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Elegantes gritos de desesperación

Cuando en 2007 Eduadro Berti –junto a David Fajn y Eduardo Milewicz– creó el sello editorial La Compañía, uno de los títulos que eligió para darse a conocer (“somos una editorial independiente con el objetivo de rescatar autores y libros, textos olvidados o inéditos de escritores importantes”, declaran en su página web).

23-08-2026 | 21:04

Cuando en 2007 Eduadro Berti –junto a David Fajn y Eduardo Milewicz– creó el selloeditorial La Compañía, uno de los títulos que eligió para darse a conocer (“somos unaeditorial independiente con el objetivo de rescatar autores y libros, textos olvidados o inéditosde escritores importantes”, declaran en su página web) fue La misma sangre y otros cuentos,del escritor estadounidense William Goyen. Especie de autor de culto involuntario (“Creo quemerecía reconocimiento. No hablo de aprobación o desprecio. Pero levanto la mano y digo:‘¡Oigan, aquí estoy! ¡Presente!’”), Goyen es uno de esos casos extraños que cadatanto saltan al mundo de la literatura desde algún lugar perdido del sur de los Estados Unidos.Nacido en 1915 y muerto en 1983, enseñó en Columbia y Princeton, se casó con una actriz y escribióalgunas novelas. Pero, sobre todo, dejó sus Collected Stories (1975), del cual Esther Crossseleccionó y tradujo los relatos de este volumen aparecido hace dos años.

Cuando uno piensa en la literatura sureña, surgen de inmediato los fulgurantes nombres deWilliam Faulkner, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Truman Capote. A todos ellos respetabaGoyen, por ninguno decía sentirse influenciado. Menos aun, por la tradición literaria de lasgrandes ciudades: “No me interesan las infidelidades de las amas de casa de los suburbios deNueva York. Sus vidas, sus encuentros sexuales y sus divorcios me parecen triviales en comparacióncon la vida de los sureños”. Lo que queda claro muy rápido, al sumergirse en el descarnado,mohoso universo ficcional de textos como Preciada puerta; El coyote; Arthur Bond (la escalofriantehistoria de un hombre que vive con un gusano en la pierna que lo arrastra a la locura) y, sobretodo, al leer el extraordinario Si tuviera cien bocas, donde un personaje expía un viejo pecado declase y raza, haciendo que su culpa se eternice de una generación a otra.

Cross cuenta que Goyen solía declarar que nadie abandona nunca su lugar de origen, que no hayquien pueda liberarse de donde ha nacido y que hacía de esa creencia una máxima literaria. La épocade muchos de sus cuentos es la del despertar industrial del sur, la migración del campo a lasciudades, la creación de nuevos núcleos urbanos. Los personajes: gente de pueblo a la que le cuestaadaptarse a la idea del progreso, que cuando se ven forzados a cambiar de hábitat enferman oenloquecen, granjeros, amas de casa, cazadores, temibles miembros del Ku Klux Klan. Los hechos:lazos de sangre que se deshacen, traiciones, enfermedades, manifestaciones epifánicas. Todocontado, como le gustaba describir al propio Goyen (apadrinado en su momento por Capote, amistadque, claro, tuvo a bien traicionar), mediante “un elegante grito de desesperación”.

Ahora, La Compañia acaba de lanzar un segundo tomo de Goyen con nuevos cuentos, titulado Angelesy hombres. En el posfacio, Marcelo Figueras intenta discernir la extraña pregnancia que generanestas historias: “La mayoría de los relatos de Goyen lidian con la cuestión del pasado o delorigen (...) Y, a diferencia de lo que suele considerarse el paradigma del cuento perfecto, sushistorias nunca cierran artificialmente. No le proveen al lector la catarsis del argumentoredondo”. Tal vez sea eso: aquellos gritos desesperados y sus ecos, que resuenan y nunca seapagan.

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