Inevitable novelón, serial, de abultado rating, con estrellas a punto de perecer en cadacapítulo. Y que se recuperan, naturalmente, en el siguiente. Una historia de nunca acabar que,iniciada hace 80 días (con la “necesaria y urgente”, también malhadada, transferenciade reservas del Banco Central al Tesoro), ahora su vórtice empezó a desatarse según la medición deun termometro a punto de explotar por el calor. Justo cuando comienza el otoño. Una contradicción,de las tantas a mencionar. Ejemplos:
El Gobierno ahora jura inmolarse por el buen comportamiento de los mercados–convertidos ya en una sacra biblia oficial–, cuando durante años se aburrió deburlarse de esa opinión falseando estadísticas (¿o no les mintieron a los poseedores de títulos conla variable del costo de vida conculcada por el INDEC?).
Convoca a marchas sobre Plaza de Mayo, con Hebe de Bonafini a la cabeza, en las que elobjetivo principal –al menos es lo que afirma la mandataria con más enjundia que José AlfredoMartínez de Hoz– debe constituirlo el pago a los acreedores externos, no caer en el default,honrar las deudas. Saludable inquietud que, sin embargo, no parecía figurar en los principios deestas organizaciones.
Mientras la Madre Mayor desfilaba, altos funcionarios (Julio De Vido, Guillermo Morenoy Déborah Giorgi) le reclamaban a empresarios declaraciones que acompañaran, al menos con palabras,el sentido político que albergaban esos gentíos concentrados (y, si fuera necesario, hasta leacercarían el comunicado ad-hoc redactado por el Scocimarro de turno). Aunque, si marchaban conHebe, la satisfacción sería superior. Pretensión surrealista de incluir, en un mismo combo, a estossectores opuestos, mientras la Presidenta afirmaba que la oposición es un “rejunte” deideologías, intereses y personalidades. Parece que nunca se miró en su interior, ni la Plaza.
Por primera vez, como jefe de Estado, Cristina aludió al presunto y vagaroso propósito de“destituirla”, mensaje que ya había diseminado desde algún púlpito su esposo o cercanosde nota al Gobierno. En esas ocasiones, siempre Clarín estaba al frente de la intencionalidaddesestabilizante; sin embargo, en su última alocución, Cristina de Kirchner no mencionó al grupoeconómico-mediático, hizo referencias en cambio a la “baja estofa” parlamentaria.¿Distracción por el imperio de la ira, se traspapeló una hoja del guión o, acaso, olvidosintomático porque se está a las puertas de una denuncia más espectacular?
Con celo de Otelo, los Kirchner defendieron la permanencia de José Pampurro como tercero en lalínea sucesoria presidencial. Consideraban un atentado su remoción al frente del Senado. EstePampuro, un médico de cabecera en su momento de Hilda Duhalde, gestor de operaciones en su momentoentre Domingo Cavallo y Eduardo Duhalde, convertido por la gracia patagónica en un confidente delmatrimonio Kirchner en agradecimiento por sus colaboraciones para depositarlos en el poder (comosoldado de Duhalde), se atrevió ayer a pontificar frente al periodismo, cuya sola presencia leproduce urticaria: “Ceder no es perder”. Era otro frente al obediente de estos últimosaños, como si le hubieran cambiado la pastilla en la mesita de luz. Se refería, claro, a laeventualidad de una transacción en el Congreso por la crisis de los DNU. Al rato, se lo desmintiódesde el Gobierno, nada representaba ni procedía Pampuro, falta que Aníbal Fernández lo condene enminutos. Le faltaba decir al senador-sanador, agitando una banderita, “aquí estoy”. Enalusión, claro, a quienes desde la oposición lo observan como uno de los más felpudistas de lapareja.
Esa voz asombrosa y repentina, la de Pampuro, tropezaba en el breve discurso con la de su colegalegisladora Diana Conti, otra que sólo transpira oficialismo, delicada vocera oficial para radios yTV, quien horas antes se refirió a los “patriotas”, a los “no patriotas” ya los “traidores a la patria”. No hizo nombres, falta identificar a éstos y, luego, quelos vayan a buscar. Embebida de celeste y blanco, al mejor estilo Videla pero al revés, entonaba lacanción sin final “ni olvido ni perdón”, y parecía señalar a la derecha en general comola “traición” (pequeña digresión: ¿esa derecha no quiere pagar la deuda?). Curioso: aella, ciertos personajes de esa derecha la protegieron, la consideraron –pues la suponenbuena persona– cuando ella atravesó un percance parlamentario que ya no vale la penarecordar.
Resumiendo: con este folletín inacabable se ha dado vuelta como una media hedionda lapolítica. Un Migré de última generación, potenciado a la décima. Si cuesta acordarse de que elgrotesco empezó apenas hace seis días, el último lunes, cuando la Presidenta en el Congresoencendió un mensaje laudatorio sobre sí misma y su marido, sus prodigiosos éxitos pasados comogobernantes, elogiando también sus propias y máximas condiciones democráticas. Parte de un tabladoteatral: a la misma hora, una blitzrieg avanzaba en el Banco Central y procedía unilateralmente aejecutar una medida ya cuestionada desde el Poder Judicial y el Legislativo, el traslado de fondosdel Banco Central al Tesoro que administra la señora. Más de 6.000 millones de dólares al saco.
Un cínico diría que fue una forma de sodomizar a la oposición en público, alegremente y confotografías, sonriendo y guiñando el ojo como Néstor Kirchner, mientras embolsaban los dólares parasu coleto. Demasiada provocación: convirtió de inmediato a todos los senadores fuera de la nóminaoficial, sin distinción de colores o pensamiento, en un Michael Douglas cualquiera y enceguecidoarrancado del film Un día de furia. La afrenta apresuró el ejercicio de las mayorías en la Cámaraalta, citaciones a funcionarios, promesas de apartamientos, eventuales leyes para quitarleatribuciones y distribución de fondos (impuesto al cheque), juicios, el pretendido bloqueo–nulo, sin duda, o abstracto– a los US$ 6.000 mil millones que el Gobierno destina apagar obligaciones externas (organismos financieros y deudores privados) mientras libera una cifrasemejante para menesteres domésticos que no contemplaban ese objetivo en el Presupuesto. Lo que sedice un “double counting”, título para la humillante transferencia del lunes último.
Aunque parezca mentira, el culebrón recién empieza. Y todo partió de un malentendido (MartínRedrado nunca se opuso al DNU, sólo pidió unos días para protegerse judicialmente) y de unaincompentencia notable de Olivos dominada por la tontería egocéntrica del ejercicio inmediato delpoder: en enero, sin complicaciones y en silencio, el anterior directorio del Banco Central–con mayoría kirchnerista– habría aprobado la transferencia de los fondos. Ni siquierahabría llegado al Congreso.




