Harry golpea de nuevo

Clint Eastwood se acerca a los ochenta años y a las treinta películas como director. Como tal, fue el que más acompañó mi vida de cinéfilo. Nunca fue un encantador de masas como Spielberg ni un espejo en el que mirarnos como Woody Allen, sino más bien una contraseña: nadie al que le guste verdaderamente el cine puede ignorar a Eastwood.

Harry golpea de nuevo
21-08-2026 | 22:40

Clint Eastwood se acerca a los ochenta años y a las treinta películas como director. Como tal,fue el que más acompañó mi vida de cinéfilo. Nunca fue un encantador de masas como Spielberg ni unespejo en el que mirarnos como Woody Allen, sino más bien una contraseña: nadie al que le gusteverdaderamente el cine puede ignorar a Eastwood. En ese sentido, los críticos franceses demostraronuna vez más su perspicacia y lo distinguieron como un auteur mucho antes de que lo reconocieran suscompatriotas.

Para ubicarlo en la tradición del cine americano, se podría decir que Eastwood representa lafusión de dos personajes complementarios: John Wayne y John Ford. Es posible que no haya alcanzadola grandeza de uno como actor ni la del otro como director, pero no hay duda de que llegó a ser unícono en la primera de esas profesiones y un artista en la segunda. Hace mucho, asistimos a latransformación del cowboy lacónico de la olvidada serie Cuero crudo y los westerns de Sergio Leoneen el detective Harry Callaghan, blanco favorito de las iras políticamente correctas que siguenlapidando a Wayne. Pero así como Ford dijo de Wayne que ignoraba que “el desgraciado supieraactuar”, nosotros ignorábamos que Eastwood supiera dirigir. Pero ya en su primera película(la notable Play Misty for Me, 1971) había demostrado un talento maduro, un mundo propio y unaidentidad como cineasta que sería permanente.

A la distancia, hoy vemos claro que John Ford estaba muy lejos de ser un reaccionario y que susideas eran más bien las de un liberal benjaminiano, un progresista preocupado por los daños que lacivilización le infringe al mundo. Con Eastwood, esa evaluación es más difícil. Mientras Ford erademócrata, Eastwood es aparentemente republicano; mientras Ford era complejo, Eastwood es ambiguo;mientras Ford era un intelectual a escondidas, Eastwood es un… un desgraciado que nunca hizouna declaración que sirviera para saber qué piensa del mundo. Quedan, por supuesto, las películaspara averiguarlo. Pero no es tan fácil. Una consecuencia de esa dificultad es la actitud de unaparte cada vez más extendida de la crítica ante sus últimas películas. Hay una tendencia acalificarlas con palabras como “gagá”. Eso ocurrió hace un par de años con lainesperada pareja de filmes sobre la batalla de Iwo Jima. Hubo una tendencia a elogiar el másprevisible y a desdeñar al más innovador de los dos, pero sobre todo a ignorar que entre ambosexpresaban una de las reflexiones más lúcidas sobre el cine contemporáneo.

Algo parecido ocurre con el par de películas que la vitalidad de Eastwood entregó durante 2008:la recién estrenada El sustituto y la inminente Gran Torino. La primera fue rechazada en todaspartes, mientras que la segunda ha obtenido elogios más bien tibios. Son obras muy distintas y laprimera deja todos los flancos vulnerables a las convenciones críticas. Sin embargo, ambas sonextraordinarias y revelan en Eastwood una depuración y una concentración absoluta en lo que tienetoda la apariencia de ser un testamento. Como si volviéramos a Intolerancia, de Griffith, las dospelículas son profundamente maniqueas. Hablan de una batalla irreductible y sin tibiezas entre elbien y el mal. En la primera, ubicada en los años 20 en Los Angeles, el mal está encarnado, antetodo, en una policía corrupta y de gatillo fácil. En la segunda, en una banda de pandillerosjuveniles. Pero en oposición al demonio y sus múltiples manifestaciones, Eastwood construye supropia iglesia, una religión abstracta y universal en donde las creencias de cada culto (desde losritos de la etnia hmong hasta la lucha por la justicia) son instancias particulares. Es una visiónmoral inaceptable para el cinismo que informa nuestros reflejos frente al arte. Y, sobre todo, esla obra de alguien que le sigue teniendo mucho menos miedo al ridículo que sus críticos.

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