Todos los días lo veo a Ramiro, el loco de la cuadra, sentado contra la persiana de un localabandonado. Duerme ahí. Tiene un bolso nomás y está prolijo; sé que lo dejan bañarse en el garajede la vuelta. Al parecer era laboratorista y trabajaba en un edificio que ya no está más en esacuadra. En algún momento de los 90 cerró el laboratorio y él se quedó sin trabajo. No sé cómo habrásido el deterioro que lo llevó a la situación actual, pero me impresiona que duerma frente al lugardonde trabajaba. Siempre está hablando solo. A veces escucho pedazos de sus diálogos, una vezdecía: ¿Vos sabés lo que vale una bolsa de cemento? En general son discusiones donde él parecerepetir: Estás equivocado querido. No molesta a nadie y fuma enfrascado en estas conversacionesinterminables en las que demuestra ser una persona hiper informada y muy enojada con la ignoranciade los demás. De vez en cuando veo que algún desconocido frente al kiosco le empieza a dar charlasin notar nada raro, hasta que algo empieza a intuir, quizá por la catarata de datos y fundamentosun poco anacrónicos, o por la forma en que empieza a dar cátedra con el bolso al hombro yrevoleando el pucho. Entonces el interlocutor se escabulle como puede y Ramiro sigue hablando sinparar, rodeado de palomas. No sé la explicación psicológica de por qué habla solo, pero creo que lovemos como algo más grave de lo que realmente es. En la Edad Media el soliloquio era común, inclusola lectura solitaria se hacía en voz alta (no se leía en silencio). Muchos cuerdos hablan soloscuando nadie los ve. Por la calle, hoy día se puede hablar so lo siempre y cuando uno tenga unauricular y un cablecito de teléfono sin manos enchufado en la oreja.





