Hace un mes murió en los EE.UU. el arquitecto argentino Eduardo Catalano. A comienzo de los añoscincuenta, diseñó, para su uso familiar, una vivienda –la Raleigh House, en Raleigh(NC)– que, por su originalidad, mereció el elogio de Frank Lloyd Wright y sigue siendo temade publicaciones de diseño y arquitectura. Hoy sólo quedan sus fotografías –espectacularespor su fantasioso trabajo con los techos hiperbólicos paraboloides–, pues la obra fuedemolida en aras de la especulación inmobiliaria de la última década. En la Argentina creó lasmoles de la Ciudad Universitaria y del Nuevo Mercado del Plata, que décadas de maltrato y adendasimprevistas no han conseguido estropear. De paso por Buenos Aires, en el año 2000, presentó a laAcademia Nacional de Bellas Artes un proyecto senil y naive, que los académicos –naives yseniles– hicieron suyo y consiguieron que la primera gestión de Aníbal Ibarra, por Ley638/01, le concediera un espacio público privilegiado: la Plaza Naciones Unidas. De ese modo, laciudad mataba varios pájaros de un tiro: se liberaba del enjambre de mástiles que homenajeaban a laUN en tiempos de reclamos por Malvinas y derechos humanos, reducía costos de mantenimiento, sumabauna nueva imagen de fealdad a las postales de Buenos Aires y sellaba un espacio que gradualmentevenía siendo usurpado por la Policía Federal y por la televisora oficial. Supongo que losgobernantes ignoraban el valor simbólico de la zona. En esa plaza estuvo prevista en los añoscuarenta la erección del Monumento al Descamisado y en los setenta, del Monumento a Evita, ambosabortados. El centro de ese terreno cóncavo donde el poeta Héctor Viel Temperley solía hachartroncos de árboles caídos, el locutor y coleccionista Carrizo descansaba de sus caminatas y elarquitecto Fabrykant y yo solíamos hacer jogging todas las mañanas, ese punto, era el vértice deltriángulo de energía fijado por el brujo López Rega, por equidistar del departamento de Gelly Obesdonde vivió el joven Perón y con la rotonda de Grand Bourg, donde el esotérico ministro emplazó lapiedra de Ciro que adoraba la logia Nael. Desde que empezó a abrirse y cerrarse estúpidamente, esacosa embobó a los bobos e indignó a los que advertíamos –aun sin saber quién era el creadordel cachivache– un subproducto burdo de la industria aeronáutica. Tarde se supo que eldonante no era Catalano sino la Lockheed Martin, fuerte lobbysta y proveedora del Estado. Pero yaera tan irreversible como hoy es el canal subterráneo que está a punto de terminar el Gobierno dela Ciudad en Palermo, y que llevará y traerá aguas a y desde el Río de la Plata, sin garantías deresultado alguno.

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