Los grandes pensadores del marxismo lo señalaron en su momento con meridiana claridad: elproceso de transformación política de la sociedad no culmina sino al alcanzar los aspectos máscomunes de la vida cotidiana de las personas. Por supuesto que hay revolución porque se toma elEstado o se liquida la propiedad privada de los medios de producción, porque se establece lareforma agraria o porque se procede a abolir la acción retardataria de las diversas iglesias; peronada de eso alcanza a consumar una revolución cabal hasta que las prácticas diarias y los hábitosculturales más inmediatos se ven radicalmente transformados en el escenario común de la gentecomún.
¿Se habrá inspirado en esta preclara tradición de pensamiento el comandante Hugo Chávez, allá enCaracas, cuando señaló en la televisión lo poco comunista que es darse baños de más de media hora,cantando morosamente bajo la ducha y en el vapor? Más de uno se habrá visto afectado por lasdeclaraciones del líder venezolano, incluso cuando sea La Internacional lo que entona mientras seenjabona y rasquetea. Más de uno descubrirá un aspecto de hedonismo pequeñoburgués allí donde menosse lo esperaba, porque el baño largo y minucioso goza de cierto prestigio y el canto en la ducha esel último reducto musical donde puede guarecerse el desafinado.
Puestas en contexto, las declaraciones de Chávez se comprenden bien. Hay crisis energética enVenezuela, y entre los bienes primordiales que escasean y hay que economizar se cuenta ante todo elagua. Chávez apuntó donde sabe: a los ricos del Caribe, que llenan displicentes sus piscinas ylavan sus automóviles con pasión de propietarios. Pero luego cargó sobre el bañarse tan extendido yatacó las duchas de media hora de duración. Y con eso involucró no sólo a los enemigos del pueblo,sino también a algún simpatizante de la causa que nunca sospechó hasta qué punto se aburguesaba contanto remoloneo y tardanza en las artes de la higiene.
“Hay gente que se pone a cantar en el baño media hora. ¿Qué comunismo es ése?”,dijo Chávez textualmente. Y de inmediato detalló su propia medición cronológica del baño en elsocialismo: “Un minuto para mojarse, otro para enjabonarse y el tercero paraenjuagarse”. Tiempo total: tres minutos. El lapso justo para cantar una sola canción, que esla medida del ahorro, la dosis del no despilfarro. Las damas bolivarianas podrán reclamar tal vez,llegado el caso, un minuto adicional al establecido, dado que la longitud de sus cabelleras excedela cuantificación del comandante, que lleva el pelo al rape y tomó su medida como medida; pero esasdos cosas se van viendo siempre después.
Personalmente, pienso plegarme a la consigna como gesto de adhesión, aunque aquí no falta elagua. Mi parte chavista me impele a ducharme en no más de tres minutos (empiezo mañana, eso sí,porque hoy ya me bañé y le puse casi una hora). A estas poderosas circunstancias quisiera agregaraun otro factor, que figuró igualmente en los medios nacionales en el curso de la semana que pasó.La señora Juanita Castro, hermana, entre otros, de Raúl y de Fidel Castro, acaba de publicar unlibro con sus memorias. Sobre esta mujer baste decir que traicionó a sus propios hermanos, espiandodurante años para la CIA, una institución por demás deplorable y altamente perjudicial para lospueblos de América latina. Pues bien, en las páginas de su flamante libro, tipeadas según seinformó en algún lugar de Miami, se destaca insidiosamente el muy escaso apego al aseo que erapropio del comandante Ernesto Guevara. Lo dijo ella de modo directo: que el Che era un flor desucio.
Debería saber esta señora, que así se expide, que el propio Guerrillero Heroico dejótestimonio de su temperamento en las páginas inapelables de sus diarios de combate. El mismo lodijo allí: que se bañaba más bien poco o que no se bañaba nada; y que sus compañeros de hazañastomaron nota de su profunda indiferencia al agua. En alguna página, yo creo que del Diario deBolivia, dejó inclusive la marca de su récord personal de tres meses sin bañarse. Al cabo, según supropio testimonio, jugó una apuesta visceral: que al sacarse los calzoncillos, por fin, los mismosquedarían parados, tiesos de mugre, almidonados con los desechos de su querida presencia. Huelgadecir que ganó la apuesta.
¿A quién cree que ofende ahora esta mala hermana con sus recuerdos a destiempo? A confesiónde parte, relevo de pruebas, señora Juanita. Es regla que nadie ignora.





