La crisis

Mientras esta semana Alemania hacía su oficial ingreso a la recesión (lo mismo hicieron Inglaterra y España), el libro que en ese país se mantiene desde hace nueve semanas en la lista de best sellers es El capital de Marx.

La crisis
21-08-2026 | 21:01

Paraguas con mensaje. Para cubrirse: lo vende el Art Lebedev Studio.

Mientras esta semana Alemania hacía su oficial ingreso a la recesión (lo mismo hicieronInglaterra y España), el libro que en ese país se mantiene desde hace nueve semanas en la lista debest sellers es El capital de Marx. Pero no se trata del libro escrito por Karl Marx en el sigloXIX sino del escrito por Reinhard Marx, arzobispo de Munich y secretario de la ConferenciaEpiscopal Alemana. Siendo uno de los teólogos más respetados por el Vaticano, el cardenal ReinhardMarx se pregunta si Karl Marx no tendría razón y el capitalismo es un episodio más en la historiade la humanidad. El libro comienza con una carta suya dirigida al mismísimo Karl Marx (a quien sedirige como “querido tocayo”), donde separa sus ideas, que “no están muertas yhay que tomarlas en serio”, de las “insensateces y atrocidades cometidas en su nombreen el siglo XX”. Y, tomando de base la Doctrina Social de la Iglesia, sostiene que “elcatolicismo debe aportar una visión ética y social para una reforma sensata de los sistemasfinancieros”. Concluye su carta pidiéndole a Karl Marx que reconozca ahora su error sobre lainexistencia de Dios.

La Iglesia (como también el peronismo, salvando las distancias) permite que el Papa rehabilite aun obispo nazi y simultáneamente el arzobispo de donde nació el propio Benedicto XVI o JosephRatzinger (Munich es la capital de Baviera), defienda al fundador del comunismo.

Klaus Peter Kisker, economista de la Universidad Libre de Berlín, unifica a ambos Marx en unpunto: “La Iglesia Católica, igual que muchos actores sociales, se ha apuntado a criticar elcapitalismo y la globalización pero no cuestiona las verdaderas causas de las crisis y de lasdesigualdades sociales”. El problema de la Iglesia y otros críticos del capitalismo–según Kisler– no proviene de su falta de formación marxista, sino de su falta deconocimiento sobre el capitalismo. Para paliar esa “ignorancia”, Kisker recomienda uncurso semestral en su universidad titulado Marx Reloaded, que se ha convertido en el éxito deBerlín.

Un punto interesante a la hora de analizar qué se debe corregir del capitalismo es observar queen el capitalismo moderno cada vez quedan menos empresarios conduciendo las grandes empresas.Entendiendo por empresarios a aquellos que son dueños del capital de la empresa o de una partedeterminante de ella.

Las grandes empresas de todo el mundo, que comenzaron hace varias décadas impulsadas yconducidas por un empresario (que hasta colocó su nombre en ella, como Ford, Disney,Hewlett-Packard, Nestlé, Kellogs, Peugeot, Dunlop, Campbell y tantas otras), para crecer ydesarrollarse abrieron su capital al público en forma de acciones que cotizan en las Bolsasmundiales. Primero los herederos del fundador se aseguran el control de la empresa manteniendo unasuficiente cantidad de acciones, pero casi inevitablemente, con el transcurso de las generaciones,la participación accionaria se va atomizando hasta llegar a que no exista ningún capitalista quetenga el control de la empresa. En ese punto, en el que se encuentran muchas de las más grandesempresas del mundo, quienes deciden por ellas no son el o los dueños del capital sino losejecutivos que las conducen.

Cuando se llega a ese estadio, se reproduce en el ámbito privado lo que muy habitualmente sucedeen el público: los políticos no toman decisiones sobre el dinero del Estado con el mismo esmero quelo hacen con su dinero personal. La jerga gerencial acuñó la expresión en inglés others people manypara indicar la falta de alineamiento entre los intereses de la empresa y los de sus ejecutivoscuando éstos pueden “maximizar su beneficio” sin importarles qué le suceda al dueño delcapital.

Los altos ejecutivos sólo están algunos años al frente de determinadas empresas y qué puedasuceder con ellas cuando esos ejecutivos ya no están al frente de ellas sólo será una preocupaciónde los más éticos, porque no pocas decisiones que son beneficiosas en el corto plazo perjudican enel largo plazo.

La solución no residiría en erradicar la codicia (que es “un pecado”, según recordóel cardenal Reinhard Marx en su libro) porque, como explicaba Adam Smith, no hay sistema quefuncione apelando sólo a personas éticas y morales, sino en prestar atención a que, por primera vezdesde el surgimiento del capitalismo, en las empresas más grandes la codicia no la ejercen losdueños del capital.

El mejor ejemplo fue la noticia que anteayer reveló Tim Geithner, secretario del Tesoroestadounidense. Mientras se atraviesa la mayor crisis financiera de la historia, las empresasfinancieras de Wall Street pagaron 18.400 millones de dólares en bonus a sus ejecutivos durante2008. Es la mitad de lo que se autorretribuyeron los ejecutivos en 2007 pero es igual al bonus de2004, que representó el sexto mayor de la historia de Wall Street. De ese total, cuatro milmillones de dólares habrían sido para los ejecutivos de Merill Lynch, empresa que tuvo que serabsorbida por Bank of America gracias al aporte de veinte mil millones del gobierno de los EstadosUnidos por el Programa de Alivio de Activos Problemáticos (TARP).

En esta disociación entre los capitalistas y quienes manejan las empresas (y supuestamente losrepresentan) reside una parte del problema. Volviendo a Marx, la economía de la ex Unión Soviéticacolapsó porque, al no haber dueños del capital en la conducción de las empresas, los directores delas mismas se quedaban con una parte de la producción para venderla en el mercado negro y otrasformas de estafa. No cobraban bonus, pero el problema era el mismo.

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