El escritor y su doble

El lémur es la tercera novela policial que el irlandés John Banville publica bajo el seudónimo Benjamin Black. Crítico, ensayista y prestigioso autor de obras de ficción “serias”, Banville inscribe su alter ego en una tradición practicada, entre otros, por su compatriota Cecil Day-Lewis, apellido famoso por las películas de su hijo Daniel.

El escritor y su doble
22-08-2026 | 21:52

El lémur es la tercera novela policial que el irlandés John Banville publica bajo el seudónimoBenjamin Black. Crítico, ensayista y prestigioso autor de obras de ficción “serias”,Banville inscribe su alter ego en una tradición practicada, entre otros, por su compatriota CecilDay-Lewis, apellido famoso por las películas de su hijo Daniel. Poeta laureado de la coronabritánica, Day-Lewis escribió La bestia debe morir bajo el nombre de Nicholas Blake en el tiempolibre que le dejaban los versos celebratorios de la familia real. Pero a diferencia de nuestra PolaOloixarac, cuyo verdadero nombre la editorial guarda en estricto secreto, las novelas de Blackavisan en la solapa quién es el autor real.

Las dos primeras novelas de Black, El secreto de Christine y El otro nombre de Laura son librosde edición convencional pero El lémur, mucho más corto, se publicó por entregas en la revista delNew York Times. No es una buena novela. Más bien habría que decir que es mala y que ni su lenguajeni su intriga despegan de una irritante mediocridad. Así y todo, no deja de ser una novela deBanville, un escritor amado por sus colegas y ahora por un público más amplio desde que ganó en2005 el Premio Booker (una especie de Oscar de las letras inglesas) y empezó luego su vida paralelacomo Black.

El lémur trata sobre John Glass, un combativo periodista irlandés que en su madurez se ablanda,se casa con la hija de un ex agente de la CIA (que parece sacado de El fantasma de Harlot de NormanMailer) y acepta escribir la biografía autorizada de su suegro (respetando todos los secretosoficiales en torno a sus andanzas) por un millón de dólares. Se trata de una cifra obscena por untrabajo obsceno y no hay más remedio que relacionar ese encargo con el que recibe el propioBanville de convertirse en un (mal) autor de folletines a cambio de una suma, que imaginamossuculenta.

En una entrevista reciente de Rodrigo Fresán, uno de sus devotos, Banville declara que sus obrascomo Black están escritas, por así decirlo, con la mano izquierda: le salen más rápido, están menospulidas y hasta se rebaja a utilizar una computadora para tipiarlas. Sin embargo, hay aspectos delo que Banville escribe como él mismo que se mantienen en El lémur. Entre ellos el personaje dual,atormentado por una culpa cuyo discurrir mental es captado por la escritura. El acongojado Glassresulta, como su nombre lo indica, tan frágil y tan transparente para el autor como los oscurospero mucho más complejos héroes de El intocable o Imposturas, réprobos tomados de distintascircunstancias históricas. En su Copérnico, Banville escribe lo siguiente sobre un maestro deljoven científico: “Lo observaba de una manera indecente, como si le levantara la máscara consuavidad y firmeza al mismo tiempo y se adentrara en el suave y palpitante centro de sualma”. El truco de Banville como escritor se parece mucho a esa descripción: una prosa quetranscribe al papel las conciencias atormentadas y sus pulsiones, una angustia omnipresente queatraviesa las circunstancias históricas y se articula en la católica noción de la culpa en un mundosórdido que “está podrido y es irredimible” tanto entre clérigos centroeuropeos comoentre millonarios norteamericanos, en 1510 y en el 2000 también.

El personaje de Copérnico, según lo construye Banville, elige la frialdad frente a las pasionesy se acobarda frente a la posibilidad de que su descubrimiento le cree problemas. Por eso, en Derevolutionibus orbium coelestium no se dice que la Tierra no es el centro del sistema planetario.Algo análogo ocurre con la obra de Banville. Heredero lejano de Joyce, se asusta ante el abismo dellenguaje y se queda del lado seguro como inspector de la conciencia, con la ironía nabokoviana y unlugar en la industria editorial. Por eso El lémur se parece tanto al esqueleto de un esqueleto.

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