento de que losperiodistas estaban allí para fabricar un buen diario porque para elaborar la línea políticabastaba con él”. La relación o conversación mano a mano con los marinos por parte de Lezamaera diaria y a cualquier hora.

Cada uno de nosotros asumía su propia ideología. Había ideología de todos los colores yposiciones. Y sucedían cosas inexplicables: notas de homenaje a Trotsky o la justificación de lainvasión a Afganistán por parte de la Unión Soviética. Puede decirse sin temor al equívoco que losde “derecha” eran minoría frente a los de “centroizquierda” o“izquierda bien izquierda”. En un país donde se vivía en peligro si se mantenían oescribían ciertos puntos de vista sobre la política argentina, Ernesto Schoo recuerda que enConvicción jamás padeció imposiciones, jamás se le dijo “no menciones eso, no hables deaquello”.

Para algunos periodistas con una anterior militancia en la izquierda revolucionaria, lapresencia en Convicción los “cubrió” de posibles averiguaciones indeseables de losservicios de inteligencia. Aunque los de la Marina bien debían saber quiénes éramos y cuál eranuestra horma de zapatos. Un ejemplo de tantas diferencias internas: después de años de represión,fue desde los escritorios de Convicción que se reorganizó la Asociación de Periodistas de BuenosAires.

Claudio Uriarte, autor del libro Almirante Cero (o “Negro” en los operativos en losque dirigía), en cuyas páginas desmenuzó la carrera por el poder del almirante Massera, se hizocargo de otros comentarios. Uriarte aseguró que desde Convicción se utilizó sus páginas (en tiemposprevios a mi llegada) para que Massera, los voceros de la Marina y Lezama criticaran con fiereza alos Estados Unidos y a la administración del presidente Jimmy Carter por su estrategia exterior endefensa de los derechos humanos. Y en el frente interno para ubicar a Jorge Rafael Videla como el“hazmerreír” de los “militares duros” de la línea Suárez Mason, IbéricoSaint Jean y el coronel Roualdés, con los cuales –se decía– Massera negociaba en el díaa día. O criticar los fundamentos de la política económica de José A. Martínez de Hoz y de lagestión de gran parte de su gabinete.

Desde mi interés periodístico, mis notas de análisis y cuestionamiento a la política de aperturade la economía, protección de la importación y destrucción de la industria nacional, y a lasfacilidades otorgadas al sistema financiero con su correspondiente quiebra de institucionesbancarias en cadena, nada había cambiado entre lo que yo venía firmando en Clarín y aquello de loque luego me hice cargo en Convicción con nombre y apellido. No padecí límites ni censuras, nipresiones, y nadie, desde la conducción, me sugirió títulos, o temas determinados.

Con los años comprobé, no sin sorpresas, la existencia de denuncias de sobrevivientes de la ESMAque declararon haber trabajado en los talleres gráficos de Convicción como mano de obra esclava.Carlos García, es el caso, declaró que él, junto con otros dos prisioneros (uno de ellos, AlfredoMargari), eran llevados a los talleres del diario, en la calle Hornos 289, donde se los incorporabaa la diagramación, armado y películas de las futuras páginas. Todo duró hasta marzo de 1981.

De igual forma eran utilizados en la falsificación de documentos en la imprenta de laMarina.

Intención, práctica y el Mariscal. En agosto de 1978, cuando Emilio Massera estaba a días de suretiro como jefe de la Marina, Convicción publica su primer número, en la medida en que esapublicación serviría para mantener sus intenciones de protagonismo hasta crear su “MovimientoNacional para el Cambio” en compañía de dirigentes políticos de diferentes extracciones. Elestilo de los editoriales tenía un sesgo admonitorio cuando trataban temas militares; de crítica enlos problemas de gestión; de apología al hablar del Proceso militar y en especial de la Marina, yextremadamente irónico, limitando el sarcasmo y la burla, cuando mencionaba a determinadospersonajes, todo producto de la personalidad y la pluma del director: Hugo Ezequiel Lezama.

