Kirchner, el hombre que iba al volante

24-08-2026 | 19:09

Debo confesar que me sorprende la invitación a escribir en PERFIL, y la agradezco. Estas páginasfueron mi casa en los años 80, cuando regresé del exilio, y lo fueron en el ’98, cuando lasprimeras ediciones diarias de este medio. Luego fueron esporádicas mis colaboraciones, hasta que mealejé hace unos tres años, cuando sentí que me era incómodo transitar opuestas veredas ideológicas.Por eso mismo ahora agradezco esta invitación, ya que no es un asunto cualquiera el que nos acerca.Es la pérdida de un enorme político llamado Néstor Kirchner, a quien desde estas páginas secombatió con vehemencia y a quien llora en estos días una porción visiblemente mayoritaria delpueblo argentino.
Lo que más me impresionó siempre de este hombre todavía joven –hoy sesenta años sonpocos en la política mundial– fue su estilo heterodoxo, que nunca me pareció adecuado y alque he definido como medio desfachatado, inconveniente para la investidura presidencial. Tambiénfui suspicaz, como muchos, frente a su militancia setentista y su labor como gobernador patagónico,especialmente cuando aquel asunto nunca del todo esclarecido de los fondos provinciales depositadosfuera del país.

No lo voté ni lo conocí personalmente, y sólo tuve con él una conversación telefónica a mediadosde 2003, cuando el entonces reciente canciller Rafael Bielsa me ofreció ser embajador argentino enCuba. Como rechacé la oferta, al día siguiente me llamó el propio Kirchner y mantuvimos una amablecharla telefónica (yo estaba en Resistencia, donde vivo) durante la cual le dije que mal podía serembajador de un gobierno al que no había votado. Kirchner se rio y me dijo: “No se preocupe,si yo tuviera que recurrir sólo a los que me votaron no podría gobernar”.

Por cierto, hasta ayer pensaba que ni siquiera había compartido con él espacio alguno. Peroanoche, mientras escribía esto, un querido amigo, el escritor mexicano Gonzalo Celorio, me recordóen un mail que sí lo saludamos fugazmente durante el Tercer Congreso de la Lengua, en Rosario, en2004. Como fuere, nada de eso significó acercamiento alguno, más bien lo contrario. Y durante todosestos años –los cuatro de su presidencia y los tres que lleva Cristina– oscilé entre lasorpresa y la admiración por algunas medidas que me parecían trascendentes, y las críticas yrabietas ante determinadas decisiones gubernamentales.

Tarea difícil la de separar trigos de pajas, admítase, en una sociedad mediáticamente gobernadapor la velocidad, la improvisación, el recorte ideológico, la furia y la venganza política.
Como fuere, y vista la evolución de este país desde el infierno que era en 2001 y 2002, a míme parece que este matrimonio fundamental de la vida argentina contemporánea hoy es parangonablecon el ya histórico dueto que formaron Juan Perón y Eva Duarte. Y creo que es por eso, dicho sea enesta evocación a vuelamáquina, que ahora que está muerto Kichner hará sentir su ausencia de maneracada vez más ostensible, por lo menos en dos aspectos.

Uno es que faltará el más ingenioso armador político desde Perón. Podía gustar o no –y amí no me gustaba– su estilo extremadamente peronista de juntarse con éste y con aquél, derecibir a cualquiera y a cualquiera darle alpiste. Pero era un maestro en ese arte. Venía de laJuventud Peronista Revolucionaria, luego fue menemista, después transversal, luego ortodoxo y cadados por tres frentista. Podía no gustar, repito, pero qué genio para la costura política. Quécapacidad de persuasión –no a los lectores de PERFIL precisamente, ni a las clases mediasporteñas, pero sí a las clases populares–.

