•EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

La inflación, otro problema para el próximo gobierno

24-08-2026 | 16:26

Podría repetir aquí algo de lo mucho dicho y escrito sobre las negativas consecuenciaseconómicas y sociales de la inflación. Prefiero, en cambio, sintetizar un diálogo entre dospresidentes latinoamericanos que, a mi entender, las reflejan con brutal elocuencia. Hace algunosaños, durante una cumbre del Mercosur, Hugo Chávez le señaló a Lula Da Silva que su constantepreocupación por la inflación en Brasil lo ubicaba en posiciones propias de los neoliberales. Larespuesta de Lula desnudó con simpleza por qué le dedicaba especial atención: provenía de un hogarpobre y, por lo tanto, conocía como nadie sus duros efectos porque recordaba que sus padreslibraban una batalla diaria para llevar el pan a la mesa, corriendo detrás de los precios.

En la Argentina, en cambio, parece que el prisma con que el oficialismo mira la inflación esbien diferente del del presidente de Brasil. Ante el creciente deterioro fiscal, generado por elineficiente manejo del gasto público, el Gobierno se muestra decidido a financiar el déficitresultante con emisión de moneda. Esta decisión traerá como consecuencia un impulso adicional alritmo actual de expansión monetaria y, por esa vía, agregará un nuevo componente a la elevadainflación que padecemos que, de acuerdo con las estimaciones privadas, se ubica en torno al 15% enlo que va del año y acumula aproximadamente el 25% en los últimos 12 meses.

El deterioro fiscal se inició hace cinco años, cuando el gasto empezó a crecer por encima de losrecursos y del PIB, y entró ahora –a partir de esta decisión– en su última y máscrítica fase. En un principio, se manifestó con la desaparición del superávit financiero necesariopara llevar adelante una estrategia de reducción de deuda. Con un comportamiento prácticamentelineal, se pasó de un superávit de 2,6% del PIB en 2004 a un déficit estimado para 2010 de 2.5%. Seagudizó hace dos años, cuando para pagar los gastos en pesos se comenzaron a utilizar fuentes nogenuinas de financiamiento –recursos previsionales y del Banco Nación– y más aún cuandodesde el inicio de este año, para los pagos en dólares por vencimientos de la deuda, se echó mano alas reservas.

Finalmente, a partir de este segundo semestre y acentuando la tendencia negativa observada, seha decido transferir al Tesoro Nacional utilidades ficticias del Banco Central que nunca fueronrealizadas y que, de aquí a fin de año, podrían estar en el orden de los $ 18 mil millones. Estatransferencia significa, lisa y llanamente, emitir para financiar déficit, y tiene consecuenciasinflacionarias directas.

La inflación regresó al escenario nacional en 2007, luego de un prolongado período derecuperación económica con estabilidad de precios iniciado a mediados de 2002, cuando los recursosociosos se fueron agotando y la capacidad instalada fue encontrando su límite.

La inversión productiva no era suficiente para mantener el ritmo de crecimiento y aparecieronlas tensiones inflacionarias. El Gobierno las ignoró en un principio, luego pretendió controlarlasmediante instrumentos obsoletos y, finalmente, intentó ocultarlas interviniendo el Indec ydibujando groseramente los índices que miden su comportamiento.

Esta actitud despertó expectativas inflacionarias que, como generalmente sucede, se ubicaron porencima de la propia realidad y los agentes económicos comenzaron a ajustar sus decisiones enconsecuencia. Este desequilibrio se consolidó de manera definitiva y colocó a la inflación real enun nivel promedio superior al 20% anual, que sólo se redujo durante la recesión del año pasado, yhoy se ha vuelto a empinar.

No puede decirse entonces que este proceso inflacionario haya tenido entre sus causasoriginarias nítidos componentes monetarios. Como se ha señalado, ha sido básicamente consecuenciade una combinación de desequilibrios del costado real de la economía y de elevadasexpectativas.

La evolución de los grandes agregados monetarios convalidó este fenómeno y, con esfuerzoscrecientes, la autoridad monetaria pudo esterilizar parte de la expansión vinculada a la estrategiacambiaria.

En lo que va de este año, la cantidad de dinero, más los depósitos a la vista en mano de losprivados tuvieron un crecimiento interanual de 25%, equivalente al actual nivel de inflación. Y hayrazones objetivas para considerar que, a partir de julio, la capacidad de absorción de dinero porparte del Banco Central ha llegado a su límite. Apenas se esterilizó el 20% de lo emitido y seevaluó la posibilidad de aumentar los encajes bancarios.

De aquí en más, de no haber cambios profundos en la política oficial, se agrega entonces unanueva causa de inflación vía emisión monetaria por motivos fiscales. Debe esperarse, entonces, unamayor aceleración en el crecimiento de los precios, que en términos anuales pueden crecer, adiciembre, entre cuatro y cinco puntos porcentuales por encima de la vigente.

Todas las acciones del Gobierno no contribuyen a pensar en la posibilidad cierta de un viraje,dado que se lo muestra decidido, por razones electorales y sin evaluar costos futuros, aprofundizar el esquema cortoplacista que apuesta a un efímero bienestar presente –sostenidopor gasto público y consumo anticipado selectivo–, y postergar hasta el fin de su mandatotoda agenda que contenga cambios de orden estructural.

Quedará, por lo tanto, para el próximo gobierno la resolución de temas estratégicos vinculados ala pobreza e indigencia, al federalismo, a la inversión productiva, a la competitividad, a lacrisis energética, a la recuperación del ahorro y el crédito a largo plazo; a la reforma delsistema previsional, la reconversión industrial, a la política agropecuaria; pero también quedaránpara después los desequilibrios macroeconómicos, y entre ellos la inflación que, por su nivel, nosubica en el peor de los podios internacionales.

El Gobierno se siente cómodo instalando el falso dilema entre crecimiento y estabilidad, paraubicar en su relato como partidarios del ajuste a quienes se muestran legítimamente preocupados porla inflación. Nada más alejado del pensamiento de quienes consideramos que el crecimiento económicosostenido con estabilidad y la integración social son objetivos concurrentes y alcanzarlosconstituye la verdadera razón de ser de la política.

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