•ensayo

El inicio de la decadencia

Antes de que termine septiembre, no puedo olvidarme de escribir lo que se va a leer a continuación. Acostumbramos festejar las fechas faustas e ignorar las infaustas. ¿Por qué no conmemorar también los acontecimientos desgraciados? Esto podría ser más aleccionador que festejar los sucesos positivos.

23-08-2026 | 13:45

Antes de que termine septiembre, no puedo olvidarme de escribir lo que se va a leer acontinuación. Acostumbramos festejar las fechas faustas e ignorar las infaustas. ¿Por qué noconmemorar también los acontecimientos desgraciados? Esto podría ser más aleccionador que festejarlos sucesos positivos. Por ejemplo, casi todos olvidamos el acontecimiento que comenzó la marchaatrás del país.
El golpe militar del 6 de septiembre de 1930 terminó un período de medio siglo de pazinterior y progreso continuo del país en lo económico, político y cultural.
Fue también la primera vez en el continente que el fascismo levantó la cabeza; la primera enla historia del país que las Fuerzas Armadas encabezaron el poder político; la primera, desde laSemana Trágica (1919) y la represión de los obreros patagónicos (1922), que el gobierno fusiló amilitantes sindicales; y también la primera vez, desde la caída de la tiranía de Rosas, que laIglesia Católica volvió a meterse en política, esta vez con una orientación netamente fascista.
El 6 de setiembre comenzó un período de inestabilidad política que duró quince años, hasta elascenso del peronismo al poder.
Ese fue un período en que políticos hambrientos de poder golpeaban a las puertas de loscuarteles para proponer acciones conjuntas.
Y también comenzó un período de retroceso cultural marcado por la primera“limpieza” ideológica de la Universidad y por el reemplazo de intelectualesprogresistas por sus contrapartidas oscurantistas.
Yo recuerdo vívidamente ese día aciago, porque esperaba ansiosamente el regreso de mi padre,que había faltado los últimos días, aunque telefoneaba todas las noches.
Al anochecer de aquel día, mi padre me telefoneó y, con voz ronca, me dijo: “Marucho,he estado todo el día acompañando a los soldados, marchando de Campo de Mayo a Plaza de Mayo.Acabamos de derribarlo al Peludo [el presidente Hipólito Yrigoyen]. Los militares han prometidollamar a elecciones dentro de tres meses. Veremos si cumplen su palabra. No me esperen a cenar.Hasta mañana.”
Aunque yo aún estaba por cumplir once años, creía estar bastante enterado de la políticacriolla porque en casa no se había estado hablando sino de los desaciertos del gobierno radical:intervención a cinco provincias, censura periodística (en particular del diario popular Crítica),culto a la persona del presidente, ataques a mano armada de los matones del Clan Radical, etc.
En particular, esa semana el Clan había tiroteado a grupos de civiles en Plaza del Congreso.
George Gaylord Simpson, el gran paleontólogo de Harvard, que acababa de llegar al país paraestudiar los dinosaurios fósiles de la Patagonia, fue testigo ocular de esas refriegas, como locuenta en sus memorias.
El Ejército instaló en la presidencia al general José Félix Uriburu, hombre adusto y de pocasideas, todas cuarteleras y fascistas, y que ostentaba un casco con un penacho ridículo.
Su gobierno era una selección de derechistas. El más notorio de ellos fue el ministro delinterior, Matías Sánchez Sorondo, a quien Crítica apodó El Enterrador.
Como cuenta Ramón Columba en sus memorias, este individuo exhibía en su casa retratosfirmados y dedicados por Mussolini e Hitler. A él se debe la inauguración de la tortura comoherramienta de intimidación política.
El segundo gobierno de Yrigoyen había intervenido cinco provincias; el de Uriburu intervinolas catorce. Y fue mucho más extremo y original que el de su mediocre predecesor: disolvió elCongreso, decretó el estado de sitio, inventó el “fraude patriótico”, intervino lasuniversidades, prohijó a la Legión Cívica, fusiló a siete anarquistas, prohibió la participación dela Unión Cívica Radical en las elecciones, y exilió a la Patagonia a todo el gabinete delpresidente anterior. (Mi padre me llevó a visitarlos en Puerto Madryn. Solamente recuerdo aleminente e inofensivo profesor Ricardo Rojas, posando para mi cámara fotográfica, de pie en laplaya, vestido con chaleco y polainas.)
La dictadura de Uriburu era demasiado radical para un pueblo que había gozado los beneficiosde la democracia política desde 1916, que seguía apoyando mayoritariamente al partido radical.
