La crisis global ha impactado sobre el paradigma de la economía de mercado y lo ha puesto a ladefensiva, del mismo modo que años atrás la caída del régimen soviético lo hizo sobre el paradigmacolectivista y, antes, la inflación de la posguerra lo hizo sobre el paradigma del capitalismoplanificado por el Estado. El paradigma colectivista, reencarnado últimamente en inventosposmodernos como el socialismo bolivariano o el comunitarismo de Bolivia –que a Marx lo debenrevolcar en la tumba–, se siente ajeno a esta crisis. En cambio, el paradigma del capitalismode Estado ha recibido un impulso revitalizador y tiene ahora nueva vida. Eso en el plano de lasideas. En el plano de las políticas públicas, las respuestas están en manos de los Estados de lospaíses que buscan potenciar sus recursos productivos y no sueñan con nuevos experimentossocialistas: los países tradicionalmente capitalistas y los nuevos capitalistas representadosfundamentalmente por los BRIC’s –Brasil, Rusia, China, India y otros de menorenvergadura–.
Dónde está la Argentina no es fácil de dilucidar. Oscilamos entre el capitalismo de Estado y elcolectivismo posmoderno, entre el eje Brasil-Rusia-China y el eje Venezuela-Bolivia. Claro, lacrisis exige respuestas políticas. La sociedad no se pregunta demasiado acerca de las ideas, perolas políticas públicas deben fundamentarse en algún paradigma, explícito o no. Ahora, el Gobiernodecidió adelantar las elecciones legislativas, bajo el signo de la crisis; según la Presidenta,sería un suicido transitar este momento crítico en una interminable campaña electoral. Pero eso nodice nada acerca de qué hará el Gobierno una vez despejada la perturbación electoral.
Lo que sabemos es que el Gobierno viene aplicando una política monetaria y cambiaria prudente,como en los últimos años, manteniendo una relativa estabilidad en los mercados y neutralizando elprimer riesgo de la crisis, la corrida contra el peso. También produjo algunas medidas para alentarel consumo de bienes durables, obviamente no para ayudar a los consumidores de esos bienes, que nolo votan ni lo votarán, sino para ayudar a esas industrias, a sus accionistas y a sus trabajadores,a paliar los efectos de la crisis. Se ha hablado de inversión en obra pública, pero aquí todavíafaltan señales más claras. Todo eso da una idea de cómo el Gobierno trata de optimizar, en lamedida de lo posible, la relación entre el gasto público y la administración de la crisis. En esosaspectos, la Argentina no se diferencia mayormente de los BRIC’s.
Pero ésas no son las únicas industrias en riesgo, ni los únicos sectores sociales que estánrequiriendo ayuda. Quedan afuera el 30 por ciento de la población pobre que no tiene empleosformales, y el otro 30 por ciento que vive directa o indirectamente de la agroindustria, el sectorde más alta productividad y el más dinámico de la economía.
Tampoco está claro si el Gobierno tiene, como a veces parece, la voluntad de volver al FondoMonetario –siguiendo a los BRIC’s que están pidiendo más, y no menos, delFondo–.
El enfoque que ve a los marginales como fuente de votos, y por lo tanto sólo merecedores deasistencia en función de criterios electoralistas, y que ve al agro como fuente de rentas públicasy no como pilar de la estructura productiva del país, no genera las señales que se requieren paraque la Argentina sortee esta crisis de la mejor manera posible.
En última instancia, no importan las ideas –que pueden y necesitan ser debatidas ycontrastadas con las realidades, pero no necesariamente en los espacios de la política–. Perosí importan las señales que emiten los gobernantes y los dirigentes que aspiran a reemplazarlos. Seentiende que todos necesitan votos. Pero es preciso que también den a entender cómo esperan que elpaís sortee estas circunstancias críticas, para que la destrucción de riqueza y la pérdida depuestos de trabajo sean los menos posibles.
*Sociólogo.







