•ensayo

Intelectual y militante

La diputada Adriana Puiggrós revela en Rodolfo Puiggrós (Editorial Taurus) que su padre fue víctima de la pasión necrofílica de nuestra historia: un grupo político residual embalsamó su cadáver. Su relato inicia la narración de la vida de quien fuera uno de los más relevantes intelectuales militantes de la segunda mitad del siglo XX. Un hombre que fue anarquista, comunista y, finalmente, peronista y montonero.

24-08-2026 | 19:27

Mi papá estaba como vivo, vestido con su traje verde oscuro, el pelo y los bigotes teñidos delpelirrojo de sus años jóvenes, la tez lozana, la piel maquillada, un rictus de inmenso cansancio,corbata. ¿Tenía corbata, Mara? Lo vimos, nos abrazamos, el desenterrador sumó a un ayudante yjuntos llevaron el ataúd abierto hacia la zona de las oficinas. Llorábamos. No nos dio terror, sinoindignación, pena, una enorme pena por la condición humana. Sentimos muy de cerca la presencia delo siniestro: quienes cometieron el ultraje eran los restos descompuestos de aquella heroicageneración desaparecida que se había entregado a la revolución para gestar al hombre nuevo.
No lo cuentes, te va a perjudicar, me dijeron varios cuando regresé a Buenos Aires.

No fundaré mis opiniones en un ocultamiento. Sólo de mala fe alguien confundiría lo que estoydiciendo, respondí.
¿Qué articulación perversa permitió que el cuerpo de mi padre, crítico acérrimo de laburocracia soviética, fuera tratado con técnicas cubanas herederas de las que aplicó el patólogoAlexei Ivanovich Abrikosovun al cuerpo de Lenin, por orden de Stalin, quien descalificó el pedidoque el propio Lenin hiciera en su testamento de ser enterrado en Petrogrado junto a su madre?
La otra pregunta que cabe es: ¿qué siniestros vínculos entre la muerte y los rituales de lapolítica se construyen en nuestro país? Porque no podemos atribuir a los inspiradores delembalsamamiento de mi padre identificación alguna con rituales soviéticos completamente ajenos a suuniverso cultural. Los burócratas y los embalsamadores cubanos, en cambio, efectivamente eranherederos de los saberes y rituales correspondientes.
Llegó un puñado de amigos argentinos y mexicanos. Varias mujeres, dos de ellas adolescentes.Todos nos abrazamos. Vinieron los empleados del Panteón a decirme que era difícil llevar elembalsamado al crematorio, que cierto procedimiento, no sé si de naturaleza ritual o natural,tardaría unas horas. Esperamos. Horas después vimos entrar el ataúd al crematorio, y luego salir aun empleado que me entregó la urna –“de madera rectangular (adulto)”, según rezala boleta–, que habíamos comprado horas antes en Miguel Angel de Quevedo 483, una funerariade la colonia Coyoacán, y una bolsa de plástico que contenía cenizas que la rebasaban.

Desparramé las cenizas embolsadas en el mismo cementerio, en tierra mexicana, ésa que papá quisotanto. Nos llevamos la urna. Paola Stefani La Madrid, hija de mi amiga Mara, la tuvo depositada enla casa que compartía con unos compañeros mexicanos. La noche antes de partir, agradecí que losmexicanos fueran ceremoniosos con los muertos y que, con ese mismo respeto, nos acompañaranintelectuales y profesores mexicanos y “argenmex”, dirigentes del psum, como eleconomista Eduardo González, y otros amigos, en la casa de Mariclaire Acosta, donde las cenizas demi padre tuvieron su última morada mexicana.La fe se transformó en indagación en la trayectoria deRodolfo. A la etapa libertaria le siguió el depósito de la fe en los dioses del socialismo, quedespués de un tiempo le resultaron cuestionables. Aun en su etapa estalinista leía almarxismo-leninismo desde la historia de la filosofía y de la sociedad y debía esforzarse porsostener la clave doctrinaria. Esta última postura se tornaba sectarismo cuando la escena familiarde la casa paterna se constituía para él en un lugar de soledad, porque nadie compartía sus ideas ytodos esperaban que las abandonara. En ese ámbito, Rodolfo, definitivamente resignado a laincomprensión, se parapetaba en eslóganes de tono casi místico, que recorrieron desde lajustificación a ultranza de la URSS hasta la defensa ferviente de Perón. Sin restar peso a supropio contenido, las fuertes confrontaciones políticas permitían a la familia expresar, en unlenguaje político, el dolor que les había provocado que el hijo mayor abandonara el catolicismo yel destino de clase que se le habían adjudicado. Quizá la decisión de Rodolfo dolía más porque setrataba de su renuncia a las funciones del primogénito, l’hereu, tan importante en unafamilia catalana (...).

