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Encuentro fortuito

Encuentro fortuito
24-08-2026 | 17:02

La muchacha romana se presenta ante el mostrador de la aerolínea de bajo costo vestida con unosminishorts diminutos de jean, un top negro, un cinturón casi tan ancho como las dos escuetas piezasde vestuario ya inventariadas y unos zapatos color rosa viejo y un taco aguja de por lo menosquince centímetros.

El camarero de la Spaghetteria L’Archetto desliza sus glúteos y sus muslos estatuariosentre las mesas apretadas sin que se le mueva una sola de las infinitesimales ondas de su pelo que(como en ciertos dibujos animados japoneses) han sido dibujadas una por una y luego inmovilizadascon fijador a prueba de tormentos laborales.

El taxista dominical que rodea la piazza a toda carrera propone al cliente desprevenido un pactoeconómico que es aceptado no por su ventaja para las dos partes (evidente, en retrospectiva) sinopor la fuerza que emana de su cuerpo filigranado con tatuajes cuyo desciframiento entretetiene alos pasajeros hasta el aeropuerto: a lo largo del brazo que descansa en el asiento vacío delacompañante (el motorista maneja con una sola mano) se lee, en rojo tenue y con una caligrafía conmuchos arabescos, desde el bíceps hasta más allá del codo: Minerva.

Hay, en efecto, una cierta sabiduría en la exhibición enfática de la belleza que fue, es y será,la propiedad exclusiva de l@s italian@s, en general, y l@s roman@s, en particular (todo lo demás,es copia imperfecta, anhelo, impostura californiana). Si est@s jóvenes no fueran tan conscientes desu arrolladora superioridad física respecto del común de los mortales (gracias ya no a centuriassino a milenios de buena alimentación y un meditado aprendizaje de las perfecciones de la luz delcielo) estarían en peligro todo el tiempo: secuestros, encierros, violaciones, ventas en agobiantessesiones de puja entre millonarios árabes y líderes de mafias orientales o, mucho másverosímilmente, la risita que, de tanto en tanto, deja oír ese diocesillo imprevisible eimpenitente llamado Amor.

Así expuesta, en cambio, la belleza queda, por fin, neutralizada: si hubiera un titubeo, unaleve sombra de duda o inconciencia, ay, cuántas víctimas habría que llorar entre tirios y troyanos.Trepadas a esos tacones que ni los más inverosimílies programas de televisión de la siestaargentina tolerarían, escondidas bajo esos esponjosos peinados que han soñado los más barrocosestilistas de los teatros líricos de Parma, las bellas pueden, en cambio, seguir su camino sin penani gloria (sin arte y sin poesía).

Suele escucharse que hay algo un poco grasa en la belleza (que tiende sin remedio al escaparatede las grandes marcas ropas del norte o las verdulerías del sur, que son lo mismo), pero eso talvez sea el consuelo de los excluidos de ese círculo de incandescencia. Hay algo grave en unabelleza que se reduplica a sí misma y se exhibe como mecanismo de supervivencia: es como siPinocchio, esa deidad única de la única religión monoteísta vigente, hubiera descubierto en sí,después de todo, el deseo de volver a ser un autómata (mecánico, indestructible).

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