Ganar es fascista

24-08-2026 | 14:26

El fútbol y yo no habíamos tenido, hasta ahora, el gusto. Pero bizarras circunstancias me hanllevado a enfrentar los misterios del balón. Transito ese duro pasaje desde ese espectador idiotaque moldea la televisión –ya bien definido por Umberto Eco– a ese otro que comprendelevemente qué es lo que está en juego. Mis compañeros de aventuras (los dramaturgos de la modesta,pero pujante selección formada para enfrentar a los autores alemanes en la Feria del Libro deFrankfurt) me dejan jugar y después esperan ansiosos mis reseñas porque las suponen escritas enotro planeta. Desde mi propia atmósfera, me veo en la inusual situación de teorizar a menudo sobrela relación fútbol/teatro. Y no hay relación, salvo que uno quiera intentar lo que no se puede:desentrañar el misterio de la identificación. No seré ni el primero ni el último que fracaseintentándolo.

La identificación en cine y en teatro (según André Bazin) sigue dos caminos opuestos. Mientrasque en el cine la identificación es una ilusión total y perfecta (en la oscuridad anónima de lasala uno se identifica con el héroe; uno puede “ser”el héroe, ya que éste no es más queluz), en el teatro no me puedo identificar con él, no puedo ser él, porque ambos ocupamos el mismotiempo y lugar. Entonces, cuando creo que habrá identificación, sólo hay oposición. Me“opongo” al héroe. Sus acciones están para ser juzgadas, no para ser vividas en laintimidad de mi fantasía. Además, en teatro, mi fantasía no es íntima: es pública. La comparto conun público, un pueblito a escala. El teatro me ofrece ironía, juicio, disenso. El cine, fantasíaerótica: lo que es sexual en cine lo es en mi cabeza; lo que es sexual en teatro es grosería yvieja avantgarde.

En el fútbol se dan las dos formas contradictorias de este fenómeno: identificación con el héroe(cuando lo es) y oposición ontológica rabiosa (cuando juzgamos cómodamente sus debilidades técnicaso humanas).

Cualquier cincuentón echando panza con una birra en el sofá puede escrachar sin piedad a unHiguaín que yerra contra Nigeria, sólo para vivir con él (siendo él) contra Corea la ilusiónmagnífica del gol en plural. ¿Qué ocurre entre una percepción y la siguiente? ¿Es que Higuaínmejora? No, no. Higuaín es un profesional de lo que hace, y lo hará con más o menos suerte. El azarque es incontrolable (como Messí) es el que permite pasar de la identificación erótica y perfecta ala impiedad del juez impune de sofá y panza.

Además del héroe, está la otra cuestión. Identificarse con una camiseta es la cosa más extraña ymás simple del mundo, además de un negocio formidable. Pero esta identificación contiene laneurosis que he descrito. A diferencia del teatro, donde existen infinitas variaciones delargumento, el fútbol crea su argumento poniendo siempre la misma escena: la batalla del hombrecontra el azar. Su tema es siempre el mismo: vencer la muerte. El gol no es más que una metáforaacordada en la trama azarosa de esa catástrofe que se juega sin las manos.

Por lo demás, sigo sosteniendo lo que a mis compañeros tanto horroriza, pero que a la Sarlo leparecería razonable: ganar es fascista. Le otorga alegría al ganador, claro, pero sistematiza elprincipio oculto del fascismo: la supremacía de una idea cualquiera por sobre la contraria. Siganar es fascista, ¿qué es perder? ¿Tiene más nobleza? La respuesta es no. He allí el mayormisterio del juego. Y la clave ideológica que sella su necesidad y encolumna a los pueblos.

Ya hemos ganado partidos (algunos milagrosamente: uno cinco a cuatro, con los cinco golesconvertidos en los últimos 15 minutos; otro con un gol mío –el único de mi vida– queaún permanece en el territorio de lo inexplicable), y también los hemos perdido. Los partidosperdidos traen reagrupamiento, traen cuestiones, inauguran pensamiento. Los partidos ganados traensólo alegría, que tal vez sea la simple supresión de esas tres cosas.

Sólo un loco puede querer perder el mundial. Un loco o alguien fuera de las convencionessagradas (y profanas) del fútbol. Pero locos hay muchos. El otro día, durante un partido, murió unamujer conocida de mi madre. La historia es truculenta. Ser pobre y morirse sin ambulancia esespantoso de por sí, pero morirse entre vuvuzelas es dolorosamente ridículo. En el cementerio enMerlo no la enterraban porque justo a esa hora, según afirmaban las autoridades, ocurriría unadesratización. Hubo que esperar hasta que unos uniformados albicelestes burlaran la muerte cincohusos horarios más allá para poder seguir adelante con el ritual absurdo y desesperante de lamuerte.

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