En dulce y entusiasta caravana llegaron a Punta del Este. Amparados por la pantalla de unacámara empresaria (CICYP), de los 400 viajeros argentinos sólo una docena piloteaba la operación,justamente los que ya alisaron el terreno para negocios propios con el gobierno uruguayo por venir:autopistas, juego, rutas aéreas, comunicaciones, trenes, hotelería, emprendimientos agropecuarios.El resto, un coro, viajó porque era gratis el traslado, costaba l00 dólares el menú casi turísticodel Conrad (ensalada de rúcula y jamón, lomo y vino uruguayo) y se quisieron emocionar con el aunno nato presidente uruguayo, José Mujica, un pacífico, conciliador, tolerante, humilde y ahorareflexivo personaje que en ocasiones habla como si fuera un discípulo liberal de Ayn Rand. Esdecir, lo que los argentinos no tienen en casa (o todo lo opuesto a lo que tienen en casa). Peseque Mujica y los K se reconocen en ese progresismo inclasificable que sirve para un fregado comopara un cocido, lo único que han compartido en los últimos meses es la menudencia política pormolestar al saliente Tabaré Vázquez. El dúo argentino porque les negó apoyo a las aspiraciones deNéstor en el Unasur y el enojado charrúa porque optaba por otro candidato frentista, el ahora viceDanilo Astori.
Ni reparan los empresarios optimistas en la historia o costumbres de Mujica, se encolumnan en elpregonado cambio mandeliano de este hombre que del criterio estúpido y belicoso de “cuantopeor, mejor” se ha pasado en apariencia al “cuanto mejor, mejor”. Aprendizajetardío y algo trágico, pero no despreciable. Olvidaban mientras comían en ese mismo hotel que aunas treinta cuadras, en una mansión frente a la playa, se levantaba hace cuarenta años unclandestino hospital de campaña para guardar secuestrados o enfriar estresados activistas propios,tiempos en que el temor impedía viajar a Punta por obra de Mujica y sus amigos mientras lasviviendas se remataban a precio vil porque eran preferibles unas monedas en el bolsillo a lavenidera expropiación en nombre del hombre nuevo. Tarea revolucionaria y de izquierda aquella delMLN-Tupamaros, que nunca se hizo flor y como saldo dejó un golpe militar, encarcelamientos,atentados, asesinatos, torturas, miseria y exclusiones, éxodos masivos, defenestrando en el vértigo–con la complicidad objetiva de los militares– una de las pocas democracias de laregión y, especialmente, las caras libertades individuales a las cuales se habían acostumbradodesde el fin del régimen de Gabriel Terra (l938). El proyecto tupamaro llegó hasta esa catástrofe.Menos mal, ya que en su febril sueño vietnamita o cubano aspiraban a ser invadidos por Argentina,Brasil o los Estados Unidos para luego encabezar un levantamiento de todo el pueblo.
Los empresarios asistentes al Conrad, argentinos jóvenes o veteranos desmemoriados, ni siquieraatienden a estos recuerdos: le otorgan prioridad a los negocios y a las promesas de Mujica de nosubir los impuestos, la gratificación y apoyo para el que invierta, una política mesurada para queno haya inflación, compartir riesgos entre privados y Estado, la garantía de que el Uruguay no esun país sólo para poner plata, sino también para vivir. Si hasta el presidente y sus ministros–sostiene Mujica– pueden andar por la calle sin que nadie los ofenda, ataque osecuestre (él mismo maneja su propio automóvil). Claro, gracias a que ya no existen los Tupamaros.O, en todo caso, se han mimetizado en el poder como aplicación práctica del teorema de Baglini. Sihasta les tembló el pecho a los empresarios cuando el nuevo mandatario, con aquiescencia de susrivales políticos en la reunión, aseguró: “No vamos a expropiar nada”, como si seviviera en el siglo XIX.
Pagó 13 años de cárcel Mujica por su pasado, del cual no habla –y prohibió que lepregunten durante la campaña electoral, casi un pacto con Luis Lacalle, a quien tampoco lointerrogaban sobre episodios de corrupción en su gobierno anterior– para no resucitar hechosde sangre, prisión que compartió también su esposa Lucía Topolansky, casi más aguerrida que él, hoysenadora y tercera en la línea de sucesión (si le preguntan, puede mostrar tres balazos deametralladora en su rodilla). Distintos a los K, quienes estuvieron unos días tras las rejas hastaque los rescató un tío influyente y, de pólvora, llegaron hasta la sebita. Ellos sí, en cambio, seregodean con el pasado. Es más tímida la pareja argentina para referirse a Irán o a Venezuela, almenos frente a un Mujica que los encomia. Igual, los empresarios asistentes no reparan en esasminucias, ni preguntan siquiera por el gasto público uruguayo; se envanecen con las palabrasauspiciosas de quien, cada tanto, aparte de su pésima dicción hasta es capaz de sacarse la incómodadentadura postiza (“para descansar”, dice) y ponerla sobre un escritorio. A losKirchner no le perdonarían ese acto. Hay razones de forma y otras más contundentes, como el hechode que campos iguales en rendimiento de los dos países, en Uruguay son más caros 20% y, además, sepagan. Un adicional por la confianza, la seguridad jurídica y debido a que los Mújica ya viajarondos veces a Nueva Zelanda (estuvieron más de treinta días en una oportunidad) y se sospecha de unacuerdo que catapultaría la producción uruguaya.
Son, por lo tanto, muchas las diferencias. Aunque, imprevistamente, ahora hay otras similitudes.El trío conductivo Mujica-Astori-Topolansky ofrece un flanco de fragilidad: son setentones y conproblemas de salud. El presidente, sin embargo, come sin prejuicios y sin pensar en perjuicios, nole esquiva al buen vino; el vice, a su vez, tuvo el año pasado complicaciones graves que lomantuvieron en terapia intensiva durante mucho tiempo, nadie arriesga un pronóstico exacto sobre suestabilidad. Y a la señora Mujica ahora la trata con quimioterapia en los pechos el propiomandatario saliente (Vázquez), uno de los mayores oncólogos del Uruguay, quien se ocupa de que nadaingrato se propague.
Con el episodio de la semana pasada, Néstor Kirchner se incorporó a estas debilidades de susvecinos. Por shocks emocionales, hostilidades permanentes y hasta quizás cierta imprevisión de susmédicos, tuvo y salvó un problema arterial-cerebral como en el pasado Menem o el menos citadoCarlín Calvo. Se entiende que no le han quedado secuelas (igual, son recuperables ciertas parálisiscon ejercicio y tiempo), el episodio le provocó comprensibles temores y mudez (al menos en losmomentos culminantes) y le impone una novedad en su vida: si antes su máxima era “con lapolítica no se jode”, ahora deberá mudarla a “con la salud no se jode”. Undesafío a su omnipotencia. También una inquietud hacia el futuro, ya que si durante la intervenciónlos secretarios de la esposa se torturaban por la forma en que la prensa iba a tratar el caso, larealidad médica quizás plantee cuestiones menos mediáticas y más importantes: la forma de vida quedeberá tener alguien que atravesó un stroke de esas características, ya que en algunas naciones nose imaginan candidatos o mandatarios con un historial de esos problemas. Un nuevo ingrediente a laencendida política argentina que, en algo, se parece al trío que empezará a gobernar elUruguay.




