•AGUAS TURBIAS

El poder de la ciencia social y el NO

El poder de la ciencia social y el NO
24-08-2026 | 16:27

La palabra “ciencia social” es una falacia. Nada de lo que atañe a la sociedad puedeser objeto de ciencia. Quizás algún día, en el mundo académico, los catedráticos e investigadorespodrán felicitarse de ser verdaderos cientistas sociales. Para que ello ocurra habrá que esperarque la ingeniería genética, la farmacología, la neurología, dejen sus sedes médicas e ingresen almundo de lo que otrora se llamaba humanidades.

Es posible que estemos transitando ese camino.

Cuando la conducta del Homo sapiens pueda ser diseñada mediante combinaciones químicas y sufraalteraciones por procedimientos técnicos, recién entonces la cientificidad de una disciplinarelativa a lo humano será tomada en serio. Mientras tanto, las hoy llamadas ciencias socialesnavegarán por aguas turbias.

Quien lo dude podrá realizar una visita guiada a las facultades que se ocupan de lo social y verel grado de cientificidad del personal docente y de sus alumnos. Entre la filosofia de la historiade Walter Benjamin, las rupturas epistemológicas del desempolvado Louis Althusser, la semiopolíticade Laclau, los apotegmas de Merleau Ponty, las multitudes nómades de Toni Negri, la vida líquida deZygmunt Bauman, al análisis sociológico del fenómeno Peter Capusotto, el nunca bien ponderadogrotesco de Alberto Olmedo, el reciclado Tato Bores, junto al análisis de los ferrocarriles deScalabrini Ortiz y las nacionalizaciones de Víctor Paz Estensoro en la Bolivia de los añoscincuenta, los visitantes podrán ingresar con su máquina Polaroid para fijar imágenes de estavanguardia del conocimiento tan variada y activa como una Salada cultural. Olvidaba que también seofrecen clases de tango.

A este laboratorio retórico se lo llama Facultad de Ciencias Sociales y por ahora ocupa el lugaracechado por las ciencias cognitivas antes nombradas que esperan su turno por mandato de lo queHeidegger llamaba “la era de la técnica”.

Pero es una suerte que el dominio cognitivo en cuestión demore su traspaso de mando. Mejor elcaos de la culturalina que la pacatería marketinera de las universidades privadas. El dilema sobreel control de la vida no es nuevo. Hace años discutieron dos prestigiosos filósofos alemanes sobrelos peligros de la manipulación genética aplicada a los seres humanos. Los ecos de aquel debate aúnresuenan en los pasillos académicos y desvelan a los cultores de la bioética. Jürgen Habermas decíaque la clonación y la manipulación genética son el principio de un nuevo Auschwitz. PeterSloterdijk respondía que pensar así era un resabio de un humanismo nostálgico que ignoraba que ladomesticación de lo humano ya fue pergeñada desde los tiempos de Platón.

Sloterdijk consideraba que la historia de la humanidad muestra que los sueños de una humanidadsuperior a lo que es en la realidad, siempre incluyó técnicas de adiestramiento y domesticación. Aesta insistente labor se la conoce con el nombre de educación que rebautiza con el nombre de“parque humano”. Al humanismo griego se le adjudicó la idea de fundar una RepúblicaJusta en la que los hombres disfruten de la armonía política basada en una verdad trascendente. ElSabio antiguo tenía la misión de vigilar el cumplimiento de la ley del Logos. Mil años más tarde,el humanismo renacentista imaginó que el hombre tenía el poder de imponerse en el mundo y potenciarsus capacidades casi mágicas. El humanismo dieciochesco amalgamó el ideal de la razón universal conel de la libertad. Finalmente, el humanismo existencial, derivado en la antropología filosófica,hizo del hombre una figura irreductible a la objetivación científica, protagonista de un fondotrágico ante el alejamiento de los dioses, y un ser cuya autenticidad resulta de una elección libreen un mundo sin garantías.

De acuerdo con Sloterdijk, todos estos intentos fracasaron en el proyecto de hacer del hombre unser mejor de lo que es. Asegura así que la fecha de vencimiento del proyecto humanista coincide conel final del “mono gramático” –recordando el título de un libro de OctavioPaz.

La idea de una puericultura basada en el cuidado de la lengua ha sido la base del humanismo. Losseres que se alejan no son los dioses de Hölderlin sino las palabras cuya tutela y distribución hasido la labor incesante de los humanistas.

El algoritmo y las fórmulas químicas se están ocupando de lo humano. Para Sloterdijk sólo unavisión ingenua de nuestro pasado y temerosa del porvenir, presiente que esta novedad anunciatiempos aciagos. ¿Por qué no avizorarlo como una nueva aurora? ¿Por qué hacer de la era de latécnica una amenaza y no una oportunidad de llevar a cabo la tarea en la que los diversoshumanismos fracasaron?

Habermas desconfía del poder de los Estados y de los mercados en lo concerniente a ladiagramación de la conducta humana. No sólo lo inquieta sino que vislumbra un apocalipsis no muylejano de las distopías de Aldous Huxley y George Orwell. En tiempos recientes estos temores se hanrevitalizado. La biopolítica no es una disciplina hoy de moda ni un término fungible ya que nodesaparece con su uso, perdura. Más bien es un susto profético. En manos de Giorgio Agamben y susadláteres nos anuncia con recursos linguísticos de la más rancia filología humanista un mundoneogótico habitado por mad max y terminators en harapos y pistolas con poder nuclear. Mimesismediante, declara con frases en latín el advenimiento del siniestro futuro y de la brujeríapolítica. Infunde así temor y respeto sin llegar a tener el talento de Savonarola. En este sentidoson refrescantes las palabras de Sloterdijk contra los agoreros del fin de los mundos. Bastarevisar los temores provocados por la invención de la imprenta, del teléfono, la radio y el cine,para no sorprendernos ante los heraldos de la noche tecnológica. En nuestra aldea local aún seinquietan los espíritus letrados por la devastación de la televisión –artefacto prácticamenteen vías de extinción–, alarma anacrónica sólo compensada por el infantilismo algo senil delos cultores del Twitter.

Antes de terminar esta nota quisiera cambiar de terreno y mudarme a la poesía y a la filosofíaque tuvieron el recato de no pretender ser disciplinas exactas. Lo hago con el poeta René Daumalquien dijo “NO es mi nombre”, y con el filósofo Gastón Bachelard que escribió Lafilosofía del NO.

La filosofía fue madre de las ciencias. No fue maternal; por el contrario, una típica madrecastradora. Hay que ver lo que les costó a la psicología y a la sociología lograr su autonomía bajorecriminaciones de abandono y falta de gratitud. Una típica madre ítalo-judía. Ya hace tiempo,estas disciplinas, ahora liberadas, no tuvieron mejor horizonte que tratar de semejarse a lasciencias. Han quedado tiesas de tanto protocolo. De eso ya hemos hablado. ¿Y la filosofía? Una vezsola, sin sus hijos, se volvió loca. Salió a la calle como en sus viejas épocas, fue al ágora,interpeló a Dios y a María Santísima, y se volvió nuevamente socrática, es decir, histérica.

Su NO es lo que le queda. El día en que las ciencias cognitivas lo eliminen y nos quedemos sinel morfema de negación y con la exclusividad de la séptima nota de la escala musical,entonces…


*Filósofo www.tomasabraham.com.ar

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