Tal como sucedió en la pasada Cumbre de las Américas, la discusión del reintegro de Cuba alsistema interamericano se convirtió en el eje de discusión de la 39ª Asamblea General de la OEA quese desarrolló en San Pedro Sula, Honduras; esta discusión culminó con una histórica decisión en ladinámica política de la Organización.
Después de un proceso de negociación complejo se llegó a la derogación de la resolución dePunta del Este que desde 1962 mantuvo a Cuba fuera de la OEA.
Lograr un consenso frente a un tema tan complejo como el caso cubano constituye sin dudaalguna un triunfo diplomático para esta Organización, más aún en medio de un clima de polarizacióny del calificativo de “inoperante” con el que algunos países de la región califican ala OEA.
Mantener a Cuba al margen de la OEA resultaba anacrónico como también incongruente, teniendoen cuenta la activa diplomacia de este país en la región. Desde la perspectiva histórica, derogaruna decisión fruto de la lógica bipolar es pertinente. Sin embargo, desde la perspectiva política einstitucional de la OEA, el reintegro de la isla debe ser evaluado cuidadosamente y debeacompañarse de unos claros criterios de interlocución para garantizar una inserción efectiva a ladinámica hemisférica y a la institucionalidad que le da soporte.
La OEA deberá asumir un compromiso con la defensa de sus valores democráticos, de locontrario asumirá el alto costo político de admitir una entrada sin condicionamientos de Cuba alsistema interamericano.
La decisión tomada en la Asamblea General obedece a la vocación de consolidar la integraciónhemisférica, hecho que no soslaya el derecho de asumir posturas críticas frente al sistema políticocubano.
Uno de los argumentos recurrentes para señalar las debilidades de la OEA lo constituye sudéficit democrático, en materia de toma de decisiones. La resolución de la Asamblea Generalevidencia que es posible armonizar criterios divergentes de los Estados miembros en aras de laintegración, hecho que es muy favorable para el futuro de la OEA.
La 39ª Asamblea General quedará registrada en la historia como un triunfo diplomático parala Organización más que para Cuba, puesto que el ingreso al sistema interamericano no ha sido nuncaun objetivo en su agenda de política exterior.
Por el contrario, la resolución puede convertirse en una derrota política para Cuba.
Al mismo tiempo que se reconoce la gran trascendencia de la decisión, es preciso ser mesuradocon las expectativas y entender que la tarea más compleja está aún por comenzar y consiste enalcanzar la voluntad de Cuba de ajustar su ejercicio político a la estructura de la OEA.
No hay duda del logro que este hecho constituye para el sistema interamericano en su objetivode poner fin a la polarización característica de la región.
Sin embargo, de aquí en adelante enfrentará un reto de inmensas proporciones que consiste engarantizar que la llegada de un nuevo miembro no desnaturalice el modelo de Estado que persigue laOrganización.
Pese a la condición innegociable con la que en teoría debería contar la cláusula democráticade la OEA, la decisión de la Asamblea General hizo necesaria una “tregua” en aras de laintegración.
Válido como una invitación a dar por terminado un clima de polarización en la región pero almismo tiempo un altísimo riesgo para la credibilidad de la Organización.
La OEA superó el anacronismo con el que muchos de sus detractores llegaron a definirla.Ahora, ¿tendrá Cuba la voluntad política para reconocer también su anacronismo y tomar medidas parasuperarlo en aras del sistema interamericano?
*Internacionalista y politóloga, Universidad del Rosario, Bogotá.