Uriburu fue reemplazado por el General Agustín P. Justo, fraudulento y corrupto, peroingeniero culto y partidario del compromiso. Curiosamente, su hijo Liborio, también ingeniero, erauno de los tres trotskistas que había en Buenos Aires en esa época. Yo lo visité en su oficina, enla que no vi sino un mueble: un tablero de dibujo sin escuadras, compases, papeles ni lápices a lavista. ¿A quién se le podía ocurrir encargarle un proyecto? La carrera política de Liborio Justoduró unos segundos: lo que tardó en gritar, en plena Cámara de Diputados de la Nación,“¡Abajo la dictadura!”.
En la Capital Federal no se sintió mucho la dictadura: siguió habiendo elecciones y siguiófuncionando el Concejo Deliberante.
En las provincias fue muy diferente. En particular, la provincia de Buenos Aires fuegobernada entre 1936 y 1940 por Manuel A. Fresco, hombre ligado a los ferrocarriles ingleses, quese había vuelto partidario fervoroso del fascismo italiano.
Se lo recuerda por su estrecha re-lación con Alberto Barceló, el patrón de Avellaneda, dondeexplotaba garitos y prostíbulos. Los médicos que hicieron su internado en el Hospital Fioritorecuerdan los certificados de defunción por “paro cardíaco” que tuvieron que firmarpara heridos de bala.
(Yo recuerdo a Barceló. Vino una vez a mi casa acompañado del estanciero y patrono delPartido Demócrata Nacional, o sea, conservador, don Antonio Santamarina. Le propusieron a mi padre,quien estaba por cumplir el último de sus cinco períodos legislativos, que presentara sucandidatura a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires. Ellos garantizaban su elección.Mi padre declinó la oferta.)
También se recuerda al gobernador Fresco por haber inventado el “voto cantado”.Sostenía que el hombre auténtico no temía declarar su convicción política: en lugar de hacer usodel voto secreto, al llegar a su mesa de escrutinio “cantaba” en voz alta suscandidatos. Otra novedad introducida por el gobierno de Fresco fue subir la edad de ingreso a laescuela primaria de seis a siete años. Cuanto más tarde se empezara a pensar y leer, tanto mejor leiría al fascismo.
El período de 1930 a 1940 se llamó la Década Infame. Yo lo extendería hasta 1945, fecha deltriunfo electo-ral peronista. Es verdad que también hubo infamias bajo el peronismo, entre ellas elcoartamiento de la li-bertad de prensa, la degradación de la educación en los tres niveles, laimposición de la “doctrina nacional” y la corrupción del movimiento sindical. Pero almenos, se respetó el voto e incluso se lo extendió a la mujer.
En todo caso, en 1945 el país salió de la sombra del 6 de setiembre de 1930. Fueron quinceaños de “fraude patriótico”, exclusión del ala avanzada (intransigente) delradicalismo, represión de las organizaciones de izquierda, y sumisión aun más servil a losintereses extranjeros, en particular británicos.
Todo eso le dio tanto asco al gran político santafesino Lisandro de la Torre que, en señal deprotesta, se suicidó en pleno recinto del Senado cuando éste aprobó el pacto Roca-Runciman, queprivilegiaba a los ganaderos argentinos y a los frigoríficos ingleses. (¿Se acuerdan de ladiferencia de calidad entre el baby beef de exportación y el bife que nos vendía el carnicero?)
¿Cómo se explica el que demócratas como mi padre y sus amigos, entre ellos Natalio Botana, elgran periodista que había fundado y dirigido el popular vespertino democrático Crítica,participaran activamente en la preparación del golpe del 6 de setiembre, de lo que se arrepintieronoportunamente?
Creo que lo que ocurrió fue que aplicaron el más maquiavélico de los preceptos de Elpríncipe: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Esta máxima sólo beneficia al máspoderoso de los miembros de una alianza: los socios más débiles se ven forzados a seguirlo aun acosta de sus principios, con lo cual pierden su capital político y finalmente su razón de ser.
El oportunismo o utilitarismo que predicó el eminente Niccoló Machiavelli se justificaba enuna época en que los partidos políticos no se distinguían por sus principios y programas sinosolamente por los intereses materiales que defendían.
La emergencia de la democracia política en el siglo XIX cambió las cosas: hoy día incluso losdictadores más brutales e inescrupulosos tienen que disfrazar sus intenciones con una retórica queatraiga a gran parte de la ciudadanía.
En resumen, el 6 de setiembre nos enseña a evitar el oportunismo y, en particular, a no obrarconforme a la maxima “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

*Filósofo.

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