Electroshock

Electroshock
24-08-2026 | 14:44

Qué tienen en común la premura presidencial por legalizar el casamiento entre personas del mismosexo con la decisión gubernamental de servirse de uno de sus altavoces mediáticos para revelarcontenidos confidenciales de una audiencia en el Congreso?

¿Cómo se conecta la resolución de un juez porteño obligando al Gobierno de la Ciudad a ir al piedel oficial Canal 7, manejado por la Casa Rosada, para que sea el único usado en la transmisión delos partidos del Seleccionado argentino de fútbol por la pantalla instalada por una empresa privadaen el Obelisco, y la explícita decisión de la Legislatura local bloqueando leyes que pretendenhacer frente a los robos cometidos en y desde motocicletas?

¿Por qué la causa de la identidad de los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble es parael Gobierno una preocupación tan obsesiva y excluyente, como para volcar a la escena pública unaturbia saga de revelaciones genéticas de seres humanos que ningún delito cometieron, pero con cuyaventilación el poder oficial sólo procura dañar a un grupo mediático con el que antes negoció y,ahora, quiere pulverizar?

¿Cómo se explica que el oficialismo haya desplegado un blindaje todo terreno, atrincherándose enel Consejo de la Magistratura para proteger, hasta el bochorno, a cuestionados y cuestionablesmagistrados como el Dr. Norberto Oyarbide, que sólo perduran en su cargo porque son necesarios parael Ejecutivo?

Lo que transpira la siempre exaltada esfera pública argentina es un aire de urgencia ydramatismo permanentes del que resulta imposible despegarse. A años luz de una mínima aproximaciónal tratamiento sereno y sustancial de los temas, el país vive eternamente sometido a unelectroshock permanente. Todo es urgente si un proyecto así definido es gatillado desde el poder.Esas urgencias son, además, innegociables en esta era condicionada por el reclamo feroz que emanadel poder oficial.

Si uno se abstrae momentáneamente y pretende caracterizar el momento, puede afirmarse que laArgentina, que curiosamente está mucho menos atribulada por tragedias y desastres que infinidad deotros países en el mundo, respira con una sospechosa y sobre todo absurda taquicardia. Da lasensación de ser un organismo híper medicado y turbulento, un todo social y cultural que pareceincapaz de jerarquizar cuestiones y ordenar preocupaciones.

No es un atributo exclusivo, ni una patología solo detectada en el oficialismo, que–efectivamente– así se maneja desde que hace más de siete años conduce a la Argentina.Lo notable es que esa respiración pesada es un modo nacional, se la padece y hasta se la goza,suprema exhibición del masoquismo nacional.

La vidriera cotidiana de los medios patentiza esta debilidad emocional tan evidente y reveladorade una poderosa inmadurez colectiva. Este estado de urgencia sistémica coloca a la Argentina en lacondición de sociedad espasmódica. El oyente sintoniza por radios y TV durante todo el día,intricados cruces sobre la oportunidad, necesidad, características, pros y contras de que personasdel mismo sexo consagren su unión de pareja ante un registro conyugal estatal. No subestimo niridiculizo la cuestión, sólo pretendo encuadrarla y, así, darle valencias razonables. Pero,verdaderamente, ¿es un asunto tan primordial y de alcances tan masivos?

Todos los martes a la medianoche, cuando salgo del estudio desde donde se emite el programa Ledoy mi palabra por Canal 26, cruzo las vías del ferrocarril San Martín a la altura de Villa Crespo.Es una imagen que debería ser registrada, aprendida y reiterada por quienes se hacen buches debuenismo ético con la inclusión social. Lo que se ve, imita un daguerrotipo de fines del siglo XIXen la Europa de la más salvaje explotación capitalista. Ahí, sobre la avenida Corrientes, variasdecenas de oscuros e imponentes carromatos empujados por los recolectores de residuos, aguardan,prolijamente encolumnados, la llegada de los camiones que se llevan su mercancía. Todo es sombrío yconmovedor en ese escenario de exclusión social atroz, incluyendo los chicos que acompañan a suspadres en la alta noche invernal.

Esa postal, poderosa denuncia objetiva de la tragedia social patentizada por la irreductiblepobreza que se sufre en la Argentina, es puntillosamente ignorada por la agenda impulsada por elGobierno, pero de la que, de una u otra manera, son cómplices, la mayor parte de los medios, con supereza, mediocridad y chatura proverbiales. Pero no, de eso no se habla.

En el electroshock cotidiano de la Argentina jadeante, hablamos de “casamiento gay”como si se tratara de urgencia vital. El Gobierno, claro, impone el ritmo con sus proclamas épicas,efusivas y sistemáticamente evaporadas a renglón seguido. Solo parece importarle la dilucidacióndel origen de Marcela y Felipe Noble Herrera: sólo eso, nada más que eso y nada que no sea eso.

Misteriosa sociedad dotada de tan corta capacidad de concentración en sus juegos cotidianos querevela un desarrollo emocional detenido, la Argentina se ensaña, emociona, empecina y confunde concuestiones parciales, específicas, atrabiliarias.

Los fenómenos tangibles de la problemática vida cotidiana son llamativamente obviados porbataholas políticas que se proponen negar la colosal evidencia de lo que funciona mal. Así, laoposición en la ciudad de Buenos Aires halla ahora que imponer el orden y la ley en las calles esuna nueva y perversa manera de criminalizar la pobreza y/o discriminar a trabajadores. En el casode los motoqueros, el casco, el chaleco reflector e identificatorio, la obligación de exhibirpatentes en buen estado y legales (¿por qué no chapa delantera?), son, en esta mirada, siniestrasórdenes de batalla del reaccionarismo ultramontano y no deben ser exigidos.

Lo único que importa y apremia es la urgencia artificial. Lo que domina es la necesidad deobliterar al “enemigo”. La vida cotidiana aparece, así, rociada de una electricidadenfermiza y estéril. Todo pasa y (casi) nada queda.


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