| Centro de detención clandestina. EE.UU. copió a nuestra dictadura. |
El discurso de Barack Obama el día de su asunción (ver Análisis...) despertó emociones inclusoen la Argentina, el país –junto a Italia– más escéptico del mundo. Pero el escepticismoestructural también tiene una significativa cantidad de cultores en Estados Unidos. Por eso,recurrentemente, Obama se refiere y desafía a los cínicos (para algunos, la variante patológica delos escépticos radicales) que no creen y hasta se burlan de su eslógan: “Sí, nosotrospodemos”.
Para no creer hay una batería de argumentos, incluso académicos, empezando por la máxima deSexto Empírico: “A cada proposición se le opone otra de igual validez”. Y los cincocaminos de la duda (los tropos de Agripa), enumerados por otro padre del escepticismo (y tambiéndel cínismo), Diógenes Laercio: “Disensión”, la incertidumbre de las reglas sociales yde las opiniones de los filósofos. “Progresión ad infinitum”, toda prueba requiere serprobada, y así hasta el infinito. “Relación”, todas las cosas cambian cuando lasrelaciones entre ellas cambian o cuando son observadas desde un punto de vista diferente.“Asunción”, la afirmación de la verdad es una mera hipótesis.“Circularidad”, la verdad afirmada supone un círculo vicioso.
Tanto entre quienes le creyeron a Obama como entre quienes no le creyeron, estuvo presente laideología. No hay que olvidar que el escepticismo es una forma de creencia, porque el conocimientoes también una fe, y si no se supiera nada no se podría ser escéptico.
La mayor parte de los que no le creyeron a Obama en Estados Unidos son de derecha, el núcleoduro del Partido Republicano, quienes lo suponen un idealista inexperto en el mejor de los casos, oun populista ambicioso. En otros países, especialmente la Argentina, la mayoría de quienes no locreyeron a Obama son de izquierda y suponen que Obama es apenas la máscara de un imperio que hoynecesita mostrar su mejor cara para que todo siga igual, en el mejor de los casos, o directamentecreen que el cínico es Obama (los cínicos que así pensaran podrían estar proyectando).
Chesterton decía: “No hay cínicos, no hay materialistas. Todo hombre es un idealista, sóloque sucede con demasiada frecuencia que tiene un ideal equivocado”.
En lo que a mí respecta, deseo focalizarme en un punto muy sensible para la Argentina y sobre elcual las relaciones entre los dos países tienen muchos ejemplos recientes que permiten sacarconclusiones concretas (y empíricas). Me refiero al respeto por los derechos humanos, con el cualtambién se termina mostrando el respeto por las leyes. Comenzaré con la última dictadura militar,hasta llegar a Guantánamo.
El 6 de enero pasado, cuando se cumplieron 30 años de haber sido detenido clandestinamente en ElOlimpo, rememoré junto al lector aquella experiencia. Poco más de nueves meses antes, el último 24de marzo, le ahorré al lector compartir otra situación similar, porque el año pasado se cumplieron25 años desde que fui puesto a disposición del Poder Ejecutivo, acusado de ser espía inglés mesesdespués de terminada la Guerra de Malvinas. En ese episodio, pude comprobar en carne propia elverdadero respeto de Estados Unidos por los derechos humanos, y su relación con los distintosgobiernos.
Pero antes, para comprender lo que sucedió, es importante refrescar el contexto y poner loshechos en su dimensión histórica. En Argentina, la dictadura nace cuando en Estados Unidosgobernaba el Partido Republicano. Ya no estaba Richard Nixon, sino que su vice había asumido lapresidencia, pero sí seguía al frente de la política exterior su célebre secretario de Estado,Henry Kissinger, autor intelectual del golpe que derrocó y asesinó a Salvador Allende en Chile,ideólogo del Plan Cóndor, promotor del sistema de represión ilegal que se aplicó en todaLatinoamérica, y de las dictaduras que lo ejecutaron.
