•EL DINERO QUE EL ESTADO LE DIO A PECHITO

Elogio del hombre que desea

Los héroes argentinos son así, medio raros, inverosímiles, exótica mezcla de novela negra y teleteatro de la tarde.

Elogio del hombre que desea
24-08-2026 | 08:10

Un duelista demanda satisfacción. El honor, para él, es un apetito. Esta historia essobre esa excéntrica clase de hambre.”

Relato en off de “Los duelistas” (1977), dirigida por Ridley Scott, versiónfílmica del relato de Joseph Conrad (1857-1924).

Los héroes argentinos son así, medio raros, inverosímiles, exótica mezcla de novela negra yteleteatro de la tarde. No son perfectos ni están llenos de virtudes improductivas; salvo su buencorazón, uno de los rasgos que mejor nos representan ante el mundo. Como el tener las mujeres máslindas, el dulce de leche, los cuatro climas, el río más ancho, la humildad de los grandes y aDios, un compatriota más.

Repasemos. Cabral, sargento de solemnidad extrema a la hora de morir por el jefe; Falucho, elsimpático negro oficial de Mitre; French y Beruti, dos pesados que la historia reconvirtió endelicados promotores de mercería; Bonavena y Gatica, célebres perdedores con altísima moral; eltamborcito de Tacuarí, niño batero malogrado por la vil metralla realista; Gardel, voz inmortal conamigotes conservadores y novias virtuales; Patoruzú, la versión digna de Ricardo Fort, y su padrinoIsidoro, elegante, seductor, falluto, cobarde, simpático, vividor: el porteño perfecto.

Martín Palermo es más un héroe argentino que un mito posible. Maradona sí es un mito, más alláde cómo le vaya en Sudáfrica, por su increíble estatura de deidad pagana, la distancia ontológicaque genera la genialidad, y su máscara trágica, más griega que de Villa Fiorito. Palermo no.Palermo es el muchachito de la película. El que pasa las de Caín, con suspenso y drama, pero alfinal salva a todos y se queda con la más linda. Es fácil identificarse con alguien así. Terráqueo,generoso, cumplidor, a veces un poco loco, un soñador. Es, quién podría dudarlo, el yerno que todaslas madres argentinas querrían sentado a su mesa.

Como Maxwell Smart, provoca hasta piedad por su insólita torpeza y al rato, vaya a saber cómo,asombra con el lujo más impensado. Falla e insiste, sin falsos pudores ni detenerse en la duda,aquello que el pensador de San Miguel, Aldo Rico, llamó “la jactancia de losintelectuales”. Su amor propio es infinito. Siempre vuelve. Volvió de lesiones, tres penaleserrados en el mismo partido, del peor dolor de un padre, el ninguneo en los mundiales y las“sutiles” indirectas para que se retire de una vez y le deje paso a los más jóvenes.Martín Palermo, como el guerrero de Castaneda, nunca detiene su marcha. Primero fue Varallo,después Cherro, y que pase el que sigue. El hombre le hace honor a Baruch Spinoza, tan holandéscomo Van Gaal, que definía al deseo como “apetito con conciencia de él”. Tiene hambre yva por todo en la vida. Quiere dejar huella, un registro, una cifra. Lo bien que hace.

Lo de él es el aire. Tensar los músculos, estirar el cuerpo para elevarse, desacomodar almarcador y girar el cuello para impactar la pelota y darle dirección. Si todo va bien, pisará elcésped cuando el grito estalle. Gol. La cabeza le funciona así; es un gatillo. Su arte tiene lafugacidad de lo letal. Será fiesta o lamento. Todo, o nada.

Cuando el equipo juega por abajo deambula ansioso, al acecho. Pivotea, calcula, amenaza. Perolejos del gol queda expuesta su cintura de yeso, sus largas piernas tiesas como tablas. Su falta deplasticidad bien puede sacar de quicio al no iniciado. Jamás a los de Boca. Es que su lugar en elmundo es la Bombonera, ese corazón con tribunas, territorio hostil para rivales y pechos tibios depropia tropa.

Cuando empezó en Estudiantes, Russo, el técnico, prefería a Calderón. Desconfiaba de ese chicocon tatuajes, aritos, tinturas exóticas y novia brasileña. Estuvo a punto de irse a Tucumán, peroenseguida empezó a hacer goles y así llegó a Boca. Fue amor a primera vista. En España nunca fue lomismo. Villareal le trajo más malas que buenas y en Betis, pese a jugar con Joaquín y Denilson allado, no tuvo suerte. Es en Boca, donde muchos tiemblan más que el cemento, donde es infalible.

¿Será que, como pasaba con Carlos Monzón, se lo ama por lo rotundo de sus números? ¿Cómoexplicarlo sin ser obvio? Recurramos a los filósofos. ¿Por qué no? A ver, muchachos, olvídense porun rato de la cosa-en-sí, el sujeto y el cogito, dicho esto con todo respeto. ¿Qué ondaPalermo?

Schopenhauer, con ese carácter podrido que tenía, lo habría insultado, furioso con esa estéticavulgar, antes de rendirse ante su Voluntad infinita. Nietzsche aplaudiría su máscara dionisíaca yla aparente locura, pero lo indignaría su escasa poética. Hume, demostraría empíricamente que setrata de un tronco, pero de eficiencia extraordinaria en tanto la bola choque en alguna parte de sucuerpo para desviarse hacia la red. Husserl, entre paréntesis, diría que es un fenómeno. Heideggercelebraría su ser-para-el-gol. Sartre, le daría la libertad. Foucault primero lo aplaudiría;después, quizá ya no. Wittgenstein callaría. Derrida lo deconstruiría y Roland Barthes, después deleer su juego, decretaría “la muerte del goleador”.

Uf. Palermo los habría vuelto locos. También a ellos.

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