Juntacadáveres

Reaparece, infaltable. Es una vigorosa pasión argentina. La noción de que los muertos viven no es una originalidad nacional, pero lo notable es que en el actual rincón de la peripecia de este país la carroña ocupa siempre un lugar dominante.

Juntacadáveres
24-08-2026 | 11:52

Reaparece, infaltable. Es una vigorosa pasión argentina. La noción de que los muertos viven noes una originalidad nacional, pero lo notable es que en el actual rincón de la peripecia de estepaís la carroña ocupa siempre un lugar dominante. Lo siniestro permanece en el centro, losasesinatos no dejan de ser episodios centrales. El prestigio de la muerte está intacto.

En su magistral Juntacadáveres, que Juan Carlos Onetti publicó en 1964, a los 55 años, elescritor denomina cadáveres a las putas del burdel de su fantasmagórica e irrepetible Santa María,ese costero poblado ¿rioplatense? al que el genial uruguayo muerto en 1975 en Madrid cinceló comouna paráfrasis del entero cosmos.

A ese vecindario arrumbado llega Larsen, el personaje a quien J.C.O. encarga la tarea de poneren funcionamiento un prostíbulo. Juntar cadáveres será, pues, reunir putas. El texto denominadoJuntacadáveres será, así, la fotografía monumental de una cierta vida, la que describe el escritor,pero que también funciona como metáfora de una deriva vital.

Nos dice Onetti: hay juntadores de cadáveres, seres humanos en disgregación que se arremolinanen un lupanar de extramuros. En palabras del propio Onetti, “no son personas; son (…)una determinada intensidad de existencia que ocupa, se envasa en la forma de su particular manía,su particular idiotez. Porque sólo nos diferenciamos por el tipo de autonegación que hemos elegidoo nos fue impuesto (...) Un hombre es disipación y el miedo a la disipación”.

El país vuelve a ser el escenario elegido para la puesta es escena de grandes revolconesmortuorios. En el pedestal del monumento a Roca, en Diagonal Sur y Perú, una agrupación deizquierda ha pintado “Derrocar a Roca”. Julio A. Roca murió hace 96 años. El grupo deHebe de Bonafini (al que gruesas franjas de la sociedad siguen llamando, con incomprensibleveneración, “las Madres”, como si las mujeres de la Línea Fundadora no existiesen y lasmadres a secas tampoco contaran, ha anunciado un “juicio” a periodistas que, a sujuicio, colaboraron con el régimen concluido en 1983. En esa mascarada, se anuncia elenjuiciamiento de Bernardo Neustadt, que murió hace dos años. Bonafini aplaudió en 2001 el ataquecontra las torres gemelas en Nueva York que asesinó a unas 3 mil personas.

Encausar muertos y derrocar estatuas es una de las delikatessen argentinas. Los militaresrobaron el cadáver de Eva Perón en 1955. Los Montoneros, que habían secuestrado y asesinado aAramburu en 1969, robaron de nuevo su cadáver en 1974. Ya en democracia, las manos de Perón fueronserruchadas y robadas de su tumba en 1987.

¿Juzgar a Roca? ¿Encausar a Neustadt? Nada nuevo en una Argentina que participa de una acendradacultura de ultratumba. En su poderoso y desasosegante film Secuestro y muerte, Rafael Filipellidespliega una deslumbrante mirada sobre el crimen de Aramburu. Revela, desde la extrema continenciade una factura de austeridad ejemplar, la temible banalidad homicida que cruza toda la historiaargentina.

Pero la necesidad de recordar, la tenaz decisión de preservar la memoria como enseñanza yeducación para futuras generaciones, se han ido cristalizando de la peor manera en la Argentina,con autonomía y respiración propias. La santificada memoria ha sido ella misma ofrendada en elaltar de conveniencias muy pedestres.

En muchos sentidos, es como si esa memoria irreductible e inoxidable se hubiera convertido enuna enajenación del sereno recuerdo reparador, un dispositivo adornado, en su exterioridad, deexcelsas (y aparentes) bellezas morales, pero que en realidad funciona al servicio de proyectos ycausas muy visiblemente asociadas al ejercicio y preservación del actual poder político.

Es una memoria “para”, un fenómeno muy ostensiblemente enganchado con criterios ycálculos de corto plazo. Se vincula con fuertes tradiciones nacionales, impávidas pese a lasdécadas, una suerte de eterno presente empapado de una historia perpetuamente sostenida en acto. Laidea de “derrocar” a un estadista que nació en 1843 y murió en 1914 o enjuiciar a unperiodista que nació en 1925 y murió en 2008 manifiesta una pétrea callosidad. Se menta lahistoria, pero no como referente valórico o contexto explicatorio de un fenómeno, sino aceptandoresignadamente que estamos enjaulados por el perfume del pasado.

Días atrás, mientras esperaba que me llamasen a embarcar en Aeroparque, observé que un hombre demediana edad, con un sobrepeso inocultable, semicalvo y con aspecto de profesional, refunfuñabamientras leía La Nación en la cafetería, sentado a una mesa junto a la mía. Tras varios resoplidos,escuché que exclamaba en voz bien alta: “¡Qué gorilas!”. Sonriente, tomé de una sillacercana uno de los diarios “gratuitos” que publica el Gobierno, se lo alcancé y ledije: “Tenga, deje de sufrir, lea éste, que no es gorila, pero sí lo pagamostodos”.

Me impresionó una vez más la rústica vigencia del concepto “gorila”, acuñado hacemás de medio siglo y resucitado hace pocos años al compás de los esfuerzos gubernamentales parapolarizar el país.

Los escrachadores de periodistas de estas últimas semanas encarnan lo que, me temo, es el rasgomás vituperable de este chapoteo en el pasado. La misma sociedad en cuyos sótanos se escondierondurante lustros infinidad de personas que decían no saber, no conocer, no haberse enterado niquerer hacerlo ahora se regocija de su sobreactuado y ruidoso memorismo militante. Pero lo haceapelando a las peores esencias de aquel pasado que supuestamente quiere homenajear.

Ha santificado un papel honorable del odio, sacraliza la contienda y vive enamorada de ladenuncia. Lo que hace es escandalosamente arcaico, incluso para la Argentina. De los truculentosaños de “¡Mueran los salvajes unitarios!” a este renovado espasmo de zafarranchoscontra quienes no comulgan con el Gobierno no hay grandes diferencias.

Una adrenalina alimentada de desprecio infinito sigue pautando la respiración nacional. Siemprehay chivos emisarios para ese odio congénito.


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