Fogwill poniendo cara de loco. Fogwill fumando. Fogwill comiendo una banana. Fogwill en cueros,haciendo equilibrio en una sola pierna y sosteniendo un bate de baseball. Fogwill tirado en elpasto. Fogwill nadando bajo el agua. Fogwill desnudo secándose... Hay muchas fotos de Fogwill enInternet; seguro él las había visto todas porque, según contó en una entrevista, lo primero quehacía al encender la computadora era buscar su nombre en Google. Era bueno dando entrevistas. Sabíaconvertir un género automático y promocional en un diálogo lleno de ideas nuevas, insolentes, acontrapelo. Era sorprendente leerlo hablando mal de todos y de sí mismo, se elogiaba y se inmolabaen una misma frase. Uno leía sus respuestas divertido, con cierto morbo, para ver de quién iba ahablar mal esta vez, hasta que de pronto te apuntaba a vos y ya no te reías tanto.
Hace unos años, unas amigas poetas querían investigar sobre el poeta Viel Temperley. Les dijeque le escribieran a Fogwill que fue de los pocos escritores que le prestaron atención a Viel en sumomento. Fogwill las recibió en su casa y, cuando supo que las había mandado yo, se pasó una horahablando mal de mí, nunca llegó a hablar de Viel. Para mí Fogwill no era Quique, ni Enrique, niRodolfo, no era mi amigo, no lo conocía personalmente. Dos veces lo saludé con un cómo estás y nadamás. Nunca crucé ni un párrafo con él. Y sin embargo, mentalmente, muchas veces me peleé con él,discutí, lo mandé al carajo, siempre pensando que algún día íbamos a poder hablar de verdad, sinpúblico. Ahora ese Fogwill mental me ganó la discusión para siempre, y encima se agiganta, semitifica, me mira con sorna desde la tapa de sus cuentos completos.
Se canceló el Fogwill real y me quedé con el imaginario. Quizá por eso me impactó tantoenterarme de su muerte el sábado pasado. No sólo porque era vecino en esta página del diario, sinotambién porque estuve ensayando, practicando para hablar con él, invertí mucho tiempo en esosdiálogos, quería defenderme y también preguntarle algunas cosas. Me hubiera gustado hablar sobreRuna, un libro extraño donde inventa un pueblo prehistórico, sobre la intimidad del barro de LosPichiciegos, sobre una descripción sexual que hay en La experiencia sensible, sobre la reescriturade El Aleph en Help a él, sobre un uso de mayúsculas que hace en Los pasajeros del tren de lanoche, su mejor cuento. Hay autores que cumplen una función en nuestro imaginario, son comocatalizadores de ideas o de programas literarios, son oponentes dialécticos, o controladores denuestra honestidad. Cada vez que escribo algo políticamente correcto, siento que Fogwill me estámirando mal. Esa mirada se va a quedar en mí. Ojalá el legado de Fogwill nos vuelva menoscorrectos, más incómodos, menos aburridos, ojalá nos anime a pensar al revés que la corriente y adecirlo, y a volver visibles las opiniones contrarias de la guerra cultural, y a bancarnos, ensoledad, que no nos quieran.





