Guarangadas

Guarangadas
24-08-2026 | 17:03

Uno de los datos más poderosas de ésta época en la Argentina es la notable adopción de unafabulosa mistificación por quienes gobiernan. La asumieron como criterio y guía principal, pero lasociedad la paladea y termina ingiriéndola. Se ha naturalizado. Es lo que hay, balbucean.

Empezó tibiamente en 2003. Con frecuencia regular, desde el aparato del Estado se empezó apregonar entonces, que en la Argentina había terminado la era de la hipocresía. Con estas nuevasautoridades, imprevistamente catapultadas al poder tras la demolición de un orden descosido desdefines de 2001, venía –se dijo– la era de la franqueza. Terminados los rulos deleufemismo institucionalizado, era el turno de la verdad, sin afeites ni adornos. Concluía elrococó.

Desde entonces, el ascenso de esta sutil pero perversa y fuerte concepción no ha tenido límites.Abrazados sin remilgos a los aires que prevalecen desde entonces, los dueños del poder se asumieronentusiastamente como “transgresores” deliberados. No le cerrarían el paso a ningúnrevoltoso y más aún, se sumarían a ellos. El desorden y la ordinariez, rezaban, son saludables ycreativos.

El dispositivo se fue acompañando de una correlativa inmersión en el lenguaje y los modos de unacuriosa aunque en el fondo abyecta farandulización. Argentinismo paradigmático: con la excusa deacabar con la tilinguería, sobrevino así la era de la guarangada.
Así, funcionarios que cobran remuneraciones estatales solventadas por el Tesoro público, semanejan con una brusquedad tan grosera como la que podrían esgrimir quienes se sostienen sobre suspropios recursos. Hablan, intervienen y operan así porque, alegan, son militantes provisoriamenteencerrados en el traje de funcionarios.

Han incorporado una vulgaridad deliberada y despótica a su verba y a su praxis. Alegan que usanvestimenta de burócratas, pero que se enorgullecen de ser militantes. ¿Cómo, quién? Como ese oratedel isabelismo setentista sentado al lado de Néstor Kirchner que calificó al Dr. Julio Strassera,fiscal de las juntas militares, de “borracho hijo de puta”.
¿Qué opina de esos tonos y modos? Se lo pregunté la otra noche a un aparentemente fervorosodirigente peronista de Lomas de Zamora que ahora tiene gravitación fortísima en el aparato delEstado. Ah, bueno, se defendió, pero ese compañero hablaba como “militante”, no comofuncionario.

Lo dicho: como no son tilingos, tienen derecho a envararse henchidos de orgullo en su hirienteguaranguería. Terminó la hipocresía de los liberales y los “giles de cuarta”, comocalifican desde el lumpenaje a la gente decente, valiosa y de principios.
La noción de militancia empuñada por el actual poder pretende ir unida a la de pasión. Dicenque obran así motivados por la roja y caliente sangre que fluye por sus venas. ¿No se asumió elmercurial canciller como “barrabrava”? Militantes, apasionados, sanguíneos, gentearrasada por la devoción a las transformaciones y que ocupa las primeras líneas de la batalla(debidamente aprovisionados, claro, de las bondades del Presupuesto nacional), son la encarnaciónde esta supuesta revolución cultural. Dicen ser la contrapartida a las frialdades, protocolos ysolemnidades de esas pobres almas que creen en la superioridad de la mesura.

Cuando se los acucia para que respondan cómo es posible que se ofenda tanto, a tanta gente ydurante tanto tiempo, desestiman la imputación. Quienes creen, contra viento y marea, en lacontundente jerarquía del respeto como elemental rasgo de reconocimiento adulto del adversario, sonmeros estorbos execrables para esta formidable farsa seudoprogresista que hoy empapa a la Argentinaexaltando un supuesto “modelo” al que se etiqueta de redistribucionista yjusticiero.

Rotas aquellas costuras que configuraban los rudimentos de un estado de derecho convencional, laArgentina es –ahora mismo– pura intemperie, país y sociedad azotados por un lenguajeprostibulario que se nutre de mentiras, insidias y descalificaciones sistemáticas, aireadas por losmedios con una osadía de impunidad agraviante. Han embellecido artificialmente la guaranguería paraterminar siendo los verdaderos nuevos tilingos del siglo XXI.
Su mito funcional es que los apasiona el conflicto de intereses, esta nueva guerra para laque enrolan con armas y pertrechos. Por eso hablan así y de ese modo operan.

Abundan las situaciones en las que se patentiza esta agresiva exhibición del desprecio. Todoexhala el sabor de una agria y vetusta venganza. Las piezas del puzzle oficial se arman convisiones hirientes y descalificantes de trozos del pasado argentino, escarnecidas por representarlo que hoy el aparato del Estado menosprecia.

Esta militancia encaramada en la nomenclatura estatal convalida el nihilismo prevaleciente enmedios estudiantiles, donde el envilecimiento de la función educativa es asociado con la idea deuna sana participación política. Retropropulsada a los años 70, la vanguardia estudiantil seradicaliza contra el concepto mismo de autoridad y jerarquía natural en la tarea educativa.
Hay que darse una vuelta por las facultades de las universidades públicas donde se enseñanhumanidades y ciencias sociales, para advertir el grado superlativo de degradación de unaarquitectura que los militantes dicen querer mejorar, pero que en la vida real vandalizan ydestituyen, baldosa a baldosa.

Es así esta época. Mitómana, engañadora, supuestamente brutal en su declamada sinceridad, nodeja de ser una elaborada parodia. Los guarangos que hoy dominan la política del Estado e intoxicanla escena mediática, serían detestados por los mitologizados pensadores nacionales de hace mediosiglo, que el actual establishment “transgresor” venera. Scalabrini Ortiz, Jauretche yHernández Arregui se horrorizarían de esta artificial talibanización de la Argentina, a la que noconvalidarían. El huracán guaranguizante vacía de trascendencia hasta a esos próceres delnacionalismo popular que desafiaban a la oligarquía liberal, pero leían libros y escribían encastellano.

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