Pero un año después del golpe militar, en Estados Unidos todo había cambiado. Un desconocido yjoven político del interior de esa nación –de Georgia–, Jimmy Carter, a quien pocos leasignaban posibilidades de triunfo, en enero de 1977 se convirtió en presidente por efecto delmismo escándalo que hizo renunciar a Nixon: Watergate. Hay varios paralelismos entre Nixon y Bush,pero sería prematuro establecerlos entre Carter y O-bama, aunque existan algunas similitudes deorigen.
Tras el profundo desprestigio que Nixon había generado respecto de la imagen mundial de EstadosUnidos, Carter decidió caracterizar su presidencia como defensora de la justicia y los derechoshumanos. En su mensaje de cambio, se mostró sensible a las aspiraciones de los países de TercerMundo y redujo la competencia militar con la ex Unión Soviética, focalizando su beligerancia conella también en el punto de los derechos humanos. Por eso, no fue casual que Cuba y la ex UniónSoviética fueran aliadas de la dictadura militar argentina en las votaciones de las Naciones Unidassobre derechos humanos.
A la Argentina, Carter envió un embajador de origen mexicano, Raúl Castro, que parecía hastademasiado latino para el gusto porteño, y tanto desde las Naciones Unidas como desde laOrganización de Estados Americanos comenzó a presionar a los militares argentinos con los derechoshumanos: fue por una misión de la OEA a este país en 1979 que la dictadura desmanteló el últimocentro clandestino de detención, El Olimpo.
Al principio, los militares argentinos de aquella época –cuya capacidad para leer larealidad mundial era nula, como lo demostró después la Guerra de Las Malvinas– no alcanzabana comprender si Estados Unidos defendía el respeto de los derechos humanos sólo declamatoriamente,o si Carter estaba realmente convencido de lo que hacía. En cualquiera de los casos, se lamentabande haber “llegado” mucho más tarde que Pinochet y haber podido “gozar” desólo un año de Henry Kissinger.
La revista que yo dirigía por ese entonces, La Semana, además de pequeña era poco relevante yyo, como periodista, un novato desconocido. Pero tras mi detención y posterior liberación, justo enel clima del cierre de El Olimpo y la llegada de la misión de la OEA a la Argentina, la embajada deEstados Unidos en nuestro país reparó en que existía un periodista con el que podría convenirletomar algún contacto y decidió premiarme con una beca de la Secretaría de Cultura de la Cancilleríanorteamericana (Unsica) justo al año siguiente. El embajador de Estados Unidos, el mencionado RaúlCastro (homónimo del hermano de Fidel y actual presidente de Cuba), me citó dos veces por la beca,al partir y al regresar, en 1980. Por entonces, la sede diplomática norteamericana parecía un anexode las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos.
Pero todo volvería a cambiar, y tan radicalmente como había sido la mudanza de Nixon-Kissinger aCarter. En enero de 1981, los republicanos vuelven a la presidencia de la mano del carismáticoRonald Reagan y el péndulo de los derechos humanos es exactamente el opuesto. Los sandinistashabían tomado el poder en Nicaragua en 1979, Estados Unidos temía que nuevas Cubas se esparcieranpor Centroamérica, y otra vez la doctrina de la seguridad nacional pudo más que el valor de lasleyes y el respeto por los derechos humanos.
Este drástico cambio fue el que envalentonó nuevamente a los militares argentinos, quienespasaron de ser criticados por sus técnicas represivas inhumanas a ser entrenadores de las mismastécnicas a los Contras de Nicaragua apoyados por los Estados Unidos para entorpecer al gobiernosandinista. O sea, un anticipo de lo que sería Guantánamo o Abu Ghraib en Irak y de lo que sería elaffaire Irán-Contras durante la segunda presidencia de Reagan.
En 1982, Leopoldo Fortunato Galtieri creyó interpretar el “favor” que la dictaduraargentina le hacía a Estados Unidos en Centroamérica como suficiente para justificar el apoyo o lano intervención norteamericana en la Guerra de Malvinas a favor de su aliado estratégico:Inglaterra.
