•un mundo en problemas

El suprapoder y los pobres políticos

25-08-2026 | 07:41

Ni en el Grupo de los veinte, en su reciente reunión, ni en la reunión de los ministros deeconomía sobre los peligros de desacuerdos monetarios llegan a definiciones tranquilizadoras. Lapolítica mundial parece dudar. No hay claras ideas renovadoras ni líderes que las encarnan. Seapostó a Obama casi arrogándole dotes sobrehumanas. Pero en realidad vivimos la caída de grandesconcepciones político-económicas del mundo, pensadas en el siglo XIX y enfrentadas a lo largo de lacenturia, que todavía duran en esta década: el liberalismo empresarial que soñó un paraíso debienestar universalizado, con su modesta fe de democracia y mercados abiertos, hoy enfrenta laaporía de la tecnolatría mercantilista y los límites ecológicos y medioambientales que se creyeronucrónicos, problema para generaciones futuras. Por otra parte, el comunismo marxista se vivió comouna religión rebelada de la materia y de la realidad y sus imperios, Rusia y China, implosionaronjustamente en el centro, en la matriz del sueño, en el fracaso económico. El mercantilismosobrevivió en la lucha de gigantes, pero venció sin convencerse ni convencer y es, por ahora, elúnico camino. Este es el desasosiego y la inestabilidad de convicciones y de destino que vivimos.El cambio climático se nos vino encima cuando los políticos creían que las calamidades son cosa dellejano futuro, meros sueños apocalípticos. Desde Río de Janeiro en 1992 y luego Kyoto, hoyCopenhague, demuestran carecer de respuestas de poder ante la gran maquinariaindustrial-tecnológica mundializada. Estos señores serios de traje oscuro no atinan a confesar sureal impotencia ante el superpoder mercantil productivo. Ya está siendo demasiado tarde. Nunca mássorprendente y aplicable la frase del gran lírico alemán Novalis, que vaticinó que aunque loshombres no lo crean les espera el destino cómico indigno de tanto orgullo.

En su testamento periodístico concedido a la revista Der Spiegel, Martin Heidegger confió que elproblema central de la política mundial es lograr controlar la tecnología desencadenada por laconjunción de intereses estratégicos y mercantiles, el rostro menos heroico de la voluntad depoder.

¿Cómo retornar de la manía productivista? ¿Cómo cambiar la noción de bienestar cuando lamodernidad se exclusivizó en que el ser es tener y en que la armonía existencial depende de lascosas y de las técnicas? La palabra austeridad parece una antigualla ajena a nuestro tiempo. Tantola revolución burguesa como la socialista apostaron al crecimiento, al desarrollo. Laespiritualidad fundacional quedó postergada. Se la excluyó como centro imprescindible de todanoción de desarrollo. Es como hablar excluido al hombre en la construcción de “lahumanidad”. Hoy en China, en India, en el sudeste asiático se vive el síndrome del Japóncontemporáneo. Se implora ser arrollado por el desarrollo tecnológico y consumista. Se preparanpara la producción masiva de autos de bajísimo precio. El spot publicitario hoy es “escuelade vida”, crea moda, deseduca y fabrica necesidades. Difunde una visión hedonista ysuperficial como pedagogía de la mejor calidad de vida. Vivimos un tiempo que Nietzsche previó como“la cretinización anglomecanista del mundo”. Desconsolados, sociólogos franceses comoBaudrillard, Serrès, Guillebaud, hablan de electrofascismo como la forma de dominación más poderosaante la que mueren todas las políticas, democráticas o totalitarias conocidas. Los teólogos hablandel destino cainita de la civilización. Según la Biblia, de la estirpe de Caín y de Tubalcaínsugieron “los maleadores de metal” y los fundadores de la primera urbe. Contra ellos nohubo nada que hacer hasta que Jehová ordenó la catástrofe regeneradora del diluvio universal. Losmayas de América anotaron en el Popol Vuj lo mismo.

Pese a los disimulos, el poder del “electrofascismo” es la mayor amenaza mundial,absolutamente inmediata y presente. La “corona imperial” de potencias políticas,Europa, Estados Unidos, Japón, los países del BRIC (China, Rusia, India, Brasil), acumularon elmayor poderío industrial y tienen la llave del gas letal en su mano. Pueden hacerlo, aunque lospolíticos presionados sufran un eclipse de imaginación y coraje. Pero pese al pesimismo bíblico yde los mayas (que se extinguieron voluntariamente) es difícil que la humanidad elija este suicidioanunciado. (Esto lo intuimos, queremos que sea. En el fondo rogamos sin mucha convicción, como elmencionado Heidegger cuando escribió entre sus frases finales: “Ahora sólo un dios podrásalvarnos.”).


*Escritor y diplomático.

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