•CRISIS en los gremios

Hugo Moyano o el mito sindical

Si Augusto Vandor, Andrés Framini o José Rucci se levantaran de la tumba y se enteraran de que un chofer de camiones comanda la CGT, volverían a morirse.

22-08-2026 | 09:19

Si Augusto Vandor, Andrés Framini o José Rucci se levantaran de la tumba y se enteraran de queun chofer de camiones comanda la CGT, volverían a morirse. Es que aquella elite sindical queinstaló durante décadas al movimiento obrero como actor protagónico de la escena políticaargentina, provenía de la industria. Los camioneros no tenían ningún pergamino proletario. En eltrabajo de manejar inmensas moles mecánicas en las rutas prevalece la fuerza pura asociada a unindividualismo excesivo, aun para los obreros industriales y sus dirigentes, que no fueron ni sonprecisamente monjas de clausura. El modelo mundial del “sindicalista camionero” fuedurante mucho tiempo el norteamericano Jimmy Hoffa, aquel líder que con métodos mafiosos se adueñóde su Union (sindicato en EE.UU.) y al que hizo popular, en los setenta, la novela F.I.S.T., luegoconvertida en una película que protagonizó Silvester Stallone.

Es raro que Hugo Moyano sea un actor relevante del teatro político argentino cuando elmovimiento obrero que preside hace ya tiempo que está en decadencia. Hace 35 años, cuando el paístenía 26 millones de habitantes y había pleno empleo, el 80% de los trabajadores estabasindicalizado. La Unión Obrera Metalúrgica representaba a 500 mil obreros encuadrados y aportantes:un porcentaje de todo aumento que se conseguía en cada convenio colectivo pasaba automáticamente,por ley, a las arcas del sindicato. Hoy, en un país de 40 millones de habitantes, los metalúrgicosno pasan de 50 mil.

En estas condiciones, los cien mil camioneros cotizantes que aduce representar Hugo Moyanoexplican su preeminencia. En la Argentina, cualquier estadística o conteo es sospechoso, peroaunque esa cifra deba rebajarse, igual supone una fuerza considerable y le basta al secretariogeneral de los camioneros para subsistir como figura de primera línea.

Mucha agua pasó bajo el puente de la historia desde que, en 1878, se fundó la Unión TipográficaArgentina, el primer gremio. Complejas razones, como la tecnificación y la degradación de lasnormas protectoras durante el auge del neoliberalismo, llevaron a la actual desindicalización. En2009, más de la mitad de los trabajadores de la Argentina son informales y los sindicatos deempleados públicos, del comercio y servicios, entre ellos los del transporte, prevalecen sobre lossindicatos industriales. La afiliación ha caído en picada, a pesar de que en la Argentina buenaparte del sistema de seguridad social es gestionado por los gremios. Como ejemplo, una rama queemplea pocas personas pero es crucial por la intensa visibilidad de su tarea y el efecto crucial desus reclamos en la trama urbana: el personal de los subterráneos de Buenos Aires. Sólo el 7% de lostrabajadores del metro porteño pertenece al sindicato con personería gremial, la UTA. En elsubterráneo, una generación de trabajadores, sobre todo jóvenes y mujeres, elige con autonomía asus delegados y gestiona sus reclamos –a menudo usando el extorsivo método de la interrupcióndel servicio–, al margen del sindicato oficial.

La CGT de Hugo Moyano es un dinosaurio... Ni renovación generacional ni de métodos. Larepresentación sindical está en crisis, hace ya mucho, en todo el mundo. Los trabajadores seconvierten en monounidades sin vínculos solidarios. Se busca en el mundo nuevas formas de lenguajey de cohesión colectivas. Y sin embargo...

Esta CGT old fashion, viejo gigante desdentado, columna vertebral reducida hoy a un flacoespinazo, aún asusta con sus aullidos. Las elites sindicales, miradas con permanente sospecha porlas clases medias y sus representantes políticos, de Raúl Alfonsín a Patricia Bullrich, dospolíticos que, en distintas épocas denunciaron de manera flamígera la corrupción sindical,desprestigiadas y a veces demonizadas, no han hallado reemplazo.

El kirchnerismo, si pudiera, lo empujaría a Hugo Moyano y sus huestes al abismo. Pero a Kirchnerle interesa más durar en el poder que modernizar el país y no abrirá nuevos frentes. La CGT es unpasajero indeseable pero necesario para que el barco oficialista no se hunda. A todo esto,lentamente pero sin pausa, la CTA de Víctor de Gennaro persiste en pedir su reconocimiento legalcomo entidad de tercer grado, algo que pondría en cuestión toda la estructura sindical del país. LaCorte ya avisó, con un reciente fallo sobre la elección de delegados, que ese debate no puededemorarse.

Pero, ¿quién le pondrá el cascabel al gato sindical?


*Escritor y periodista. Autor de la novela Cinco balas para Augusto Vandor.

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