Durante la guerra, a pesar de que la revista La Semana siguió la línea patriotera quecaracterizó a todos los medios del país, llegó a publicar una nota que enloqueció a los militares.Escrita por el periodista veterano de Vietnam, mayor especialista en temas militares de EstadosUnidos y Premio Pullitzer por develar los papeles secretos del Pentágono, Jack Anderson, la notaanticipaba –a los quince días de comenzada la guerra y mientras en Argentina todo eraoptimismo– que nuestro país perdería las Malvinas, en un largo informe con lujo de detallessobre las muy modestas capacidades del Ejército, la impotencia absoluta de la Marina y la muy buena–pero sola, insuficiente– capacidad de la Fuerza Aérea.
Todo terminó siendo como lo anticipó Jack Anderson, pero especialmente el Ejército quedó conenorme rencor hacia La Semana y quien la dirigía: ya conté que me citó el temible ex general Campsen el Comando en Jefe para informarme que me fusilarían al terminar la guerra, por ser un idiotaútil de los Estados Unidos y difundir su propaganda.
Tan maltrecha salió la dictadura de la guerra que ya no pudo fusilar a nadie, pero síclausuraron La Semana pocos meses después. Como ya había sido anunciado el llamado a elecciones alaño siguiente, la dictadura tampoco podía controlar a la mayoría de la Justicia, como sí lo habíahecho hasta antes de la Guerra de Malvinas, y la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en unfallo sorpresivo, dispuso que La Semana se reabriera, considerando inconstitucional suclausura.
Irritados, los militares de este tramo final de la dictadura decidieron acatar el fallo de laCorte Suprema, pero para compensar –poco después– ordenaron mi detención bajo el cargode haber sido espía inglés durante la Guerra de Malvinas, por aquella nota escrita por unperiodista norteamericano.
Y aquí vuelvo a tener un testimonio directo de Estados Unidos y su política de defensa de losderechos humanos. Cuando la dictadura ordenó mi detención, yo me asilé en la Embajada de Venezuelaen la Argentina. Pero antes de esto, intenté asilarme en la embajada de Estados Unidos, porque miúnico destino era Nueva York, el lugar donde Editorial Perfil tenía una oficina permanente concorresponsales argentinos, y podía seguir trabajando desde el exterior.
La respuesta de los funcionarios norteamericanos devela la cultura diplomática con la queEstados Unidos llevó adelante sus relaciones internacionales durante las últimas décadas, la que,aun con ánimo bondoso, mínimamente se puede calificar de hipócrita y –al decir de BarackObama– también cínica.
Respondieron que no querían tener conflictos con el gobierno argentino, por lo que recomendabanque me asilara en la embajada de cualquier otro país. Pero una vez obtenido el salvoconducto y yafuera de la Argentina, Estados Unidos no tenía problemas de concederme el estatus de perseguidopolítico y la visa como refugiado. Recuerdo que esa madrugada, en la que deambulaba buscando unaembajada que me recibiese, llamé a Washington a Jack Anderson, quien tampoco podía creer larespuesta del Departamento de Estado de su propio país.
Era un pequeña muestra de la política norteamericana bajo las administraciones Nixon-Kissinger yReagan: declamar una cosa y hacer otra, respetar normas y leyes dentro de Estados Unidospromoviendo su trasgresión fronteras afuera. Bush avanzó un escalón, porque pasó a aplicar (y no yaa promover su aplicación por terceros) prácticas ilegales dentro de territorios que, si bienquedaban en el extranjero, estaban bajo administración norteamericana. Guantánamo es una ESMAapenas un poco maquillada. Lo mismo Abu Ghraib, en Irak.
Al igual que Jimmy Carter tras el oprobio de Nixon y su Watergate, para reparar los dañosinstitucionales que deja Bush, a Obama no le queda otra alternativa que enviar señales éticas almundo. Tampoco hay que simplificar –como hacía Galtieri– la lectura de los mensajesnorteamericanos. En el área latinoamericana del Departamento de Estado, Obama confirmó aprácticamente todos los funcionarios de Bush. De la misma forma que en 1977 Carter recibió en laCasa Blanca a Augusto Pinochet para que fuera garante del Tratado entre los Estados Unidos y Panamásobre el Canal, Obama sorprenderá con gestos y alianzas que contrapesen su política general.
