Humor a cualquier precio

¡Cómo me aburre el humor político de actualidad! Y algo peor: ¡cómo me extraña su falta! Sigo trabajando en Italia, donde Berlusconi no da tregua y cuesta seguirle el paso, y me sorprende mucho la falta de respuesta jocosa, anticultural, que bien podría surgir de espontáneas itálicas plumas.

23-08-2026 | 17:47

Cómo me aburre el humor político de actualidad! Y algo peor: ¡cómo me extraña su falta! Sigotrabajando en Italia, donde Berlusconi no da tregua y cuesta seguirle el paso, y me sorprende muchola falta de respuesta jocosa, anticultural, que bien podría surgir de espontáneas itálicasplumas.

Sospecho que mi sueldo se justifica en hallar motivos estrictamente privados para escribir dealgo más o menos público, así que les cuento que un editor generoso me quiere publicar unas obrasviejas, un poco malqueridas por mí. Tengo el hábito monogámico de gustar sólo de mi última obra.Así que la oferta es complicada. Si bien tengo motivos claros para no haber publicado esas obras,me corren con el hecho de que –en un futuro cercano– mis motivos pueden no importarle anadie. Esta sensación de incomodidad no es nueva. Salvando escandalosas distancias, TennesseeWilliams detestaba El zoo de cristal, su obra más taquillera, y sólo le interesaban sus últimos,extrañísimos experimentos. Pero aquella obra no es hoy menos buena porque a él hubiera dejado degustarle.

Rumio mi decisión. Mientras, leo una reedición de Mafalda inédita. La leo en busca de algunapista que ayude a decidirme. ¿Por qué a veces un autor termina publicando lo que en algún momentodecidió que quedara inédito? La sempiterna Mafalda –como Los Beatles (que tanto legustaban)– duró en realidad sorprendentemente poco: entre 1964 y 1973, con alguna breveinterrupción del 66 al 67 por el cierre de El Mundo con la nefasta Doctrina de la SeguridadNacional de Onganía.

Hay varios motivos para que estas 48 tiras de Mafalda (que nació como una campaña trunca deelectrodomésticos Mansfield) no fueran publicados. En principio (tal como me pasa a mí) prevalecióla opinión del autor, que simplemente consideró malas algunas ocurrencias. Otras fueron eliminadaspor ser excesivamente coyunturales: la campaña contra la polio, por ejemplo. Pero uno motivo clavede Quino para descartar las tiras que –tiempo después– recogería esta edición“inédita” sería un complejo de sentimientos que podríamos catalogar mal y rápido comoautocensura. Parece que en aquellos años tempestuosos era regla común burlarse del presidenteIllia. En esta Mafalda descartada, su sorna lo pinta como un presidente débil, campechano, matero,bonachón e incapaz de hacer frente a su tiempo. Un radical, bah. Sin embargo, el propio Quinoexplica que “tanto por la ignorancia que teníamos acerca de las reglas del juego democráticocomo por la misma precariedad de estas democracias nos convertimos, sin desearlo, en los mejoresaliados del enemigo”. A la caída de Illia sobrevendría el peor de todos los males, ladictadura militar, y el germen de esta misma precariedad democrática con la que ahora estamos tanfácilmente asustadizos.

Me caen muy simpáticos los motivos de Quino para disculparse por el flaco favor hecho a Illia. Ysin embargo, esa Mafalda incisiva es un documento histórico genial. Si el sentido“común” reza que es mejor retirar humor cuando la realidad peligra, el sentido“no común” parece gritarnos lo contrario: ¡El humor debe ser implacable, o no seráhumor! Si un gobierno depende de Mafalda, de una ficción tan blanquinegra, probablemente caerá detodos modos. El humor verdaderamente sutil es una experiencia intelectual única: hace reír porquedice lo que nuestro cerebro no logra asumir como posible, creando en él un cortocircuito decontradicciones. Mauricio Kartun lo cita prístinamente: “Un masoquista es una persona a laque le gusta bañarse con agua fría; entonces se baña con agua caliente”. Esto es un koan.Parece concluir que todos somos masoquistas porque nos bañamos con agua caliente. En algún lugarvago está la trampa; el cerebro, que se engancha en un loop y no puede seguir el razonamiento,actúa por reflejo, estirando la comisura de los labios.

Sí, Quino: todo el humor del bueno suele ser un poco desestabilizante. Pero a veces ocurre algopeor que eso: se forma un bloque de sentido común dentro de esa desestabilización, y ya no hay nadaque haga reír, porque el cerebro ya aprendió a burlarse con clichés de los personajes parodiados.Casi todo el humor de hoy (que es anti K) es muy parecido en su melaza de lugares comunes, yresulta bastante poco gracioso. Es más bien la confirmación de una tesis previa; una constataciónantes que un buen koan. El koan produce asombro, y un salto hacia el futuro.

No en vano Mafalda debe ser la obra literaria argentina más conocida en el exterior. Tal vezdetrás –sólo detrás– venga Rayuela, bien seguida de la prosa lúbrica de Maradona.

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