Sin embargo, cuando vi esa imagen espeluznante en el espejo, experimenté un sentido dealegría, de alivio, no de repugnancia. También aquél era yo.”
De “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde” (1886); Robert Louis Stevenson(1850-1894).
A Borges se lo solía definir como un “anarquista stevensoniano” por aquel apasionadoescritor escocés de frágil salud que bebía a lo bestia mientras creaba obras maestras como esecélebre texto sobre Henry Jekill, el diabólico Hyde y la dualidad del alma humana. Parece que enesos días, la frondosa imaginación de Robert Louis voló aun más alto gracias a un tratamientomédico para su fiebre a base de hongo cornezuelo, el mismo que años más tarde utilizara un taldoctor Hofmann para crear el LSD, un alucinógeno que fue icono de los años sesenta. ¡Wow!
En pocos días, ensimismado, escribió y reescribió la historia un millón de veces. “Estabacomo poseído”, contaba Lloyd Osbourne, su hijastro. Ocho años más tarde, Stevenson volvió asufrir en carne propia la angustia de sentirse otro. Destapaba una botella de vino en la cocina desu casa cuando, de pronto, se desplomó. Apenas alcanzó a gritar: “¡Mi cara: mi cara estácambiando!”. Fue un ataque cerebral fulminante. Seis horas después, estaba muerto.
Es así: suelo asociar con los libros a Angel Cappa, un hombre sereno, buen lector, de tonoafable y un tempo de épocas pasadas. Siempre me cayó simpático. Por su manía de adherir a lascausas perdidas, su prédica en el desierto, la convicción, su tozudez frente a lo imposible. Más deuna vez intenté defenderlo frente a mi buen amigo Omar Santirrosi, contador de profesión y fanáticoacadémico con programa propio, que cree que es sólo un vende humo, un chanta que fue capaz detrabajar sin problema ni contradicción para Blanquiceleste, la odiada empresa que vació y fundió aRacing. Ni olvido ni perdón.
Hasta la irrupción de su sorprendente y fugaz Huracán, era más conocido por su papel de ayudantey panegírico de pesos pesados como Menotti o Valdano que por su dilatada y algo gris carrera comoentrenador. El campeonato perdido, Brazenas y su contrato con River lo cambiaron todo. También aél.
Cappa se avergüenza de sí mismo, y lo bien que hace. Verlo en la cancha ensimismado en suinterminable solo de furiosos insultos ante el menor inconveniente resulta, además de patético,incómodo para quienes vimos en él una esperanza de racionalidad en un ámbito viscoso, ruin, llenode trampas, pícaros y descerebrados. “Odio perder”, confesó sin anestesia, y unoentiende menos todavía. Ay.
¿Cómo reivindicar, entonces, la estética del juego, el compromiso con la historia, las buenasartes y el respeto por el otro, si ante el primer fallo dudoso la violenta ley del energúmenoaniquila cualquier teoría? ¿Cómo atacar la tecnocracia resultadista con un umbral de frustracióntan insignificante? ¿Qué es sino impotencia su irónica descalificación del buen trabajo deFalcioni? ¿Qué hay en esa autopista que va del dicho al hecho, colegas?
No es tan fácil despertar simpatía cuando se defiende la bandera del poderoso. Y River lo es,claro, pese a su promedio. ¿Será esa particular circunstancia, quizá, la que provoca en Cappasemejante excitación psicomotriz? ¿Justo ahora le sucede, cuando puede reivindicar su idea yconvertirla en victoriosa? ¡Oh, trampa cruel del inconsciente... Como bien dice Miralles,protagonista de Soldados de Salamina, el film de Trueba: “Lo malo de las guerras es que casinadie sabe ganarlas con dignidad”. Nada más cierto, muchachos.
Borghi, el boicoteador de Borghi, es otro caso. Genial como pocos, su carrera como futbolistaquedó anclada en una aceptable medianía por culpa de cierta indolencia, la falta de deseo o uncansancio prematuro que lo distrajo hasta perder su brillo. Nada mejor para un melancólico quevivir como extranjero. Allí, en Chile, alcanzó su punto más alto. Repitió en La Paternal, su casa,después de un frustrante paso por Independiente. Nada mejor para un incomprendido que volver a lasfuentes luego de la derrota. Sana.
El paso por Boca, las infinitas dudas y el repugnante tono perdonavidas que utiliza un ambienteque ni idea tiene de cómo tratar a un tipo transparente y sano es una historia diferente. De diván.Tiene que ver con los prejuicios. Ningún país históricamente caudillista –y éste es uno deellos– tolera a un conductor “blando”. Si, como decía Aldo el cruel, la duda esla jactancia de los intelectuales, entonces Borghi “no es técnico para Boca”. Porque seangustia, habla de más, confía, explica, consulta. Chau. Es, eso sí, un candidato ideal paraejercer el viejo deporte nacional, compatriotas: destrozar primero e indultar después, cuando laposibilidad de cambio ha quedado prudentemente aniquilada.
Amo a Claudio Borghi y aún adhiero a la idea primitiva de Cappa. Es exactamente así y quierodecirlo ahora, cuando uno y otro permanecen. Lo escribo y lo firmo, entonces, antes de que seanarrojados por la ventana y reemplazados por algún adaptado feliz. Un confiable. Uno de esos cuerdosque nunca moverán un dedo para tirarles más margaritas a esos chanchos.