En este siglo XXI, la gran demostración de verdadero respeto a los derechos humanos consistiríaen reclamarle a China que los cumpla. Un boicot a China por no respetarlos le aportaría a EstadosUnidos una solución a su déficit comercial, pero dejaría sin financiación su endeudamiento, salvoque Obama lograse –como hizo Clinton– acabar con el déficit fiscal.
Derechos humanos y energía es otro polo de tensión. Entre los grandes productores de energía seencuentran países poco respetuosos de los derechos humanos, como la Rusia de Putin o el Irán deAhmadinejad.
Chávez es otro caso. El presidente de Venezuela expresó su “complacencia” por elcierre de Guantánamo en Cuba, a la que calificó de “prisión terrorista”. Pero nodebería descartar que dentro de uno o dos años, dependiendo de cómo avance Obama en su política, desus posibilidades de ser reelecto en 2011 y de cómo logre Estados Unidos ser menos dependiente delpetróleo venezolano (Obama dijo en su discurso: “La manera en que usamos la energía refuerzaa nuestro adversarios”), la defensa de los derechos humanos que pudiera promover EstadosUnidos se termine dirigiendo en su contra.
El cierre de la prisión Gitmo de la base estadounidense de Guantánamo, como en su momento eldesmantelamiento de los centros clandestinos de detención en Argentina, no dará por terminada estahistoria. Al igual que la dictadura, Bush calificó de disparates los informes del ComitéInternacional de la Cruz Roja sobre las torturas y atrocidades que se cometieron allí, y elDepartamento de Estado norteamericano se defendió de cada acusación internacional diciendo que setrataba sólo de rumores. Ya sin Bush en la presidencia, los rumores serán progresivamente nuevos“papeles secretos del Pentágono” develados, como los que le valieron el Premio Pulitzera Jack Anderson por la crueldad de parte de las fuerzas armadas en Vietnam.
En lo que respecta a la política general de asumir la ética como un componente determinante dela política exterior de Estados Unidos, quedará por verse si los cínicos y sus primos menosdesprestigiados, los escépticos, tienen o no razón respecto de Obama y sus promesas. Y aun decomprobarse que Obama toma en serio el tema, quedará por ver si la sociedad norteamericana que hoylo apoya continúe respaldándolo en el futuro y logre ser reelecto. Algo que Carter no pudo alcanzary, por eso, su política de derechos humanos quedó en el cajón de los recuerdos, cuando, al revés,Reagan apeló al escudo antimisilístico y la Guerra de las Galaxias con que terminó doblegando a laex Unión Soviética, siendo previamente reelecto.
Carter no tuvo suerte con la economía y Reagan sí, a pesar de que hoy se le eche la culpa pordesregulaciones que habrían derivado en la actual crisis financiera mundial. La suerte de lapolítica ética de Obama dependerá mucho de los resultados de su política económica, donde parecedemostrar un pragmatismo ético elástico al defender como secretario del Tesoro a Timothy Geithnerpor no haber declarado correctamente sus impuestos. Un concepto básico del escepticismo es laposposición del juicio hasta tener más pruebas sobre la supuesta verdad. En el periodismo, usamosla misma técnica.
Análisis del discurso
Los grandes discursos siempre tienen un mensaje que trasciende la coyuntura y son aplicables aunfuera de la época en que fueron pronunciados. Desde “No preguntes que puede hacer tu país portí, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”, de John Kennedy en su asunción en 1961,hasta “Tengo el corazón y el estómago de un rey”, de la reina Isabel I de Inglaterra enTilbury, frente a sus tropas, en 1588, camino a la guerra, y pasando por “A lo único quedebemos tenerle miedo es al miedo mismo”, de Franklin D. Roosvelt en 1933, “Sólo tengopara ofrecer sangre, sudor y lágrimas”, de Winston Churchill en 1940, “Yo tengo unsueño”, de Martín Luther King en 1963, o “No se puede odiar las raíces del árbol y noodiar al árbol”, de Malcolm X en 1965.
