•MATRIMONIO HOMOSEXUAL

Entre las costumbres y la ley

Entre las costumbres y la ley
24-08-2026 | 14:58

Las costumbres relativas a la familia –que son de por sí muy diversas en el mundo–en las sociedades occidentales han cambiado rápidamente en el último siglo y medio. Visto enperspectiva de tiempo, el debate sobre el matrimonio gay es un eslabón en una cadena histórica, quemuestran patrones recurrentes: cambian las costumbres en la sociedad, grupos sociales que sesienten privados de algún derecho reclaman normas legales para repararlo, grupos conservadoresresisten los cambios, generalmente la Iglesia sale en respaldo de esos grupos conservadores y, aveces, los lidera.

En la Argentina moderna, la secuencia puede ser resumida en una sucesión de etapas: lainstitución del matrimonio civil, la ley de educación pública y laica, los derechos de los hijosnaturales, el divorcio, el aborto y ahora el matrimonio de personas del mismo género. Antes aún dela Ley de Matrimonio, la nacionalización de los cementerios podría ser agregada a la lista; ytambién podría agregarse el ejercicio de la prostitución. En todos esos asuntos, desde mediados delsiglo XIX hasta hoy, las confrontaciones sociales han sido ásperas y problemáticas, a menudoimbuidas de un fundamentalismo excesivo e innecesario.

El divorcio es un tema más reciente. En 1987 el gobierno de Alfonsín promovió la Ley de Divorcioy desató un conflicto social de dimensiones parecidas al actual con el matrimonio gay. Había gentea favor y gente en contra del divorcio; inclusive, personas de hecho divorciadas y unidasfamiliarmente por segunda o más veces se oponían al divorcio legal –aunque muchos de ellospodían anular sus matrimonios ante la institución eclesiástica–. En 1987 las encuestasregistraban una inequívoca mayoría de la población a favor de legalizar el divorcio; pero enaquellos años las encuestas eran tildadas de antojadizas –por cierto, con menos fundamentosque hoy– y había quienes sostenían disponer de mejores registros de la opinión pública.Finalmente, el divorcio pasó, sin acarrear las catástrofes que sus detractores presagiaban.

En el tema del aborto, las encuestas, ya desde los años 80, muestran una sociedad dividida conligera –y a veces no tan ligera– mayoría a favor de legalizarlo en alguna medida. Es untema más complejo, que sin duda excede los argumentos y las convicciones religiosas. Hace variasdécadas, en una provincia argentina de las más pobres, un ministro de Asuntos Sociales–católico practicante– me expuso que ante la alta tasa de mortalidad, producida porabortos realizados en condiciones higiénicas deplorables, quería promover una campaña masiva dedistribución de anticonceptivos; no pedía permitir los abortos sino evitar que tantos abortosfuesen necesarios. El obispo se opuso y la iniciativa no prosperó.

Hoy, las demandas de los homosexuales por el derecho al matrimonio son un aspecto de larealidad. Otro aspecto es que, con o sin leyes discriminatorias, muchas personas del mismo sexoconviven como pareja y forman, en muchos casos, una familia, y que una mayoría de la población nosólo tolera sino que además acepta que así sea; y, de creerse a las encuestas, hay mayoría a favorde concederles el derecho a unirse en matrimonio. La Argentina tiene una fuerte propensión aaferrase a la noción de que las cosas que suceden y no están legalizadas de alguna manera nosuceden. Hay gente que se casa y se descasa (cada vez más), hay mujeres que tienen hijos sincasarse (cada vez más), hay muchísimas mujeres que abortan (presumiblemente, muchas más de las quehabría si el aborto fuese legalizado razonablemente), hay gente que se droga (cada vez más y,también se presume, más de las que se drogarían si el consumo fuese despenalizado razonablemente).Y hay muchos homosexuales de ambos sexos que conviven como pareja y que se sienten orgullosos dehacerlo, y quieren casarse.
Mezclar a la religión con estas cosas desvirtúa el debate, porque lleva a contraponer hechosde este mundo imperfecto a principios con fundamento en el derecho canónico o en la fe. Principiosque, por lo demás, son en sí mismos muy discutibles, y por cierto tan temporales como los hechosdel mundo imperfecto que conocemos. Esto bien lo expuso hace pocos días un grupo de sacerdotescordobeses en defensa del matrimonio gay, desafiando a su obispo en su derecho a decir lo quepiensan –porque ellos se sienten tan parte de la Iglesia como su obispo.

Estos temas deben dirimirse en el Congreso, pero es saludable que la ciudadanía , los medios deprensa y las organizaciones sociales los debatan y confronten distintas opiniones. Y conviene tenersiempre presente –como dijo Benjamin Constant hace casi dos siglos– “lascostumbres se componen de matices muy finos y flexibles; sólo la opinión puede juzgarlas, porque esde la misma naturaleza”. Ese es un hecho elemental de la vida social. Cuando la ley esdemasiado ciega a las costumbres, generalmente termina siendo la ley que queda afuera de larealidad.

*Rector de la Universidad Torcuato Di Tella.

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