Embalo mi biblioteca

Por diversas razones, conozco bastantes casas de intelectuales, profesores, escritores y editores europeos. De las que visité, la única que tiene una biblioteca inmensa es Sofía Fisher, que aunque reside hace 40 años en París –donde formó a varias generaciones de lingüistas en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales– nació en Argentina.

Embalo mi biblioteca
22-08-2026 | 22:55

Por diversas razones, conozco bastantes casas de intelectuales, profesores, escritores yeditores europeos. De las que visité, la única que tiene una biblioteca inmensa es Sofía Fisher,que aunque reside hace 40 años en París –donde formó a varias generaciones de lingüistas enla Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales– nació en Argentina. Son estantes y estantesde libros que ocupan el living, el comedor, el escritorio, los pasillos y hasta una parte del baño.Los demás, o al menos los demás que conozco, los otros intelectuales europeos tienen bibliotecaspequeñas o a lo sumo medianas. Y en los pocos casos en que son grandes, lo son a escala humana.Charlando con ellos, o simplemente leyendo entrevistas a escritores europeos, es habitual queaparezca el tema de la iniciación a la lectura ligada a una biblioteca pública. A veces, porsupuesto, mencionan los libros que sus padres tenían en su casa, pero en general asocian eldescubrimiento de los autores que los marcaron con libros encontrados en la biblioteca del barrio ode la escuela. Y por supuesto, la biblioteca de la universidad les sirvió de base para redactar sustesis de doctorado, y luego, ya profesores, para preparar sus cursos y escribir sus libros. A lainversa, es muy común que los intelectuales y escritores argentinos tengan formidables bibliotecasen sus casas. Son bibliotecas privadas, puertas para adentro. No es mi intención establecer unarelación causal entre ambos fenómenos, pero sí marcar una cierta concomitancia, una ciertasincronía entre el hecho de acaparar libros en casas, de manera casi fetichista, y la imposibilidadde acceder a ellos en ámbitos públicos. Yendo más lejos –y seguramente forzando lainterpretación– quizás en esa tensión entre biblioteca privada y biblioteca pública se juegueel conflicto entre el libro y el texto. Sobre el libro, además de la lectura, operan otros factorescomo el precio, la circulación, la tapa, la mercancía. Sobre el texto, en cambio, confluyen poderesheterogéneos, como la angustia de las influencias, la escritura, las estrategias de enunciación, latradición. La filosofía y la crítica francesa, de Blanchot a Barthes, tomó como objeto depensamiento al texto, y dejó de lado al libro (por supuesto que hay excepciones, Derrida es una).¿Tendrá esto alguna relación con que son intelectuales de sociedades de bibliotecas públicas? Esdifícil ser fetichista con los libros de las bibliotecas municipales (muchas veces son obras debolsillo o ediciones baratas, generalmente están marcados por el uso reiterado, rara vez seencuentra una primera edición) y por lo tanto, no es complicado ir más allá del libro para entraren relación con el texto, leer no libros sino textos (aquí se puede decir, seguramente con razón,que la filosofía francesa terminó fetichizando al texto, pero ése es otro asunto).
Al contrario, los libros de las bibliotecas privadas contienen cada uno una historiapersonal. El recuerdo de cuándo y dónde se compró (después del segundo divorcio, en tal librería deviejos), de dónde vivíamos cuando lo leímos (a la vuelta del exilio, en el departamento de laAvenida de Mayo). En las casas el libro prima por sobre el texto o, si esta afirmación resultademasiado arbitraria, se puede pensar que, en todo caso, el libro ocupa un lugar tan importantecomo el texto.
Pensaba en todo esto ahora que me acabo de mudar. Y mientras guardaba los libros en cajas,recordaba historias, fechas, viajes, ediciones, nombres de editoriales. Y también fragmentos depoemas, comienzos de novelas. No sé si mi biblioteca es chica, mediana o grande (las comparacionesson odiosas), pero sé que, mal arqueado mientras embalaba una caja, mi vieja hernia de disco sehizo presente, y las cajas se me hicieron infinitas, infinitas, un laberinto de piedra oriental.¿Tendría una biblioteca así si viviera en un país con bibliotecas públicas? Quizá sí, quizá no. Nisiquiera sé si tiene sentido la pregunta.

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