Se ve en estos días de duelo en la Plaza de Mayo: es el genuino dolor de nuestro pueblo. Es elperonismo puro de las villas, que va a agradecerle a su líder porque se acordó de ellos, de lospobres, y les dignificó un cachito la pobreza. Por eso en el velatorio en la Casa Rosada, por dondepasó tantísima gente llorosa, eran mayoritariamente humildes y sus carteles rezaban:“Gracias, Néstor, por acordarte de los pobres”, “Gracias porque nos distetrabajo”, “Gracias por sacarnos del pozo”, “Gracias porque nos devolvistela dignidad”.

La otra es que faltará el ministro de Economía que ha tenido este país. Porque por siete añosKirchner en persona manejó los hilos económico-financieros y las divisas. Y lo hizo bastante bien.Lo siento si no les gusta a algunos lectores, pero hoy el Banco Central ejecuta una políticaindependiente del Fondo Monetario Internacional, achicada y refinanciada la deuda externa, y conuna cantidad de divisas récord que garantizan que la Argentina soporte los sucesivos “golpesde mercado” que chocan contra una economía cada día más sólida. El país se hareindustrializado, disminuyó el desempleo a un dígito, hay niveles de recaudación fiscal jamásalcanzados y una balanza comercial que no deja de crecer y casi siempre con saldo positivo.
¿Quién va a conducir la economía, ahora? ¿Con quién van a consultar, o de quién van a recibirindicaciones, Amado Boudou, Mercedes Marcó del Pont o Débora Giorgi? Yo no lo sé, y me preocupa másallá de sus conocimientos técnicos.

Desde ya, la enumeración de lo anterior no significa terminar con el balance. Porque es obvioque hay mucho para cuestionarle al modelo kirchnerista, y es bueno hacerlo. No para disminuir lagrandeza de este hombre que ya se ganó –guste o no, y a quien sea– un lugar en lahistoria. Porque con él va a suceder como con Raúl Alfonsín, que también fue cuestionado con saña ysin embargo ha ido adquiriendo una imparable estatura de prócer.
Claro que no estoy pensando en las críticas más escuchadas y que enarbola la oposición, lascuales son de tipo más bien enunciativo: cuestionarle a Kirchner la demagogia en su discurso antelos desposeídos no tiene sustancia. Sí, fue un líder populista. ¿Y qué con eso? A su manera tambiénlo es Obama, como lo es Lula, o Piñera, o cualquiera de los que aquí fascina a los militantes antiK. Cuestionarle que la Argentina se parece a Cuba o Venezuela, y Néstor a Fidel o a Chávez, noresiste análisis más allá de los eslóganes. Enojarse con el señor Guillermo Moreno es como enojarsecon el señor Mauricio Macri: no les entran las balas. Y son totalmente banales las frecuentesacusaciones sobre los atuendos de la Presidenta.
No, lo que para mí es verdaderamente cuestionable, e irritante, es la persistencia de gordosbolsones de corrupción. En contratos de obra pública, claro, pero también en la vida privada. Esoes gravísimo, pero no porque lo haya inventado el kirchnerismo, que no lo hizo, sino porque elkirchnerismo no ha hecho nada verdaderamente serio para cortar las cadenas de corrupción. No hay unsolo preso por corrupción en la Argentina, y eso es lo tremendo.

No soy ni quiero ser exégeta de este hombre al que toda la Argentina despide en estos días, peroestablece una norma no escrita: que es a la hora de la muerte cuando se evocan los méritos deldifunto. Y el que ahora nos convoca es este flaco de andar medio cachafaz, casi siempre despeinado,de mocasines setentistas y trajes cruzados bastante ridículos, informal y de hablar confuso, quedejó tantas y tan profundas huellas sobre la piel de este país.
Desde Perón, seguro, ninguno igual. Guste o no, e irrite a quien irrite. Y eso no es, como sedice, moco‘e pavo. Esto es la Argentina, señoras y señores, un país feroz. Al que se le murióel conductor que fue al volante los últimos años.

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