•Resistencia urbana

El misterio de los autos en llamas

Es como me lo han contado: todos los bancos del barrio tienen los vidrios rotos a pedradas y no es la calle Florida en 2002. Es Friedrichshain, en Berlín del Este. ¿Corralito? No. Algo más complejo.

24-08-2026 | 03:19

Es como me lo han contado: todos los bancos del barrio tienen los vidrios rotos a pedradas y noes la calle Florida en 2002. Es Friedrichshain, en Berlín del Este. ¿Corralito? No. Algo máscomplejo.

Alemania posee una larga historia de divisiones. Pero es en Berlín donde estas divisionestienen, sobre todo, estética. Resulta que este barrio del Ostkiez, en el que en algún momento lapropiedad fuera administrada por el Estado que ellos, a falta de palabra mejor, habían decididollamar “socialista”, el alquiler era barato, y el inquilino, una especie protegida.Tras la caída del Muro, la cosa empieza a cambiar. Los barrios proletarios comienzan a integrarseal vértigo de la flamante capital alemana. Muy pronto, esta ciudad se parecerá toda a sí misma. Elbarrio, como pasó hace unos años con Prenzlauer Berg, se puso de moda. A los tradicionaleshabitantes del Este, los Ur-Ossis (pueblos Ossis originarios), se sumaron hace veinte años losllamados “autónomos” y los más-o-menos-okupas. Pero ahora desembarca la última ola demigrantes internos: los académicos y otra gente con alguna platita, que elige el barrio parareproducirse y atestar de clase media los jardines de infantes, que aparentemente permanecen vacíos–en cambio– en el abandonado Oeste.

Los “autónomos” atribuyen a la nueva gente con plata occidental el motivo del alzadesaforada de sus alquileres. Dos tercios de los viejos vecinos ya han tenido que irse. Durante2009, alrededor de 300 autos entraron en misteriosa combustión espontánea en Berlín; en su mayoríalos atentados ocurrieron en Friedrischshain. Los autos son cuidadosamente seleccionados: sóloparecen quemarse los modelos caros. También son objeto de atentados con bombas de olor, pintadas debrea y petardos los barcitos con onda que se derraman sobre las veredas, y un edificio enconstrucción que promete autoabastecerse con energía solar. Todos proyectos altamente capitalistasque atentan contra el paisaje local de viejas ferreterías, que venden canillas para roscas que yano existen o que existen sólo en las casas de la ex RDA que no han sido aclimatadas para los añosque vendrán. Los bancos apedreados son los que ofrecen, tras sus astillados cristales, los créditosque permiten a los nuevos dueños renovar sus moradas: toda renovación implica aumento del alquiler,desalojo de sus antiguos habitantes: viejos, desempleados y pobres.

El barrio resiste con ígnea violencia este presunto progreso. Pero si uno le pregunta a unUr-Ossi qué piensa de esta defensa territorial perpetrada anónimamente en su nombre, en generalmanifestará que el conflicto no tiene nada que ver con ellos. Es rarísimo. ¿A quién le van a venderesas canillas, esos utensilios asombrosos que tan primorosamente se reproducen en las postalesturísticas de la Berlín kitsch y remota? Así las cosas, los activistas se ven a sí mismos comosalvadores y no como perpetradores.

Qué se le va a hacer. La nostalgia del Este perdido es muy comprensible. El Estado al quepertenecían ya no existe más, y el barrio, que sí sigue existiendo, se rige ahora por las reglas dela oferta y la demanda. Las reglas del progreso. Las reglas de los otros, de los que progresaron.El progreso simplemente espera que los viejos se mueran, que los desempleados se empleen, y que lospobres se enriquezcan. O se vayan.

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