Entrar en librerías, últimamente, me da mucha ansiedad. Trato ahora de entender las causas ynoto que son varias y algo difusas. Para empezar, mi casa ya está llena de libros, muchos noleídos, o leídos por la mitad, libros en los estantes y también apilados en el piso contra lasparedes, divididos en torres de las distintas literaturas –argentina, inglesa,latinoamericana, española, francesa–, torres que se derrumban cada tanto y tengo que volver alevantar. No hay más lugar para los libros, pero siempre se agrega alguno. Por eso entro en laslibrerías ya saturado y aplastado por el peso de lo no leído, el peso de las lecturas pendientes ylos anillados intactos de mis amigos, juntando polvo sobre mi escritorio. Entro con una culpaoriginal, una sensación de “no debo estar acá”, pero me lanzo sobre las mesas denovedades y casi en seguida me arrepiento, me da taquicardia. Todas esas tapas, ese diseño gráficocultural rozándome las cuerdas, el marketing trabajando sobre mi persona, haciéndome calcularcuánta plata tengo en el bolsillo. Algo me aturde. Cómo escribe la gente, pienso, cómo publican,parecen todos César Aira, y yo sin escribir, sin publicar, sin tener siquiera un libro en el alma,como dice Pasolini. Qué bien funciona el mundo sin uno (el mundo editorial y el mundo entero). Quépaliza para el ego literario.
Suceden demasiadas cosas a la vez en esas mesas de novedades. Sobre todo en las novedadeslocales, uno puede ver las fuerzas chocando entre sí: los inventos editoriales, los intentos porreinstalar un autor, la timidez sobrepuesta de algún colega que al fin se animó, las apuestas a lacalidad (esa palabra de la industria láctea como dice Cucurto), el buen ojo de un editor, lasesperanzas de bestsellerismo, los premios, las poses no posadas en las solapas, las contratapaselogiosas escritas por el autor mismo, todo lo que el viento se llevó y se llevará. Ahí está laguerra visible de la que los narradores argentinos forman parte, los grupos editoriales, laincidencia oblicua del campo intelectual, un recorte extraño de lo que se escribe hoy día. Unoconoce las internas que conllevó esa antología, las amistades que se rompieron en el proceso deedición, los entramados hormonales de la lista definitiva, y el lobby de esa otra colección, loscafecitos secreteados, los chismes, la extorsión emocional. Cada libro es la punta del iceberg deun intento de operación cultural. Los títulos entre sí se sacan chispas. Como en todas lasépocas.
Y está también la ansiedad cuando acabo de sacar un libro, porque me busco de reojo yexpectante, me detecto, por un instante me hago upa a mí mismo, disimulo entre las mesas. Después,con las semanas, el libro se va saliendo de foco, se va a los estantes para alejarse finalmentehacia los saldos y los galpones de stock. El director de la librería Hernández, Ezequiel LederKremer, contó en una mesa redonda que una plaga de las librerías son los autores de incógnito enbusca de su propio libro. Llegan, buscan, preguntan por un libro, hacen ir al empleado hasta elsótano a buscarlo y después lo dejan en un lugar visible. Dan trabajo y no compran nada. Y hayhistorias tristes. La de Fitzgerald, por ejemplo, cuando en sus últimos años de guionista enHollywood quiso mostrarle a su nueva secretaria que él era un escritor importante y la fue llevandopor las distintas librerías de la ciudad buscando sus novelas sin poder encontrar un solotítulo.
La ansiedad de las librerías puede aniquilarte. Cuanto más grande la librería, más ansiedad. Unode los pocos lugares donde estoy tranquilo es la sección de poesía (en general, el tamaño de lasección de poesía es inversamente proporcional al tamaño de la librería). Ahí puedo quedarme hastaprovocarme una tortícolis aguda leyendo títulos verticales en los lomos finitos. Me quedo en eserincón (porque casi siempre la poesía está en un rincón) y busco sin apuro entre los libros depoemas, publicados fuera de la histeria narrativa, fuera de la novedad, fuera del podio de larevista cultural. Madariaga, Giannuzzi, Juanele, Viel Temperley. Ahí le pido a Alejandro Magno queno me tape el sol y me refugio con los poetas que trabajaron en silencio sus libros lanzados almundo con esa lentitud implacable que le gana a la liebre. Libros de poemas que concentran toda laliteratura. Si uno diluye un buen poema en un litro de agua consigue un cuento regular. Si unodiluye ese cuento en diez litros de agua, consigue una novela innecesaria.







