Envenenamientos

Funciona con contundencia silenciosa. No es un procedimiento estridente. Es un mecanismo discreto. Podría decirse que opera como el homicidio por almohada.

Envenenamientos
24-08-2026 | 11:17

Funciona con contundencia silenciosa. No es un procedimiento estridente. Es un mecanismodiscreto. Podría decirse que opera como el homicidio por almohada. La víctima es impedida derespirar, pero no se derrama sangre, ni se provocan estrépitos incómodos.

Es lo que pasa con este Congreso sin quórum, convertido en un vehículo con el tanque vacío: selo ceba, pero no arranca. No hay tropas desplegadas en sus alrededores. No se divulgan proclamaspatrióticas. En una Argentina donde ya fatigan apelaciones retóricas a pactos fundacionales (comoel incontables veces mentado acuerdo español de la Moncloa), no sólo no se concreta talentendimiento, que priorizaría las supremas razones de la nación, sino, por el contrario, el caminoinverso.

No alcanza con que quienes gobiernan se sientan felices de hacerlo a solas, sino que, además,aman rociar con sal las heridas perpetuas. A diez meses de las elecciones de junio de 2009, eloficialismo admite ser minoría en el Congreso, pero les cierra el camino, con trabajoso esmero, aquienes tienen más votos en ambas cámaras.

No es un problema meramente político, ni tampoco el resultado de una pedestre tramoya alservicio de situaciones particulares, un berenjenal partidario. Es una tragedia cultural.Fríamente, se decide el choque. Deliberadamente, se apuesta al bloqueo. Se opta por un empateaparente, que en verdad constituye un sabotaje. Las atribuciones de mandar se aplican desde elEjecutivo gracias al fenomenal uso combinado de astucia, amenazas, dineros públicos y los“aprietes” más soeces.

Pero, ¿es que acaso no funcionó el Congreso entre 1946 y 1955, en las primeras dos presidenciasde Juan Perón? Claro que sí, pero quedó minuciosamente relegado a escenografía desprovista desentido operativo, un armado supeditado a la conducción del líder.

Este Congreso, hoy taponado y encallado, expresa la blindada decisión del Poder Ejecutivo deconducir los asuntos públicos con profunda convicción unilateral, a partir de un credo ideológicoduro: conducimos nosotros, sí o sí. No hubo ni hay la menor evidencia de que en estos siete años sehaya procurado desde el Gobierno ganar batallas argumentales a partir de los fundamentos de lapolítica.

Hay un puro ejercicio del poder. Esa foto tenebrosa del diputado Agustín Rossi sentado, él soloy su alma, en medio de la bancada desierta del kirchnerismo en Diputados, tiene potente elocuencia.La foto dice: o vienen al pie o este Congreso permanecerá atrancado todo lo que sea necesario.

¿Es exagerado desesperarse por estas situaciones? Puntualizar la gravedad indescriptible de unasociedad civil desprovista de una zona de acuerdos a los que se llegue desde la transacción, ¿esmagnificar las cosas y envenenarse gratuitamente con un enojo que no corresponde?

La Argentina chapotea en un maximalismo ostentoso que hunde sus raíces en arcaicas e indomablesconcepciones verticales. Como gobierna un “Frente para la Victoria”, el ínclitocapo-fila senatorial del Gobierno, Miguel A. Pichetto, declara sin pudor: “Nosotros no vamosa facilitar una derrota de nuestro gobierno”. Lo mismo decía y hacía en los años noventa,pero al servicio de Menem. Usa expresivas consignas: derrota es lo contrario a victoria y“nuestro” gobierno es diferente a “el gobierno”.

Más allá de las minucias irrelevantes de la crónica cotidiana, lo importante es que la políticaes para ellos la guerra, nada más. Por eso, algunas chapucerías de quienes adversan al Gobierno sonsubrayadas con el agregado agraviante de la humillación oficial. Es como en el fútbol, cuando laderrota de uno implica que el ganador lo humille, ofenda, menoscabe, ningunee.

El Gobierno se maneja con un argentinismo que es la quinta esencia nacional: “noexistís”. ¿No es lo que gritan los lumpen de una barra brava futbolera a los derrotados deturno? Dicen: no te registro, no tenés identidad, no te reconozco, sos nadie, procedo como si noformaras parte de la realidad.

Este es, colijo, el mal argentino más profundo: el otro no me merece. Si no lo aniquilan, comoproponía el peronismo gobernante de los años 70 de cara a un enemigo alzado en armas, al menosharán todo lo necesario para impedir que el rival de hoy, que no usa armas, tercie en algo.

¿Retroceso? Es curioso y deprimente: el dominante y ecuménico Perón de hace cuarenta añosnecesitaba y alentaba acuerdos, componendas, pactos, acuerdos públicos. Se involucró en La Hora delPueblo, alentó un Frente Cívico, armó un Frente de Liberación, buscó aliados, compartió, abrió eljuego. Replegado en Madrid, el caudillo tejía, entretejía, bordaba y zurcía.

¿Por qué los mandamás de 2010 no necesitan lo que el general, en cambio, precisaba en 1970? ¿Dedónde viene esta soberbia prepotente de hoy que implica, en último análisis, gobernar imponiendo elvasallaje del rival? Tal vez del sempiterno autoritarismo argentino, que precede al Perón de losaños cuarenta, pero que lo sucede y se magnifica en el siglo XXI.

Estos acontecimientos agravan aún más el vacío que produce un Congreso inutilizado acelera yconsolida la despolitización civil, madre de las derivas antidemocráticas. Esos oficialistasescondidos tras los cortinados del Congreso regocijándose con el empantanamiento de un Legislativoal que le inyectaron pentotal, no parecen advertir que son los sepultureros del sistema.

Prematuramente saciados sus apetitos de supremacía, no divisan el siniestro cuadro final.Primitivismo de inimputables: hoy los destruimos, mañana ya veremos como sigue la película. No esuna conjetura sólo reservada a las personas doloridas por la estolidez oficial.

Los otros días, en Le doy mi palabra, le pregunté al diputado Carlos Heller, alineado con elGobierno, pero desde posiciones autónomas, por qué el matrimonio presidencial no procuraba gobernarahora desde las leyes y evitaba imponer la prepotencia de los decretos y la desmesura de la faltade quórum. La respuesta de Heller fue devastadora: “Ah, ¡yo que sé! ¡Preguntáselo aellos!”. Ahí supe que era la ahora del alacrán.


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