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Instrucción cívica

Fui convocado para oficiar como autoridad de mesa durante un proceso eleccionario que involucraba a estudiantes universitarios. Contra todo pronóstico en contrario, los comicios estaban bien organizados, los materiales necesarios bajo control, y las agrupaciones políticas en quienes recaía la fiscalización electoral cumplían su papel sin interferir en su normal desarrollo.

Instrucción cívica
23-08-2026 | 12:51

Fui convocado para oficiar como autoridad de mesa durante un proceso eleccionario queinvolucraba a estudiantes universitarios. Contra todo pronóstico en contrario, los comicios estabanbien organizados, los materiales necesarios bajo control, y las agrupaciones políticas en quienesrecaía la fiscalización electoral cumplían su papel sin interferir en su normal desarrollo.

Gran parte de los votantes, por el contrario, parecían personajes de Los Simpson (y noprecisamente Lisa). Estuvo el estudiante de la carrera de Letras que insistió en sufragar en lamesa que yo presidía aunque su apellido comenzaba con la letra E y la parte del padrón que noshabía tocado (bien visible estaba) abarcaba desde la H hasta la M. Debimos haberle exigido querecitara el alfabeto, pero eso, además de un poco chocante, habría sido un obstáculo para los demásvotantes. Otros se presentaron convencidos de que tenían derecho metafísico a pronunciarse, auncuando sus nombres no figuraran inscriptos en el padrón: “¿Y si quiero votarigual?”.

Una joven pretendía votar con el registro para conducir, el único documento que tenía encima.Tuvimos que leerle el artículo de la Ley Electoral que especifica quiénes están habilitados paraemitir sufragio.

Después del tercer sobre abierto que sucesivos votantes pretendieron introducir en la urna,empezamos a preguntar a cada uno de los sufragantes si lo había cerrado debidamente. Muchos no lohabían hecho.

Me sorprendió el abismo entre el aparato formal de la democracia de masas y los saberes técnicosde los ciudadanos que la sostienen. No es que me parezca que una democracia representativa burguesadeba evaluarse en primer término por su “calidad institucional” (palabras hoy tan demoda) pero, en todo caso, me preguntaba qué ha hecho la escuela en todos estos años paramejorarla.

Me acompañaba en la mesa una pedagoga que me comentó con una sonrisa en los labios que haymaestr@s de sexto grado que no enseñan ciencias naturales o sociales porque sus alumnos no sabenleer. La responsabilicé en el acto por la gravedad de la sentencia (fuera ésta cierta o no) y leexigí que hiciera algo para remediarla (en lo personal o a través de la corporación profesional querepresentaba). Ella me contestó que escapaba a su área de incumbencia y que bastaba con ver latelevisión para darse cuenta de que la dinámica de nuestro Parlamento está bien lejos de ser unbuen ejemplo para nuestros jóvenes.

Reconocí que en ése, como en tantos otros aspectos, vivíamos un momento político de lo másdisparatado (es decir: estimulante), pero censuré que se refugiara en esa constatación parajustificar la total ineficacia del sistema escolar argentino, del cual tienen idénticaresponsabilidad padres, autoridades y docentes.

“Pasa en todas partes”, me dijo. “En Francia los profesores no se atreven asalir solos de la escuela por miedo a que les peguen” (los alumnos, sus amigos y suspadres).

Le recordé Semilla de maldad (1955) y su réplica local, La patota (1960), y me negué siquiera aconsiderar la posibilidad de que ésa fuera la materia prima universal de los procesos deaprendizaje para poder, precisamente, renunciar con el alma ligera (y mala conciencia) a interveniren relación con ellos.

Estaba por señalarle el daño irreparable que las Ciencias de la Educación le habían provocado alos sistemas escolares cuando los fiscales vinieron a interrumpirnos porque la cola de estupefactosvotantes que se había formado ante nuestra mesa era una señal de que era mejor que volviéramos anuestras funciones.

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