El fracaso del fracaso

Hace quince días se suicidó Gabriel Báñez. Poco tiempo antes, cuando se mató David Foster Wallace, había declarado que ésa era la más natural de las muertes y que es tan irrelevante discutir sus razones como hablar de los niveles de glucosa en el caso de un coma diabético.

El fracaso del fracaso
23-08-2026 | 03:27

Hace quince días se suicidó Gabriel Báñez. Poco tiempo antes, cuando se mató David FosterWallace, había declarado que ésa era la más natural de las muertes y que es tan irrelevantediscutir sus razones como hablar de los niveles de glucosa en el caso de un coma diabético. Sinembargo, y aunque algunos obituarios ni siquiera han mencionado el tema, es imposible no pensar enel suicidio de un escritor como una forma particular de fracaso. Sobre todo cuando Báñez, tanto ensu obra como en sus declaraciones periodísticas, no dejaba de referirse a él. “En el fracaso,en eso sí que creo. Digamos que soy un experto en esa materia, fracasando me muevo bastante bien.El fracaso debe ser el más genuino proyecto surgido de la condición humana, le prestoatención.”

Entonces, prestémosle atención nosotros. Báñez no había ganado el premio Nobel ni se había hechomillonario con la literatura, pero no era lo que convencionalmente se entiende por un hombre deletras fracasado. Era autor de una docena de novelas, dirigía la página cultural de un diario ytambién la editorial municipal de La Plata que se dedicaba a la noble tarea de descubrir aescritores nuevos. Báñez era querido en su ambiente y en los últimos tiempos sus libros habíanrecibido buenas críticas y una atención especial desde que su última novela, La cisura de Rolando,ganara el premio Letra Sur. Más allá del reconocimiento, Báñez escribía bien y su prosa hacía honora sus ideas: “La escritura es lo opuesto a la literatura, algo orgánico, vivo, anárquico,tumultuoso, imperfecto. Me interesa mucho la imperfección, me interesa recostarme sobre laescritura porque ahí es donde se advierten las fallas, donde respira un texto, donde aparece elequívoco.”

Efectivamente, la escritura de Báñez respira, poblada de recursos, imaginación y humor(“Era escuálida y bella, de un amarillo verdoso muy cercano al brócoli en su punto defloración”, dice Báñez para describir a una fanática vegetariana). Sin embargo, cuando seleen sus dos últimas novelas a la luz de su modo de morir es imposible no reparar, por ejemplo, enque la primera página de Cultura –un libro cuyo protagonista es una versión desdoblada delautor– habla de alguien que “no ha logrado mucho como escritor y editor” y de“la secreta convicción del fracaso”. Cultura deja en claro que Báñez era perfectamenteconsciente de la impostura y mediocridad del mundillo literario, de su burocracia que padece de“cinismo y anorexia” y hasta del provincianismo irrecuperable de los escritores comogremio. Pero la verdadera originalidad de Cultura y de La cisura de Rolando residen en otroaspecto. En ambos casos, Báñez ubica la batalla (y la derrota) de la literatura en el interior dellenguaje mismo, que ha sido invadido y ocupado por las ciencias sociales. En Cultura, Báñezdescribe cómo una funcionaria oportunista se apodera de su hábitat a fuerza de imponer una jergasaturada de términos como “planificación estratégica” y “perfil del usuario parael rediseño del marketing” y en La cisura cuenta cómo un terapeuta que practica elpsicoanálisis lacaniano-peronista lo convence de la homosexualidad universal. Con notable fineza,Báñez narra en ambos casos cómo sus personajes se dejan seducir por quienes emplean esas lenguasextravagantes que los sumergen, a pesar de “su discurso desmesurado y pueril”, en undelirio del que no pueden sustraerse. Rolando ha comenzado escribiendo por no poder o no quererhablar, pero los fantasmas que lo acechan terminan alojados en el texto. No se trata ya de que lapráctica del arte esté condenada por la lógica del mercado o la de la Academia, sino de que suinstrumento mismo se ha vuelto estéril, acaso maligno. El descubrimiento de ese horror marca eléxito de Báñez como escritor pero también el fracaso de la empresa literaria. Tal vez convenga nohablar de ello, como nos lo advirtió con su particular elegancia.

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