Historia de un regalo

Historia de un regalo
24-08-2026 | 18:56

En 1992 publiqué Fotos movidas, mi primera novela, en la editorial Grupo EditorialLatinoamericano, de Buenos Aires. Por entonces, yo vivía en Francia y no viajé a la Argentina parala salida del libro. Recién volví unos años después. Un día, con cierta curiosidad, se me ocurrióllamar al editor para saber si tenía algún dinero al cobro como regalías de las pocas decenas deejemplares que había vendido. Entre tanto, César Aira me había contado acerca de la existencia deun librito de Bioy Casares, publicado también en GEL, en una edición limitada de trescientosejemplares, fuera de comercio, para regalar entre amigos, llamado Unos días en Brasil. Por supuestoque leí varios de sus libros más importantes, pero en realidad Bioy nunca fue un autor importantepara mí, no me interesa esa mezcla de racionalismo solapado con cierta llaneza en la escritura. Nitampoco me atraía su imagen pública de dandy rodeado de dos genios, Borges y Silvina Ocampo. Entodo caso, si algo me interesa de la obra de Bioy son algunos libros laterales, quizás hastamenores, como La otra aventura, donde reúne un conjunto de ensayos en la que la llaneza de suprosa, a la inversa que en las novelas, potencia el resultado. Por cierto, mi opinión cambió con suBorges, libro de una malicia increíble, lamentablemente ausente en el resto de obra. No tenemos aúnpalabras para definir la perversidad genial de ese texto, incluso en los momentos en que se vuelvetedioso o repetitivo. O tal vez por eso: por la genialidad de repetir una y otra vez la mismaescena, hasta convertir a Borges en Bouvard y al propio Bioy en Pécuchet.

Pero, en cambio –fetichista como soy–, me interesaba tener un libro rarísimo, quecasi nadie conocía en la ciudad. Así que me presenté en la editorial, y le dije al editor, algointrépidamente, que en lugar de pagarme con dinero (que, con suerte, me alcanzaba para pagar unacena en un restaurante no muy caro) lo hiciera con el librito de Bioy. El editor dudó, perofinalmente aceptó (siempre supuse que no tendría un peso en el bolsillo y prefirió pagarme con ellibro, o la inversa, que valoró mi desfachatez). El objeto, como casi todos los libros de GEL, eramuy bello: de tamaño pequeño, impreso en una vieja imprenta con tipos de plomo, si se pasabasuavemente el dedo podía sentirse la rugosidad de las letras.

Luego, obviamente lo leí. Pero, como era de esperar, no me interesó. Es, disfrazado de aireerótico con gotas de exotismo brasilero, un texto de una moral anticuada. Lo que vuelve anticuadoalgo no es el paso del tiempo (¿hay alguna moral más moderna que la de Sade?), no hay progreso enla literatura: lo que vuelve un texto anticuado es el estado de la prosa. Y la prosa de Bioy tocasiempre ese registro cristalizado. En fin, cierto es que luego de ese ataque fetichista, me olvidépor completo de librito, que pasó a ocupar un lugar más en mi biblioteca (esa semana, tambiénconseguí muy barato en una librería de viejos, la primera edición de Los traidores, de SilvinaOcampo y J. R. Wilcock, en una edición de Losange de 1956, que quedó justo al lado).

Hasta que, años después, conocí a Michel Lafon –crítico francés especialista en Borges yBioy–, de quien rápidamente me hice amigo. Su entusiasmo, su erudición y también lapercepción de su sincero dolor ante la muerte de Bioy, hicieron que se me ocurriera regalarle miejemplar. Me parecía más justo que lo tuviera él y no yo. Es ese texto de Bioy, el que ahorapublica la editorial La Compañía, acompañado con un hermoso ensayo del propio Lafon. Al recibir ellibro, Michel tenía la alegría de un niño. Y yo, al regalar un libro inhallable de mi bibliotecapersonal, había cumplido mi buena acción del año, sino de mi vida. Siempre hay un beneficiosecundario en estas cosas.

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