Como decía Fontanarrosa, yo tengo dos problemas para jugar al fútbol. Uno es la piernaizquierda. El otro es la pierna derecha. Tuve un momento de gloria futbolística jugando con missobrinos, pero ya cumplieron 9 y ahora me hago el lesionado. Siempre jugué mal, aunque de chico laverdad es que no podía jugar, no podía tomármelo como un juego, era un sufrimiento sentir quearruinaba todo, que yo era el engranaje fallado de una máquina bien aceitada. La pelota progresabahacia el arco rival como metida dentro de una coreografía, hasta que caía en mis pies y seconvertía en un gato rabioso que salía para cualquier lado.
Hace unos años regresé al fútbol porque unos amigos me hicieron trampa, me integraron a unfútbol de escritores y caí porque pensé que el fútbol literario era un oxímoron, un términocontradictorio parecido a inteligencia militar. Además era fútbol 5 que, comparado al fútbol de 11,es casi lo que el golfito es al golf. Pero jugaban bastante bien. De todas formas fui, participé,durante un tiempo hasta logré divertirme. Me gritaban “¡bien, igual!”, me ayudaban adescolgar la pelota del árbol con paciencia, me integraban. Pero yo tocaba mal, salía mal, mispases no eran confiables, mi única ventaja era que, como ya ni me marcaban, a veces me paraba solocerca del arco y definía los pelotazos cruzados. Fue una época de felicidad, hasta llegué aprogresar un poco, y para mi cumpleaños me regalaron botines. En una oportunidad, desafiamos aescritores cordobeses y el fútbol literario se volvió interprovincial, mis festejados pifiesresonaron más allá del horizonte.
Todo anduvo bien hasta que el grupo se fue raleando; el mail de convocatoria incorporó nombresextraños y de pronto me vi jugando en mi equipo con cuatro tipos que como no me conocían pensabanque yo jugaba así porque era un infiltrado. Se cruzaban unas miradas fulminantes después de misjugadas, una vez uno me bautizó Súper y me daba indicaciones: Che, Súper, cuando marcás poneteentre el arco y el jugador. La cosa me dejó de divertir. Ahora, algunos de esa vieja guardia siguenjugando los jueves y me llegan ecos de los partidos donde el nivel no mejoró demasiado. Hace poco,uno pateó un penal y lo mandó al lateral. Discutieron un rato cómo se cobraba eso. No debe ni estaren el reglamento.
Me acordé de todo esto viendo la cara de Ronaldo el miércoles pasado en la derrota delManchester frente al Barcelona. Esa cara, esa humillación indisimulable en las mejillas, el rojo dela vergüenza asomando por debajo del rojo de la agitación. Cuánto dolor puede causar el fútbol.Ronaldo caminaba como en trance los últimos minutos del partido. Nada lo consolaba. Ahí estabaCristiano Ronaldo dos Santos Aveiro, sin Ferraris, sin facha, sin torso griego, sin minas nimedallas ni millones ni talento. Derrotado por el cabezazo de un jugador rosarino al borde delautismo que no llega al metro setenta, que no sale de noche, que no se mira a sí mismo despuésjugando en DVD. Un nenito genial que juega sin ego. Qué duro debe ser. El fútbol le da alegría atodo el mundo, pero tampoco ahorra penas para nadie. Ni para estrellas como Ronaldo.
A veces la vocación te salva pero la profesión te hunde. Messi parece seguir jugando de un modovocacional, como entregado a un llamado superior que él obedece sin discutir, sin conflicto. Juega.Como en el potrero de la infancia, sigue jugando. Ojalá le dure esa actitud medio zen, parece serbastante inmune al ruido del podio, al cinismo adulto del ambiente profesional y a la fugamaradoniana de las noches blancas.





