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La corporacione son odiosa

Hablaré de mí. La corporacione son odiosa, decía una vieja y se comía las eses. Sé que también hay gente vieja y joven que se come las heces.

La corporacione son odiosa
24-08-2026 | 09:17

Hablaré de mí. La corporacione son odiosa, decía una vieja y se comía las eses. Sé que tambiénhay gente vieja y joven que se come las heces, y últimamente, hay quienes, siguiendo corrientes delyoga y del Ayurveda, bebe copitas de su primera orina de la mañana con la certeza de que tiene algocurativo, vacunativo o autodefensivo. Yo mismo llegué a usar la “golden rain” en unrelato publicado en 1983, antes de que la expresión fuese acuñada y mucho antes de que la Internetpopularizara esa práctica inocente, aunque para muchos, un tanto puerca. Lo puerco, lo inocente, loque apasiona, lo que indigna: todo cabe en las comparaciones –que son odiosas– y en lascorporaciones, que son de todo menos ociosas a la hora de detectar y usar oportunidades paraacumular capital, unas, poder otras, y capital y poder, probablemente todas. Hace menos de un mesdebí referirme la Sociedad Central de Arquitectos y a su colaboración con el Gobierno de la Ciudaden la gestación del engendro arquitectónico que estuvo afeando Palermo hasta que el jefe advirtióel desatino. Ahora que están empezando a desmontar el esperpento, Carlos Ares, el responsable delproyecto de 24 millones de pesos del Gobierno, manifiesta en Clarín que fracasó a causa de lalluvia y anuncia que no descarta la alternativa de instalar el adefesio en otra parte, mientras enel mismo artículo el arquitecto Silberfaden, titular de la Sociedad Central, le reprocha que a losdiseñadores nunca les especificaron que se pretendía la construcción de un “espacioreal”. Hace un mes, comenté el rol de la Academia Nacional de Bellas Artes en el lobbyingculpable de la instalación –ya irreversible– de la flor a motor del arquitecto Catalanoy la Lockheed Corporation. Las corporaciones, como las tormentas, son inevitables, pero a veces sonodiosas. Sobre las inevitables inundaciones porteñas, escribí en febrero desde la perspectiva de unvecino que piensa y el 1 de marzo, el diario La Nación dialoga sobre el tema con el CentroArgentino de Ingenieros. La gente busca empleo: el ingeniero Ignacio Moya, de la corporaciónprofesional, defiende el río subterráneo propuesto por los consultores del Banco Mundial yfinanciado por esa corporación benéfica, aunque reconoce que “las obras tienen capacidadlimitada; los aliviadores servirán siempre que no llueva más”. Menos prudente que suentrevistado, La Nación titula la nota: “Expertos afirman que las obras en marcha, bajo elMaldonado, son correctas”, y da lugar a las manifestaciones del ingeniero Miranda, del CAI,que las define como “un proyecto hermoso”. Es lo mismo que debe pensar Ares de suabortado Pabellón Nacional de Centenario.

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