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El monstruo

El otro día vi un monstruo en el subte. Lo vi cuando ya lo tenía encima. Fue el viernes del diluvio universal que dejó los autos flotando a la deriva.

El monstruo
23-08-2026 | 21:38

El otro día vi un monstruo en el subte. Lo vi cuando ya lo tenía encima. Fue el viernes deldiluvio universal que dejó los autos flotando a la deriva. Me refugié del chaparrón en la estaciónCarranza, me subí corriendo al último vagón y ahí estaba el monstruo sentado. Tenía dos patastocando el suelo y otras dos patitas flacas colgando hacia un costado, la respiración pesada, unamano que le salía por detrás de la nuca, se escondía y volvía a aparecer por abajo de una axila.Tenía algo de pulpo, con dos cabezas unidas por la boca. Se devoraba a sí mismo con violencia, semordía hasta hacerse doler y con los múltiples brazos se iba palpando y explorando como sinecesitara cerciorarse de que ciertas partes de su cuerpo seguían estando en su lugar.

Impresionaba lo abstraído que estaba en sí mismo, como fuera del tiempo, como soñando despiertouna guerra alucinante. Estaba empapado, se ve que lo había agarrado la lluvia y no le importabanada. El vagón se fue llenando cada vez más, nos aglomeramos alrededor del monstruo, impresionadospero disimulando para no mirarlo tanto. Afuera, arriba, caía medio metro de agua en dos minutos, sedesentubaba el Arroyo Maldonado, el Gobierno porteño preparaba los comunicados de disculpas, se ibaa acabar el mundo, era el fin, y el monstruo entraba delirando en el Apocalipsis, entre suspiros,susurrándose palabras asesinas y calientes, indiferente a la música del acordeonista ciego, sinpercatarse de la nena valiente que le dejó una estampita de San Cayetano en una de sus cuatrorodillas ni de la señora de pelo naranja que lo miraba indignada.

De golpe se paró el subte, se colgó el sistema, los claustrofóbicos dejamos de respirar,empalidecimos, todo el espacio se encogió al mismo tiempo. Sin el zumbido de los vagones enmovimiento, se oía cada ruidito: una tos, un diálogo, pero más que nada se oía al monstruo, sulamento regodeado, la actividad chiclosa del molusco de su boca, la lengua bífida como buscandoalgo al fondo de su doble garganta, acogotándose, hasta que necesitó respirar, cambió de posición,con las patas entrelazadas de otra manera, porque tenía algo de Transformer, parecía poder adquirirdiversas formas y posturas. Vi que en uno de sus hombros tenía tatuadas una boca y una lengua. Eraun monstruo rollinga. En el vagón no se podía respirar y a alguien se le ocurrió preguntarse en vozalta: “No se inundan los túneles, ¿no?”. Ibamos a morir todos y al monstruo seguía sinimportarle, seguía rodeándose, trabado, engorilado, se frotaba los muslos, se rascaba, parecía quese ahogaba en un miedo cavernoso, estaba muy inquieto, como sufriendo por una causa personal,metido en una asfixia más profunda que la asfixia del vagón. Por suerte el subte volvió a arrancary pudimos respirar.

La señora de pelo naranja no aguantó más y le dijo al monstruo que era muy indecente lo queestaba haciendo, que se fuera a un lugar solo, que no teníamos por qué aguantar semejanteespectáculo. Con una voz finita y burlona, el monstruo la carajeó y casi a la vez con un vozarrónpesado se rio. La señora dijo que iba a llamar a un policía. El monstruo se levantó y se bajó en laestación siguiente, y atrás la señora y yo también. La señora llamó a un guardia de Metrovíastratando de retener al monstruo por el brazo. El guardia tardó en entender y ahí el monstruo hizoalgo genial: se dividió en dos, sin despedirse, y el guardia no supo a qué mitad perseguir, quedópagando junto a la señora de pelo naranja que protestaba sacudiendo los brazos.

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