•cronica de una pesadilla infinita

En Haití, hasta el temible diablo de las noches ha muerto

Un cronista de PERFIL recorre las desoladas calles de Puerto Príncipe, a poco más de un mes del terremoto que asoló Haití, y describe la difícil supervivencia de quienes ya vivían en el país más pobre de América. Al igual que en los bolsones de pobreza de las ciudades latinoamericanas, las mujeres ganan un protagonismo cada vez mayor. El representante de la ONU critica la desorganización de las ayudas de años anteriores y dice que en dos años se podría reconstruir Haití. Desde Unicef piden una moratoria de dos años en las adopciones internacionales para, primero, reunificar a las familias haitianas.

24-08-2026 | 06:58

Cuando uno recorre Puerto Príncipe durante la madrugada, la brisa espesa y una oscuridad singrietas revelan el obituario final: el diablo también ha muerto en esta ciudad sin tiempo. Antesdel sismo que mató a más de 250 mil personas, nadie pisaba la calle entre las ocho de la noche ylas cinco de la mañana, pero desde aquel martes de enero en el que la tierra rugió, la hora deldiablo, un producto ancestral de la cultura local, ya no es respetada en la capital más políglotadel continente, y una marea humana deambula como en trance.

Todos caminan por calles de escombros y barro, por canales que ya no son canales, por pantanosurbanos rellenos con los restos de una tragedia de otro siglo. No hay un solo farol en las calles,y las ventanas sin vidrio que muestran luz en el interior de alguna casa son mínimas: lo que nosacó de servicio el terremoto lo anula el gobierno desde hace años para castigar la costumbrehaitiana de no pagar la cuenta de energía. Los tímidos fogones que se observan en las márgenes decharcos inmundos dibujan escenografías de Mad Max.

Haití ya no tiembla, pero desde hace cuarenta días existe sólo para enfrentar la emergencia.Todo aquí vive y muere en los márgenes difusos del desastre.

Todo es peor. Cada recorrida por la ciudad destroza la idea de que nada puede ser peor. Elcampamento de desplazados ubicado cerca del puerto controlado por los marines estadounidenses es uncúmulo de tiendas apiladas, pero es un barrio cerrado comparado con las casillas de chapa de CitéSoleil, el vecindario más peligroso del país, donde los cerdos caminan entre los mangos expuestosbajo un sol lacerante a 25 gourdes (la moneda haitiana) negociables el kilo, lo que representa unos60 centavos de dólar. Los morros del barrio bien de Petiónville parecen bombardeados, y en el downtown los muñones de los pocos edificios que quedaron en pie parecen a punto de caer todo el tiempo.Siempre es posible encontrar una zona más arruinada, una pila de escombros más alta, un olor másdenso.

Y sin embargo, en esa postal de espanto, las caras y la pose de los haitianos descolocan. Muchoshombres parecen zombies resignados. Pero otros quieren hablar, quieren contar su epopeya.“Habla conmigo”, dicen, ruegan casi; transitan buscando algo que los saque como sea deeste presente inmóvil. “Argentino, Messi”, dice un teenager local en el medio delcampamento ubicado junto a un mástil, que es el más alto de la ciudad y que no tiene bandera. Elpibe de oro de la generación playstation es la nueva escarapela argentina entre las carpas dellugar.

Las mujeres, mientras tanto, pasean sus trenzas y una extraña coquetería pop. Ríen todo eltiempo para curar los dolores curables: los del cuerpo.

Las chicas hatianas han tenido que tomar las riendas luego del terremoto. Adolescentes de 40kilos, preciosas y arregladas como si fueran al cine con ropa de donación, cargan bolsas de arrozque pesan 50. Avanzan de la mano, de a dos, por el puesto de distribución montado en el EstadioNacional, uno de los puntos habilitados por la misión de la ONU (Minustah) para el reparto de laayuda humanitaria, donde se entregan cada mañana, antes de que amanezca, 1.500 raciones de arrozdecoradas con una enorme bandera norteamericana. El arroz constituía el 20 por ciento de la dietahaitiana antes del 12-E; ahora ya nadie sabe ni qué ni cuánto se come en esta tierra pobre. Ellaslevantan como pueden los sacos pesados como una bolsa de cemento Portland, y son las únicas quepueden ingresar al lugar. Sus hombres esperan afuera porque la gente del World Food Program seespantó con la violencia de los primeros intentos con ellos haciendo fila a los machetazos.

Las haitianas, una vez más, ponen el cuello en la desgracia. Son ellas las que cargan lasbolsas, las que llevan enormes baldes de lo que sea haciendo equilibrio sobre sus cabezas. Y, segúnlas Naciones Unidas, son también las víctimas de los casos de violaciones que comenzaron a brotaren las afueras de la ciudad y en los campamentos de desplazados, y que todos relacionan con losdelincuentes que escaparon de la Penitenciaría Nacional luego del terremoto. “Una causa porviolación se soluciona con una fianza de 5 mil dólares, pero por un robo pueden quemartevivo”, compara un bombero voluntario que lleva siete meses en el país.

