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El caso de Alberto Fernández es patético. Quizás él mismo lo sea y no alcance a percibirlo.

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25-08-2026 | 02:28

Alberto Fernández. En el inconsciente colectivo, Judas es peor que Poncio Pilatos.Victimizarse no le alcanzó para blanquearse ante la oposición.

El caso de Alberto Fernández es patético. Quizás él mismo lo sea y no alcance a percibirlo. Comoesas personas que, sin ser conscientes de sus límites, quieren dar el paso más grande que lapierna, se caen, tratan de disimular y lo único que logran es quedar aún más en evidencia.

Cuando un malo hace de malo, Moreno por ejemplo, hasta puede terminar siendo querible, por lomenos cuando pierde su poder de hacer daño. Pero cuando un malo que encima quiere hacer de buenopierde su poder, cosecha doble indignación.

Histérico, sosteniendo lo mismo que ataca y atacando lo mismo que sostiene, fracasaestrepitosamente en sus equilibrios forzados por quedar bien con Capuletos y Montescos cuandoJulieta ni siquiera lo mira. ¿Qué hacía él interviniendo frente a Cobos, preocupado por que elCongreso no le restara al Gobierno sus superpoderes cuando desde el Gobierno no querían suintervención y a esta altura del partido parece que hasta lo aborrecieran?

Sucede en el espectáculo, donde personas que cosecharon una gran popularidad en su momento degloria, pasan rápidamente al olvido y no se resignan a volverse personas normales. Es desagradabley produce vergüenza ajena ver cómo personas así buscan cualquier forma de protagonismo, como unadicto a la fama con síndrome de abstinencia. En la política a veces sucede lo mismo.

Repetir, recordar y reelaborar. Ya había sucedido antes, cuando Néstor Kirchnerpasó a su condición de ex presidente y él continuaba siendo el jefe de Gabinete: Alberto Fernándezcreyó que su seniority entre los ministros le permitiría sustituir al marido de la Presidenta.Incluso creyó que podría poner al ministro de Economía real y manejarlo él mismo, hasta que elpobre Lousteau chocó contra el iceberg de Néstor Kirchner.

Aunque muy repetido, resulta increíble ver cómo la soberbia transforma a gente inteligente eningenua y el cazador termina cazado como un aprendiz.

Justo Alberto Fernández, que de él dependían las operaciones más importantes que realizaba elGobierno en contra de opositores y periodistas críticos, termina siendo víctima de su propio venenoy encima se queja como una carmelita descalza. La vida es justa, diría un optimista. O quien ahierro mata a hierro muere, dice el refrán.

Su relación con los medios merece un capítulo especial. Artífice principal de la política depremios y castigos, de él dependía el sistema oficial de medios, el sistema “oficioso”y la pauta de publicidad con la que se discriminó y castigó a los que hacían lo que él hace hoy.Pero ahora no quiere pagar las consecuencias de lo que hace algunos años era él mismo el encargadode cobrar. Y se enoja con su ex subordinado Aníbal Fernández, quien, más rápido qué él, lo correcon cinismo y cara de bueno: “Creí que éramos amigos”. Mal favor le hace el discípuloal maestro continuando discípulo, pero peor favor le hace el maestro dejándose cazar tanfácilmente.

Alberto Fernández, quizás allí resida el punto de inflexión en la desconfianza de NéstorKirchner, apostó a construir una relación propia con algunos medios de comunicación, independientede las conveniencias del Gobierno para el que trabajaba. Fue la fuente principal de muchosperiodistas que, a cambio de sus informaciones privilegiadas, cada vez que hubo que criticar alGobierno dejaban siempre a salvo a Alberto Fernández. ¿Cómo Kirchner no iba a percibir que su jefede Gabinete recurrentemente salía ileso cuando él mismo cobraba palos de los medios?

Esta semana volvió a usar idénticos canales de comunicación que los que utilizó durante suscinco años como jefe de Gabinete, pero ahora para victimizarse. Doblemente irónico, su exdependiente Aníbal Fernández, concluyó: “No es verdad que escuchemos a Alberto: ¿qué interéspodemos tener en escucharlo si habla por todos los canales de televisión, con todo elmundo?”.

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