El diario “daba sermones” al régimen, pero no a partir de una condición de valentíao una muestra de coraje, sino para demostrar “el poder de fuego” que todavíaadministraba Massera. Por supuesto, era Lezama, un periodista “de mundo”, que solíavestirse de blanco en los días calurosos de verano, con gestos que lo asemejaban a un caballerovictoriano en el trato con los integrantes de tan heterogénea redacción, quien le escribía algunosdiscursos a Massera en sus días como militar o como retirado extremadamente politizado. Lezamadefendía a capa y espada sus principios liberales, su admiración por Inglaterra, su rechazo alperonismo y al marxismo. De la suma de todas estas variantes había surgido a mediados de la décadadel setenta, antes del golpe militar de 1976, un respetuoso intercambio intelectual entre Lezama yMassera. Antes y después de su retiro Massera era un hombre de varias caras. Era él quien disponíasobre la ESMA y el Grupo de Tareas que funcionaba en esa Escuela de Suboficiales y quien participódirecta o indirectamente sobre el destino de las 5.000 personas que pasaron por ese sitio. Era élquien amenazaba personal o telefónicamente a quien se interpusiera en sus propósitos. Era él quiennegociaba con los políticos y quien gozaba con la condición asumida por él de ser un hombrefestejado a comienzos de los setenta por el mismísimo Perón. Era él quien deseaba absorber, antesde la invasión de las Malvinas, todo el poder político de la Nación, respaldado por algunossectores militares.

Como bien advierte Marcelo Borrelli en su libro El diario de Massera, no había en la Redacciónsignos evidentes de una ligazón del matutino con los marinos. No había en los pasillos personalnaval en uniforme realizando tareas de control. En cierto momento apareció un“controlador”, que resultó ser un capital de navío que sembró “sentimientos devigilancia y persecución” en la Redacción. Pero en 1981, en el momento en que permanecí en eldiario, nadie me hizo partícipe de temores paranoicos.

En un tiempo anterior a mi llegada, Massera había visitado las instalaciones del diario. Ymantenía un trato profesional con algunos pocos periodistas. Como no me conocía, un día le pidió aLezama que yo lo visitara en sus oficinas de la calle Cerrito, no muy lejos de la Embajada deFrancia. Fui a la entrevista, muy a fines de 1981, con una tremenda carga de miedo: estaba obligadoa dialogar con el dueño y señor de la vida y la muerte de muchos. Pero fue allí donde él merecibió, vestido de civil, respetuosamente, con su porte de mariscal napoleónico, su sonrisagardeliana y sus manejos de seducción, un patrimonio sólo de los psicópatas. Abrió la conversacióncon su interés por conocer mi reflexión periodística sobre el momento económico, aunque, secomprobó, su intención era otra. Era conjugar mi diagnóstico, que compartía, con sus manejospolíticos y sus negociaciones con los dirigentes partidarios que lo acompañaban en sus proyectos.El diálogo duró una eternidad, aunque en realidad no pasó de los 60 minutos. No se despidió de mícon un “nos vemos” o “hasta pronto”, sino con un cortante y expresivo“Gracias por su visita”. Punto. Salí a la calle con un especial alivio.

Leprosos. Ya hacía muchos meses que yo había dejado Convicción, por mi retorno aClarín, cuando ocurrió lo de las Malvinas, que Hugo Lezama y el diario respaldaron al unísono. Paraalgunos colegas Lezama, que no era precisamente un ingenuo (porque estaba informado de todo) fue“estafado” por Massera porque desconocía toda la historia de “caja y poder”que envolvía las maniobras del marino.

Luego del regreso de la democracia, a fines de 1983, la relación de Lezama con Massera y ladictadura militar lo cubrió de una profunda estigmatización. La sociedad civil le dio la espalda,despreció a Convicción y muchos de los que en él trabajaron lo ocultan, aunque nadie participó enuna “comunión ideológica” con sus propósitos. El ocultamiento surgió a partir de lacondición de “leproso” que cualquiera de nosotros podría recibir de una sociedad que notiene su pasado definitivamente en claro, donde hay páginas en negro y responsabilidadescompartidas, que con persistencia se aferra a eslogans varios, fuera de moda, que impiden emitirjuicios sensatos y serenos, pensando más en el futuro a construir que en el pasado donde fueronvarios los que participaron de su ruina.


*Periodista especialista en economía.

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