El filósofo Alain Finkielkraut, en diálogo con su colega Peter Sloterdijk, considera el conceptoo la teoría del katechon (o katejón) como una de las figuras más extrañas del pensamiento. Estapalabra griega, usada ya por San Pablo, se refería a la fuerza que retarda el fin de los tiempos.Es un espíritu más bien débil, de reacción contra lo que nos precipita hacia el fin. Podría serentendido, según Finkielkraut, hasta como una ética de preservación, lo que empieza a estardesplazado por un entusiasta, y a veces ciego, progresismo.
Esta teoría o movimiento callado del espíritu recorre la Historia con altibajos. Curiosamente,San Pablo, que llegaría al martirio por Cristo, le escribe a su grey de Tesalonia: “Hermanos,estad firmes! Que no se engañe nadie, Cristo no vendrá sin que impere antes la apostasía, lainquietud manifestada a través del hombre de la perdición!” Algunos dicen que estos brevespárrafos de Pablo equivalen a otro Apocalipsis. San Pablo no duda de que la idiotez de lo inicuoganará el primer round de la batalla. (¿Por qué el Reino de Salvación necesitará esa derrota o esaprevia supuración?).
Marx algo supo de la reacción aparentemente inútil cuando reconoció que rescatar lo bueno delpasado era también revolucionario. Esto incluiría como tarea principal del político diferir elprecipitado fin de las cosas y aceptar prudentemente un progreso que bien podría ser destructivo.La palabra progreso tiene todos los prestigios: progreso nuclear, progreso social, tecnológico,dominio de la naturaleza, liberación de la mujer. En la sombra quedan otras palabras: Hiroshima,cambio climático, destrucción del equilibrio ecológico, estupidización subcultural masiva,envejecimiento poblacional. El lenguaje político empieza a imponer “lo correcto” parasentirse cómodo, como una simpática dictadura que nos amordazase con vendas de seda. La nuevadictadura se prefiere permisiva.
Pero en toda la cultura de Occidente se descubre una nostalgia del pasado (no lejano, a veces,de los cercanos pero idos años de la infancia). Hay casi una nostalgia transclasista para nodespedirse hacia un futuro que se teme, sobre todo espiritualmente. Pregunta el filósofo francés aSloterdijk: “¿Qué hacer ahora ante el crecimiento sin fin de nuestro poder de hacer?”¿Cómo frenarnos, cómo reencontrar la naturaleza, la austeridad? Tendríamos que haber salido dellaberinto con el hilo de Ariadna, pero no.
Esta nostalgia que flota por el arte, el cine, el culto de Elvis Presley o de los autos de los50, no es tontería; conlleva el inexpresado katejón de rescatar lo ya vivido y bueno (esencia de lapalabra tradición) y exponerlo en medio del tsunami progresista indiscriminado, donde lo viejo quese repudia, se confunde con valores no sustituidos.
Para algunos, nuestros hijos entran en un mundo que tememos, donde los caminos están envueltosen la niebla. Muchos cantan y aceptan el progresismo como aquél amigo un poco fascista al queBorges comunica la noticia de la caída de París en 1940, y que hace un gesto de triunfo que nopuede anular la expresión del íntimo miedo.
El progresismo se presenta como lo juvenil. Tiene buena prensa y buena paga. Peter Sloterdijkexpresa que llegamos a un punto oculto en la política de hoy, en el que la lucha de clases fuesustituida por la guerra de los adultos y los jóvenes. Sostiene que el progresismo juvenil, modal,medíático, debe ser remplazado por el progresismo adulto (que no quiere decir viejo o anciano).
El movimiento verde internacional que los jóvenes apoyan podría ser el instrumento deconciliación, el nuevo katejón que pueda fundar los pasos hacia un equilibrio existencial y de laexistencia humana con la Tierra y el cosmos. Hay que repensar nuestra vida en el mundo, aunque talvez ya estemos muy cerca de la catástrofe.
El genial San Augustín dedujo que después de los crímenes masivos y del saqueo de Roma, elkatejón, la resistencia a la iniquidad y la no-vida, estaba en el Imperio romano, ya cristianizadodesde Constantino. Hoy el Imperio es la iniquidad mercantilizada de lo que fue un extraordinarioorden, hoy en aparente derrota.
*Escritor y diplomático.




