Todo empezó en abril pasado, cuando Rachel Polonsky, autora de un libro sobre cultura e historiade la Unión Soviética, entró en el sitio de la librería Amazon para ver qué opinaban los lectoresde su obra. Entre varias reseñas favorables se encontró con una que se preguntaba cómo era posibleque alguien se molestara en publicar una basura semejante. El comentarista firmaba“Historiador”, el mismo seudónimo desde el que opinaba cosas semejantes de otrosespecialistas en la materia. A Robert Service, por ejemplo, catedrático de Oxford y autor de sendasbiografías de Lenin, Stalin y Trotsky, “Historiador” lo acusaba de escribir libroshorribles, mal escritos e imposibles de leer.
“Historiador” sólo perdonaba a uno de sus colegas británicos, Orlando Figes,conocido profesor de la Universidad de Londres, cuyas obras encontraba fascinantes, conmovedoras ymagníficamente escritas. Años atrás, Polonsky había escrito una reseña muy negativa de uno de loslibros de Figes en el Times Literary Supplement y sospechó una venganza, sobre todo porque“Historiador” criticaba también El asesinato de Road Hill, de Kate Summerscale, sobreun crimen cometido en el período victoriano. El libro le había valido a su autora 30 mil libras delpremio de no ficción Samuel Johnson, al que Figes aspiraba. “Historiador” sostenía quelos jurados no podían ser tan ciegos como para haber premiado a Summerscale y no a Figes.
La continuación es digna de una telenovela. Polonsky denunció a Figes ante Amazon, que seapresuró a retirar los comentarios. Figes respondió ofendido que él no tenía nada que ver con“Historiador” y amenazó con iniciar acciones legales. Unos días más tarde, ante laendeblez de los argumentos en favor de su marido, la mujer de Figes reconoció que era ella laautora de los ataques. Pero poco más tarde, el propio Figes confesó que “Historiador”era efectivamente él y que su mujer había actuado simplemente para protegerlo. El papelón de Figesfue absoluto y sus rivales celebraron el descrédito al que lo habían arrastrado sus comentarios.Los diarios anunciaron que la cátedra del infame corre peligro y su futuro profesional es incierto.El caso parece extraído de una obra de ficción pero, en principio, no hay una explicaciónconvincente para una acción suicida de esa naturaleza. Figes es (o era) un académico de granprestigio, sus libros se venden bien y están traducidos a varios idiomas. El daño que le pudocausar a sus rivales es irrelevante pero el que se hizo a sí mismo es considerable: se arriesgó aperderlo todo por una travesura infantil.
¿Qué es lo que puede encender en el aséptico mundo académico una pasión semejante? Orlando Figeses autor de tres volúmenes enormes sobre Rusia y el período soviético: La tragedia de un pueblo,sobre la Revolución Rusa; El baile de Natacha, una historia cultural de Rusia, y Los que susurran,una monumental descripción de la vida cotidiana bajo el stalinismo. Tuve la oportunidad de leereste último: es un libro fascinante y único en su género, que parte de una investigación monumentalpara mostrar cómo el terror penetró hasta los rincones más íntimos de los individuos. No he leído aPolonsky ni a Summerscale, pero tuve en mis manos algún libro de Service sobre los añosposcomunistas. Abundante en generalidades y lugares comunes, no resulta una lectura para nadaestimulante. Desde la perspectiva de que Figes es un historiador y un intelectual de mayorcategoría que sus enemigos, su conducta resulta todavía más extraña: actuó como un outsiderconvencido de que la impostura y la mistificación en el mundo editorial y académico son tanindestructibles dentro de sus propias reglas, que es necesario transformarse en blogger paracombatirlas. ¿Y si así fuera?