Rodolfo José Puiggrós, mi padre, nació el 19 de noviembre de 1906, en el número 1320 de la calleIndependencia –años más tarde ensanchada y convertida en Avenida–, en la Ciudad deBuenos Aires. Además de sus padres, José Puiggrós y Margarita Gaviria, su familia cercana estabaintegrada por sus abuelos y varios tíos maternos. El abuelo Francisco Gaviria, padre de Margarita,tenía una librería de viejo en la Avenida Belgrano, frente al cuartel de bomberos. Uno de sushijos, Paco, participó de la primera generación de conscriptos del país, la de Cura Malal, en 1896.El menor, Luis, fue dueño de una papelería en Defensa, que luego trasladó a la calle Uruguay,frente a Tribunales. Calavera de la familia, Luis volvía a la casa de madrugada, era un“farrista”, como se les decía entonces, y vivió durante muchos años en concubinato,hecho que nunca se mencionaba en voz alta. Para nosotros, los sobrinos nietos, sería el tío“Pelado” o tío “Zanahoria”. Lo esperábamos escondidos entre las columnasrodeadas por macetones en la entrada principal de la casa de la calle Santa Fe, en la que porentonces vivían Margarita y José, para gritarle: ¡Tío Zanahoria! Y salir corriendo para que no nospescara.
Rodolfo fue el hijo mayor –l’hereu, el primogénito, en catalán–; luegonacieron Ernesto, en 1908; Alfredo, en 1910; Guillermo, en 1911, y Oscar, en 1918. Como puedenotarse, mi abuela Margarita nunca dio a luz la ansiada nena aunque, como en esa época el misteriose develaba en el alumbramiento, esperó a algunos de sus hijos con un ajuar color rosa.

Cuando tenía alrededor de veinte años, Rodolfo acometió la escritura de una novela que tituló Lalocura de Nirvo, que firmó, cuando tuvo la oportunidad de publicarla, con el seudónimo Rodolfo delPlata. Su protagonista, Nirvo, es su alter ego, un joven romántico –y por ello soñador, almismo tiempo fantasioso y desesperanzado–, lector voraz que ama la soledad y que vive en elúltimo piso de la casa de la familia Salvadel (también, a su modo, concebida en paralelo con losPuiggrós), rodeado de libros; lo cual, más que un dato resulta una metáfora de su lugar en la vida:los días de Nirvo transcurren alejados de lo cotidiano porque no hay intereses“terrestres” en él: espíritu y mente lo definen por completo. Como es fácil imaginar,representa una enorme preocupación para sus padres, que no alcanzan a ver en su horizonte un futuroauspicioso. (...)
En esa década de 1930 la soledad sin destino o la utopía colectivista aparecían como fuertesopciones. Rodolfo tampoco se conformó con la prosa obrerista de Boedo. Cuando adscribió a lapolítica soviética de clase contra clase, declinó aceptar acuerdos parciales en todos los órdenesde la cultura y de la política, postura que sólo cedería, quince años después, en su relación conel peronismo.

En 1930, mientras los martinfierristas y los boedistas apoyaron el golpe militar que encabezóJosé Félix Uriburu el 6 de septiembre, Rodolfo ya estaba sumergido en la lucha por la“revolución proletaria”. Años después, Enrique González Tuñón colaboró con las fuerzasrepublicanas en la Guerra Civil Española; y a su regreso, Natalio Botana lo incorporó a laredacción del diario Crítica. En los espacios de la sala de redacción y del Whisky Bar, situadoenfrente del diario, Rodolfo frecuentó a ambos hermanos González Tuñón. Enrique murió detuberculosis en 1943. Mi padre siguió siendo amigo por muchos años de su compañera, María LuisaCarnelli, y profundizó su amistad con Raúl, el hermano.

Aún puedo evocar el dolor con el cual los amigos seguían recordando a Enrique cuando, añosdespués y siendo yo una niña, mi padre me llevaba cada semana a la redacción del diario. Entonces,y mientras él escribía alguna crónica increíble de hechos no comprobables encargada por ladirectora, doña Salvadora Medina Onrubia, o por el gordo Petrone, jefe de Redacción, yo iba y veníade la teletipo, que no paraba de escupir cables. En puntas de pie alcanzaba su extremo, tirabahacia afuera y corría a entregarlos a algunos de los periodistas que golpeaban las teclas de lasviejas máquinas de escribir. No consigo traducir en palabras el ruido de la teletipo, ni el de larotoplana, pero su sonora monotonía me sigue acompañando. Otras veces mi padre me llevaba a lareventa de Crítica, un lugar transitado por sombras misteriosas, poblado por personajes como“el Diente”, cuyas atractivas historias de matonaje e ilegalidad relataba una y otravez mi padre, pero que yo he olvidado.

Luego cruzábamos Avenida de Mayo para ir a sentarnos en el Whisky Bar. En torno a una concurridamesa cuadrada de madera oscura, que en verano ubicaban en la vereda –lo cual ampliaba elespacio del pequeño café–, se desarrollaba una fascinante discusión entre periodistas,intelectuales y refugiados españoles, todos ellos protegidos, premiados o castigados por NatalioBotana o Salvadora Medina Onrubia, según las épocas, que se confunden en mis recuerdos.

Mi padre coincidía con Elías Castelnuovo en las conferencias, reuniones para adherentes y otrosespacios político-culturales del entorno del partido. Sus intereses, aunque antes habían estadoteñidos de lo literario, en ese tiempo eran descarnadamente políticos. Se reunían en la buhardillade Elías, que quedaba en las calles Sadi Carnot y Rivadavia. En las siguientes décadas seencontraban en nuestra casa de la calle Paraguay y luego, en la de la calle Volta, y también en lasuya del barrio de Liniers. Castelnuovo siguió siendo amigo de papá durante los años aciagos de laexpulsión del PC, del cual se había considerado un “compañero de ruta”.

*Diputada nacional.

También en Perfil