Geologías. A medida que avanza en su numeración, el Boulevard 15 de Octubre, queconduce al barrio residencial de Valleé de Bourdon, permite verificar que, como tantas ciudadessuperpobladas de América latina, Puerto Príncipe acomoda su geología de acuerdo a la escala social:arriba están los que más tienen, más abajo los que tienen apenas algo, y al final del valle, en losmárgenes de un río en el que flotan gallinas muertas, ropas viejas y camalotes de basura, los quenunca tuvieron nada.

A todos ellos, sin embargo la tragedia los golpeó por igual. Las máquinas excavadoras y lastopadoras retiran cada día toneladas de escombros de casonas imponentes, de iglesias o de laschabolas más inestables. La diferencia es que los habitantes de los barrios pobres perdieron todo yahora viven en los campamentos, mientras que muchos habitantes de las zonas caras se fueron a Miamihasta que escampe.

La gran magnitud del sismo, a más de un mes del primer temblor, abrió un debate entre elgobierno, las ONG y las Naciones Unidas respecto de cómo encarar la asistencia y comenzar a pensaren la reconstrucción.

En Haití trabajan más de 10 mil organizaciones, que nuclean desde bomberos hasta médicos oasistentes sociales. Intervienen por su cuenta o bajo el paraguas de la ONU, y en su gran mayoríaestán integradas por extranjeros. Su articulación con la sociedad es bastante unidireccional: unosdan, otros reciben.

El Estado, por su parte, está articulando con las Naciones Unidas un programa que para muchos esuna innovación: empleo a cambio de dinero. Las cuadrillas de ciudadanos que barren las calles conescobas o con hojas de palmeras forman parte del plan. El objetivo prioritario es liberar los 14canales que atraviesan la ciudad, una especie de sistema nervioso que reemplaza al inexistentesistema de desagües. Todo lo que cae del cielo o baja de los morros va a parar por gravedad al mar.Pero tal como explica el hombre fuerte de la ONU aquí, Edmund Mulet, “si no limpiamos rápidolos canales la ciudad va a ser un gran inodoro cuando comiencen las lluvias”. Mulet serefiere a la temporada fuerte de lluvias, porque desde hace una semana día por medio cae unaguacero bíblico que remueve restos de una sopa putrefacta y levanta nubes de mosquitos queamenazan con extender la malaria: se han registrado más de cien casos en los últimos dos días y lapalabra epidemia ya suena en el aire.

Tristeza de carnaval. El sismo apagó los festejos del carnaval. El gobiernodecidió suspender la celebración que hipnotiza cada año a los haitianos y decretó jornadas de rezo.En la plaza ubicada frente al Palacio Presidencial derrumbado, el pueblo salió a gritar su catarsismoviendo los brazos hacia el palacio. Querían exorcizar el edificio en ruinas. Pedían en elinentendible creole local para que Dios limpiara el Palacio de Justicia.

El pueblo salió a gritar sus exorcismos para que todos oyeran. Y para que todos vean, lasmujeres siguen lavando ropa en los bordes del camino, al pie de los escombros. La ropa cuelgaimpecable en medio de la destrucción y brilla como nueva. La tradición impuso a las damas de estepueblo la herencia de los secretos de la blancura: las chicas aprenden el arte bajo la vigilanciade las abuelas. Las ancianas arrojan cenizas de carbón en la ropa húmeda tendida al sol, y si laprenda está bien lavada el polvo negro debe rebotar contra la tela. Si no, hay que seguirfrotando.

Puerto Príncipe ha cambiado sus miedos. Ya no le teme al diablo sino al suelo y a la lluvia. Lagente camina a toda hora, ríe con dientes blancos su esperanza y su resignación, en las calleshumeantes del centro, en las remociones de escombros de los barrios altos, entre los edificiosinclinados que nadie se animó a saquear por temor al derrumbe, postales que pintan una ciudadsemidestruida que por momentos parece bajo plena ocupación militar. La ONU acaba de pedir 500 milmillones de dólares para reconstruir el país pero los hombres que viajan apilados en los tap tap,el transporte urbano tradicional, no parecen enterados.

El mundo pasa mucho más cerca en la rutina de la supervivencia y la diferencia entre tener o notener algo pasa por la comida o un nailon de tres metros por cuatro. Las cifras hablan dequinientas mil personas que abandonaron la ciudad hacia el interior profundo luego del sismo. Perocasi todos están volviendo: nadie puede salir por completo de Puerto Príncipe.


*Desde Puerto Príncipe.

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