Los grandes discursos no sólo capturan la verdad de una era, sino que pronuncian verdadeseternas. Lo mismo vale para el discurso de Barack Obama el día de su asunción, independientementede lo que luego pueda ser su gestión, porque –como bien recordó el ex rector de laUniversidad de Buenos Aires, Guillermo Jaim Echeverri, en una estupenda columna– “lospolíticos hacen campaña con poesía, pero gobiernan en prosa”.
Sinfonía de palabras. Sí podemos analizar ahora la poesía con su valor universal y atemporal.Cuando Obama dijo: “Nuestra economía está gravemente debilitada como consecuencia de lacodicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por el fracaso colectivo a la hora deelegir opciones difíciles y de preparar a la nación para una nueva era”, esto sería deperfecta aplicación a nuestro diciembre de 2001, cuando la Alianza abandonó el poder: ¿cuál fue elfracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles y de preparar ala país para una nueva eraque no sólo De la Rúa no hizo?
O cuando dijo: “Hemos elegido la esperanza sobre el temor, la unidad de propósitos sobreel conflicto y la discordia. Hoy hemos venido a proclamar el fin de las quejas mezquinas y lasfalsas promesas, de recriminaciones y los dogmas caducos que durante demasiado tiempo hanestrangulado a nuestra política”. Al revés, se podría reflexionar que, al asumir, NéstorKirchner eligió el temor, el conflicto y la discordia, además de las quejas mezquinas y lasrecriminaciones a sus predecesores. También es aplicable al mismo propósito el párrafo de Obama:“Seguimos siendo una nación joven, pero ha llegado el momento de dejar de lado losinfantilismos”.
Cuando Obama dijo: “La grandeza nunca es un regalo; debe ganarse. Nuestro camino nunca hasido de atajos o conformarse con menos”, esto lleva a preguntarnos sí no ha sido de atajos elcamino que repetidamente eligimos en la Argentina. E igual referencia podría dársele al párrafosobre los norteamericanos de las generaciones anteriores, que “veían a Estados Unidos másgrande que la suma de sus ambiciones individuales, más grande que todas las diferencias de origen,riqueza o facción”. ¿No fue esa carencia, entre otras, la que nos condujo a los argentinos ala decadencia de las últimas generaciones?
Sobre la economía, Obama dijo: “Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuandoempezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos inventivas, nuestros bienes y servicios no sonmenos necesarios que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado”. Eso mismo fue lo quepermitió que la Argentina se recuperara de la crisis luego de 2002. Igual aplicación tiene la citaque Washington usó en la guerra de la Independencia para nuestro 2002: “Cuando nada, salvo laesperanza y la virtud, podía sobrevivir... el país, alarmado ante un peligro común, salió a supaso”. Sobre el mercado, Obama dijo: “Su poder para generar riqueza y expandir lalibertad no tiene rival, pero esta crisis nos ha recordado que, sin vigilancia, el mercado puededescontrolarse”. Y vale reflexionar si ante cada crisis la Argentina pierde su confianza enel mercado y “su capacidad, sin rival, para generar riqueza y expandir lalibertad”.
Obama dijo: “Nuestro poder crece a través de su uso prudente”. ¿Perdieron losKirchne gran parte de su poder en meses, por no usarlo con prudencia durante el conflicto con elcampo? En un párrafo de su discurso, Obama dijo que trabajará “con viejos amigos y antiguoscontrincantes”, y en otro “a aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción yel engaño y la represión de la disidencia, tienen que saber que están en el lado equivocado de lahistoria, pero les tenderemos la mano si están dispuestos a abrir el puño”. Esto esasimilable a poner un punto final.
Obama agradeció la colaboración de Bush durante la transición y tuvo gestos de afecto para él enla despedida, pero su discurso fue un repudio enérgico sobre la gestión de Bush. Kirchner hizo alrevés: repudió enérgicamente a Menem en sus dichos y gestos, pero luego lo copió en varios aspectosde su gestión.
Prosa o poesía, esa es la cuestión.






