Aprovechando que estoy de gira en Praga, se me ocurre que habría que ir a ver a Obama. Pero meolvido de mi plan inmediatamente porque en el teatro las cosas se me complican y llego muy tarde,apenas para ver los restos cromados del andamio donde –dicen– Obama acaba de prometerdesarme. La plaza es ridículamente chica y coincide con el sitio donde comienza el inmortalcastillo de Kafka.
Pregunto a mis amigos checos a qué vino Obama. Me hablan muy excitados de una bola. Un coso queparece haberlos tenido en vilo. El checo debe ser más exacto, pero me traducen algo así como la“bola-radar”. Parece que Bush decidió que necesitaba vigilancia contra posibles ataquesaéreos de Irán, y eligió a Polonia y la República Checa para instalar estas megabolas. Pero luegode la firma del acuerdo, la cosa entró en burocrática y folclórica demora. Algunos alertaban que labola produciría radiación y que Chequia es demasiado chica para garantizar que no haya aldeasafectadas en tan discreto derredor. Personalidades de la cultura checa han hablado, en cambio, muya favor del armatoste: no sólo sería muy inofensivo sino que además los checos se lo deberían a losyanquis “por haberlos liberado del yugo comunista”, lo cual habla –almenos– de la inevitable complejidad del término “cultura checa”. A cambio,exigieron poder ingresar a EE.UU. sin visa ni humillación.
Poco importa. Obama –a diferencia de Bush– ya no parece necesitar la bola radar. Ymientras atisbo el desarme del andamio, me interno en las profundidades del castillo, pensandoestúpidamente en que el desarme de Obama y el andamio desarmado riman de ñoña manera. Pero dotan desentido al paseo.






